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La estatura de un colibrí

Ya han pasado más de tres años de la operación definitiva que le devolvió la salud a Eduardo Sigler Rodríguez. El doctor Abel Armenteros, especialista en Segundo Grado de Pediatría y jefe del equipo de cirujanos que participó en la riesgosa intervención quirúrgica, confiesa que jamás perdió la esperanza de verlo bien

Autores:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández
Liena María Nieves

SANTA CLARA, Villa Clara.— Eduardito tiene la estatura del colibrí y la vivacidad del pitirre, voz de gallito en plena pelea y unos ojazos que irradian alegría, ternura, viveza.

Eduardo Sigler Rodríguez comenzó a caminar cuando sus contemporáneos corrían perfectamente, jamás pudo saborear un caramelo, ni degustó hasta casi los cinco años de edad la sazón inconfundible de su abuela Engracia.

Los amplios campos de El Purio, en su natal Encrucijada, con la libertad que ofrecen para cualquier niño, parecían vedados para este pequeño, que nació con una malformación congénita conocida como atresia esofágica, y que lo mantuvo recluido durante casi un lustro en las salas de terapia intensiva, cirugía y atención respiratoria del Hospital Pediátrico Provincial José Luis Miranda, de Villa Clara.

Las constantes infecciones respiratorias, la desnutrición por etapas y las severas complicaciones tras varias cirugías que se le realizaron para intentar unir dos segmentos de su esófago, y de esa forma eliminar la dolorosa gastrostomía como única vía para su alimentación, conspiraron por apagar aquella vida que deseaba conocer el mundo.

El único contacto que tenía Eduardito con la comida tenía lugar cuando su mamá sumergía su inseparable biberón en la compota del almuerzo o en una tacita con café.

Cuando ya han pasado más de tres años de la operación definitiva que le devolvió la salud al pequeñín, y la felicidad a su hogar, el doctor Abel Armenteros, especialista en Segundo Grado de Pediatría y jefe del equipo de cirujanos que participó en la riesgosa intervención quirúrgica, confiesa que jamás perdió la esperanza de verlo bien.

Explica el galeno que el proceso fue lento, doloroso y extremadamente complejo, pero el niño todo lo resistió, se lograba reponer de estados graves y se veía sonreír luego como si nada hubiera pasado.

Se trata de un trastorno que generalmente se reconoce poco después del nacimiento del bebé, cuando este se alimenta, tose y se ahoga.

Tras el diagnóstico se debe pasar una sonda pequeña hasta el estómago, para la alimentación, a través de la boca o de la nariz.

Esta malformación se corrige mediante el acto quirúrgico, el cual debe tener lugar una vez que el bebé se estabiliza y no ofrezca otras complicaciones. Antes de la cirugía no se debe alimentar al niño por vía oral. Además, hay que tomar las precauciones necesarias para evitar que inhale saliva u otras secreciones, y que estas vayan al pulmón.

Enma Rodríguez, la madre que jamás se separó de la cuna de su querido Eduardito, aún se estremece cuando recuerda aquellos años en los que pensó que todo estaba perdido.

«Qué puede ser más duro para una mamá que ver a su hijo así. Pero sabía que quienes lo atendían harían todo por salvarlo.

«A mi niño lo atendieron con tanto amor, tanta dedicación… Esas son a veces las cosas que uno tiene y no repara en ellas hasta que no vive en carne propia lo que valen. ¿En qué otro país hubiera sido posible tanta entrega humana y tanta gratitud?».

Hoy Eduardito cursa el segundo grado en la escuelita primaria de su pueblo natal. Nadie pensaría que tras esa risa que encanta y unos ojos que parecen querer abarcarlo todo hay una historia de coraje que superaría la de cualquier guerrero.

Cada mañana, cuando saluda la bandera de su escuela y rinde homenaje al Apóstol con las flores de su patio, Eduardito, quizá sin saberlo, reverencia y agradece con sus energías la oportunidad que tiene ahora de departir feliz con sus amigos.

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