Con humildad redentora

El Mayor General Serafín Sánchez trasciende por su heroísmo y sencillez, a 165 años de su natalicio

 

Autor:

Miguel Ángel Valdés Lizano

SANCTI SPÍRITUS.— El candelabro protestaba con su parpadeo por la dilación excesiva de otra jornada. José Martí parecía pelear con la pluma y la tinta para arrebatar las palabras a su escaso tiempo, entre las responsabilidades ante la nueva etapa de lucha.

En medio de proyectos y desasosiegos, el Apóstol escribía en aquella carta: «Vale la pena vivir cuando se vive entre hombres, cuando en el rincón del cariño, se ha dado asiento a hombres como usted». ¿Qué mortal había conquistado semejante destello de admiración en quien devendría el más universal de los cubanos? ¿Qué fibra estructuraba la estirpe de aquel ser que estimulaba, como padrino, el existir de Martí en su vía crucis hacia la emancipación?

Tal muestra de reverencia esculpía la estatura de Serafín Sánchez Valdivia, uno de los guerreros humildes de nuestra patria, de los que, como afirmó también el Maestro, «saltaron del altar de sus bodas, o del festín de la fortuna, al caballo de pelear, y cayeron de cara al enemigo, sin más ambición que la santa ambición de la libertad».

El sentimiento de nuestro Héroe Nacional hacia este espirituano, nacido el 2 de julio de 1846, no emerge como empatía gratuita. Los años de peregrinar de Serafín con pólvora, sencillez y doctrina en la alforja, hicieron que el Apóstol confiara en él como en pocos entre la vieja generación de combatientes de la Guerra de los Diez Años. Esa mutua confianza se tornaría puente entre pinos viejos y nuevos.

Sánchez se graduó de agrimensor, pero su verdadera vocación consistió en moldear ideales. Tal vez por eso en la manigua abonó, entre tácticas y escaramuzas, su otra pasión: el magisterio.

Fue uno de los primeros en incorporarse a la guerra grande en la zona villareña. Según cuentan, poseía la rara fórmula para conjugar el temple enérgico con la marcialidad, el trato afable y la responsabilidad ante los demás; fuente de sólidas relaciones bajo los designios de la vida en campaña.

De acuerdo con el historiador Néstor Carbonel, Serafín Sánchez combatió bajo las órdenes de Ángel del Castillo en las cercanías de Ciego de Ávila, contra la columna del teniente coronel español Ramón Portal, y en este encuentro el paladín yayabero, colérico, machete en mano, se echó sobre los artilleros enemigos, para matarlos o herirlos.

Luego se montó a horcajadas sobre la pieza de artillería, para dar gritos de victoria, mientras los contrarios se rendían a discreción o huían despavoridos, como si hubieran visto combatir al mismísimo Satanás.

Junto al Mayor General Ignacio Agramonte —a quien acompañó hasta el momento de su caída en Jimaguayú— y con el ejemplo de Máximo Gómez, forjó su temple de peleador incansable.

Luego Serafín cargó con esa espina que fue la paz del Zanjón. Por eso, el 9 de noviembre de 1879 fue uno de los primeros en retomar las armas en Las Villas, para secundar el movimiento revolucionario iniciado en Oriente por Guillermón Moncada, José Maceo, Quintín Banderas y otros patriotas en la llamada Guerra Chiquita.

Con esos y otros avatares el Mayor General villareño abraza las vicisitudes del Apóstol. Varios autores coinciden en que el primer contacto entre los dos héroes transcurrió en junio de 1891. El patriota espirituano se presentó en la oficina de Martí en Nueva York para depositar sus energías y espíritu en la lucha venidera, fraguada por «ciertos novatos», a quienes muchos apreciaban con recelo. Tal vez Serafín recordó entonces su bautismo en la manigua, y la energía de los mozalbetes cuando, gracias a su afán por la libertad, pasaban por encima de la inexperiencia.

Sánchez promovió el acercamiento entre Martí y el Generalísimo Máximo Gómez. «Escríbale a los demás jefes de la guerra que estén dentro y fuera de Cuba, y dígales a todos sus amigos que nosotros estamos dispuestos a luchar de nuevo y a triunfar a toda costa», comentó Serafín a nuestro Héroe Nacional, desde el sur de la Florida.

El Apóstol envió más de un centenar de cartas, cablegramas y telegramas al patriota espirituano, con quien trataba una cuestión primordial: la preparación de la guerra.

El investigador Mario Valdés afirma que los mensajes del Maestro a Serafín se refieren también a tópicos muy personales, como la relación con su esposa, las enfermedades que lo aquejan y los atentados en su contra, es decir, temas prácticamente secretos.

El organizador de la gesta del 95, después de escuchar cómo el veterano contaba anécdotas de la contienda de 1868, quedó deslumbrado y le recomendó la preparación de los libros Héroes humildes y Los poetas de la guerra, este último con prólogo del propio José Martí, como muestra de aprecio y respeto.

Comenzó la Guerra Necesaria. El revolucionario espirituano desembarcó en 1895, en territorio de Las Villas. Según Néstor Carbonel, «apenas puso pie en tierra, organiza, pelea. La ola de la invasión lo encuentra en su camino y se lo lleva. Hasta Calimete llegó, regresando a Las Villas, donde mandó los combates de Manajanabo, Dos Caminos, El Faro, Alberich, Calabazas y Manaquitas-Capiró. Luego de esta acción, no libró más que aquella donde había de perder la vida después de distribuir y organizar la batalla».

Llegó a alcanzar la más alta jerarquía en el Ejército Libertador, además de conquistar los abrazos de Martí, quien, sobre él, también manifestó: «Adquirió gloria justa y grande. Es persona de discreción y de manejo de hombres, de honradez absoluta y de reserva y como usted lo ve, de columna tiene hasta la estatura».

Hoy la humildad acompaña en la gloria a Serafín, guerrero e ideólogo, tal vez no reconocido en toda su dimensión. Sin embargo, la modestia que lo caracterizó en vida enorgullece a los yayaberos, quienes, aun conscientes de que su recuerdo desafía toda piedra o cincel, añoramos una estatua ecuestre del mártir, que sirva como altar en el parque principal de Sancti Spíritus, el cual honra su nombre.

Fuente fundamental empleada en este trabajo:

Breve biografía de Serafín Sánchez. Próceres. De Néstor Carbonel.

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