La línea de Weyler

La Trocha militar de Júcaro a Morón fue una de las pruebas de cómo España defendió los últimos vestigios de su imperio, a costa del último hombre y la última de sus pesetas

 

Autores:

Ángel Cabrera Sánchez
Roberto Álvarez Pereira
Luis Raúl Vázquez Muñoz

CIEGO DE ÁVILA.— Valeriano Weyler, el capitán general de la isla de Cuba por la gracia de Dios y la Reina, no pudo creer la noticia. ¿Cómo podían decirle que no? «¡Maldición!», debió gritar. ¿Qué se creía ese Tortosa? ¿Y ahora aparecía el muy bellaco? ¿Cuándo debía salir para Pinar del Río a ver si terminaba con la pesadilla de Antonio Maceo? Tortosa se cuadró aún más: «Fue imposible hacer más, excelencia. No se pudo». «¡Imposible no hay nada, maldito!», gritó Weyler.

El oficial pegó un salto. Unas pequeñas gotas de sudor aparecieron en su frente, y sin poder evitarlo lo invadió una nostalgia por Madrid: ojalá pudiera estar allá, con tal de no vivir este apuro que imaginó desde el principio. Lo habían enviado a Cuba como una de las piezas de un plan mayúsculo del Capitán General: sembrar con minas terrestres los espacios entre fortines de la Trocha de Júcaro a Morón en Ciego de Ávila y convertirla en una línea de bombas de 68 kilómetros de largo. Ni una bestia podría pasar, y así arrinconaría a Máximo Gómez en Las Villas y a Antonio Maceo en Pinar del Río. Primero acabaría con el mulato y después lanzaría todos los batallones posibles contra el dominicano para aplastarlo contra la Trocha. La guerra acabaría felizmente.

Pero ahora aparecía Tortosa con esa nota. El ingeniero suizo Pfund, inventor de unos potentes torpedos terrestres, desaprobaba el uso de su invento. Ese palurdo, con servicios al Zar de Rusia, afirmaba que no existían garantías para que su ingenio resultara efectivo en un terreno de cañadas y anegado con las lluvias de primavera. Tampoco él podía permitir que su prestigio se derrumbara con los apuros de los españoles. «Es un hecho, señor mío  —concluyó—: mi torpedo nunca irá a esa trocha en Cuba».

Weyler encorvó el cuerpo y Tortosa sintió un frío punzante. El Capitán General pellizcaba con insistencia las bocamangas del uniforme. Era un gesto que ningún subordinado deseaba vivir, porque detrás de ese tic nervioso se podía esconder el anuncio del pelotón de fusilamiento. Quiso insistir: «No se pudo hacer más, excelencia, fue imposible…»; pero calló. Weyler se acercaba con  ojos inexpresivos y sin dejar de pellizcarse las bocamangas. Jadeando, el ingeniero Tortosa apenas escuchó aquellas palabras silabeantes, que lo bañaron de un fuerte aliento antes de susurrar: «Pues verás que sí, maldito».

La idea de Don Francisco

En 1869 —a poco tiempo de iniciada la Guerra de los Diez Años— las primeras cuadrillas de hacheros comenzaron a talar los bosques de quiebrahacha y majagua, que rodeaban el viejo camino de Júcaro a Morón. A golpe de persistencia, los trabajadores abrieron una faja de entre 200 y 400 metros de ancho y 68 kilómetros de largo.

Los reportes españoles cuentan que fue don Francisco González Arenas, un mecánico y comerciante, el hombre que propuso levantar una línea militar que impidiera el paso de los insurrectos a Las Villas. Fue también él quien, consternado, al ver las primeras empalizadas y fortines de madera en 1871, exclamó: «Esto no es trocha ni línea militar; es una mala estacada que para nada sirve». Los trabajos continuaron y cuando Máximo Gómez la cruzó el 6 de enero de 1875, la línea ya contaba con un sistema defensivo de cierta consideración.

El fin de la contienda la relegó casi al olvido y durante los años de tregua sus fortificaciones se abandonaron o se convirtieron en casetas del ferrocarril en el mejor de los casos. Así la encontró en 1895 el general Arsenio Martínez Campos, nombrado Capitán General al estallar la insurrección.

Unos trabajos de acondicionamiento, realizados a toda prisa, no impidieron que Máximo Gómez y Antonio Maceo, al frente cada uno de sus contingentes, la cruzaran y se unieran con el general Serafín Sánchez en los potreros de Lázaro López para conformar el Ejército Invasor el 30 de noviembre de 1895. Luego de meses de inútiles campañas, Martínez Campos fue relevado por Weyler, el único militar en España que, según el otrora pacificador del Zanjón, podía hacer una guerra de país arrasado, con la cual existía al menos una esperanza de victoria sobre los cubanos. Con ese mandato, Weyler llegó a Cuba.

El hombre de Weyler

Aquella humedad era insoportable. ¿Cuándo terminaría 1896? Pero no quedaba más remedio que entregarse a los designios del Señor. Por eso, ante un gesto de sobrecogimiento y a una señal del capellán, los soldados se descubrieron el rostro y se arrodillaron ante el púlpito en la glorieta de la plaza Alfonso XII, de Ciego de Ávila, ese pueblo de calles polvorientas, de casas de barro o tablas y con techos de guano y tejas que poco recordaban el paisaje de la Península.

Mientras se oficiaba la misa, quizá los soldados no dejaron de mirar de reojo a ese oficial de estatura mediana, cuerpo delgado y con bigote y barbas erizadas que observaba abstraído la ceremonia. Hasta el Comandante General de la Trocha lo abordaba con respeto, y tenía motivos. Porque la vida de todos iba a estar en dependencia de los juicios de ese militar, el teniente coronel José Gago y Palomo, el hombre designado por Weyler para fortificar la Trocha de Júcaro a Morón.

Después de la noticia de Tortosa y en un arranque de ira —del cual Gago fue testigo—, en marzo de 1896 Weyler indicó refortificar la línea sin los torpedos, costara lo que costara, en el menor tiempo posible, e incluso con alguna dosis de sangre y fuego si fuera necesario. Su hombre en Ciego de Ávila sería Gago y Palomo. El Capitán General lo conocía bien. Además de ser ingeniero militar, ostentaba los títulos en Medicina y Derecho, y en su hoja de servicios en las Filipinas estaba el diseño del pueblo fortificado de Parang Parang y la trocha de Tukurán. Por último, Gago era su amigo y uno de sus ayudantes personales.

Sin embargo, la realidad superó las expectativas. Un ejército de hombres superior a los mil soldados y 800 reclusos —en su mayoría traídos de La Habana— deshizo los viejos fortines para levantarlos con paredes de muros fundidos en moldes. Desbrozaron kilómetros de bosques vírgenes en dirección a las costas norte y sur, bajo un sol infernal y las nubes de mosquitos que se aliaron a los disparos de los mambises. En Morón se llegó a dictar una proclama por la que toda familia de la zona debía abonar la cantidad de dinero exigida por las autoridades o, de lo contrario, sus varones marcharían a las construcciones de la línea militar.

Finalmente, el 21 de agosto de 1897, Gago respiró satisfecho. En apenas un año de trabajo, se habían levantado 68 torres o fortines —a un kilómetro de distancia cada uno— con elementos blindados de hierro en sus atalayas, 75 blockhouse con sus puestos de escucha, 12 campamentos y siete cuarteles. Todo había costado 297 000 pesos oro. Ahora podía enviar un telegrama de felicitación a su amigo don Valeriano Weyler y Nicolau.

La prueba inconcebible

Gago y Palomo tenía motivos para el beneplácito. Por primera vez la Trocha cerraba por completo la tierra firme y se extendía al litoral sur de Cayo Coco en la costa norte. Hasta el momento ninguno de los planes había llegado tan lejos. Su tamaño conllevó a que el mando español, una vez concluidos los trabajos, rebautizara el enclave como Trocha de Júcaro a San Fernando, nombre de la estación donde concluía el ferrocarril militar en el norte de Ciego de Ávila, en las cercanías de la Laguna de la Leche.

A su sistema defensivo se destinó una división de no menos de 10 000 hombres, dividida en tres secciones, compuesta cada una por un batallón con entera libertad de maniobra. Los soldados eran respaldados por los últimos adelantos de la época. A cada fortín se le instaló un proyector Mangin, diseñado originalmente para la marina y que permitía iluminar hasta un kilómetro de distancia en plena noche además de usarse como heliógrafos nocturnos.

Ante la imposibilidad de ubicar los torpedos, los ingenieros ibéricos diseñaron un complicado sistema de alambradas de púa. Se emplearon 9 000 rollos de alambre de 960 metros cada uno y 140 000 estacas. El resultado fue una red de seis metros de ancho con más de 70 kilómetros de largo, formada por miles de metros de alambre cruzados y con cuatro filas de estacas. La última prueba resultó macabra: espantaron un caballo contra las alambradas y lo sacaron destrozado.

El sistema fue tan cerrado, que el coronel del Ejército Libertador Orestes Ferrara intentó cruzar por el litoral de Júcaro y tuvo que pasar la noche viendo los arcos de luces de los proyectores y los movimientos de los soldados. Después de la refortificación, el cruce de contingentes numerosos por parte de los mambises debió disminuir y los grupos de avituallamiento hacia Las Villas —así como los correos—  tuvieron que moverse a parajes más inhóspitos. Solo el general Mario García Menocal Deop la forzó de una manera agónica el 9 de julio de 1898, al frente de una columna mambisa con destino a La Habana.

Sin embargo, esa línea, llamada a convertirse en una gran base de operaciones y un muro de contención, no cumplió su cometido final. Cuando la Campaña de la Reforma, en 1897, las balas no le faltaron a Máximo Gómez, enviadas desde el este del enclave y a través de los lugares más insospechados de la costa por los hombres del brigadier avileño José Gómez Cardoso, jefe de la brigada mambisa que operaba en el territorio de la Trocha. La escritora cubana Renée Méndez Capote, hija del vicepresidente de la República de Cuba en Armas, el brigadier Domingo Méndez Capote, relató en su libro Una cubanita que nació con el siglo la historia de un cruce secreto conocido por su padre en la isla de Turiguanó. Era un grupo de mambises a través de los pantanos y agobiados por los fardos de municiones. En plena noche y ante un fortín, un cocodrilo atrapó a uno de los cubanos. Al menor ruido serían masacrados, y entonces sus compañeros vieron lo inconcebible. La víctima, conocedora del peligro, hundió la cabeza en el agua para ahogar los gritos de dolor y dejarse comer, lenta y cruelmente, en las profundidades de los esteros de Turiguanó.

El ocaso

Pero la Trocha estaba condenada a muerte. La guerra hispano-cubano-norteamericana significó su final. Desgastados por el hambre y la guerra, la moral de los efectivos españoles se desmoronó al punto de que los soldados se desbandaron a Morón ante el rumor de un ataque de cañoneras norteamericanas y el desembarco de unidades enemigas por Júcaro.

Un colérico telegrama desde el Palacio de los Capitanes Generales los devolvió a los fortines. Sin embargo, el mal estaba hecho. El 17 de julio de 1898 —15 días después de hundida la escuadra del almirante Cervera— el mando español rindió Santiago de Cuba a unos generales norteamericanos, que siempre usaron y constantemente despreciaron y apartaron al Ejército Libertador.

La guerra tocaba a su fin y después de la capitulación final de España, el 11 de agosto, los soldados hispanos abandonaron la Trocha. Así concluyó su historia. Un episodio que dejó ante los ojos de los cubanos las ruinas de unos fuertes, los cuales nunca pudieron detener a los mambises, pero que han desafiado el paso del tiempo, como la prueba más visible de la forma en que España defendió los últimos vestigios de su gran imperio en las Américas.

Nota: Las fuentes utilizadas para este reportaje pueden consultarse en la base de datos de la primera página interactiva de la Trocha de Júcaro a Morón, que estará este verano a disposición del público en la dirección www.trochainteractiva.cult.cu. Al igual que la página, dicha base de datos es el resultado de dos años de trabajo del joven investigador Roberto Álvarez Pereira, uno de los autores de este trabajo, y cuenta con 150 documentos de la época, incluidos los sucesivos planos de la Trocha desde sus orígenes hasta sus días finales en 1898. El cruce de la Trocha por el general García Menocal puede verse en el tomo I del Diccionario Enciclopédico de Historia Militar de Cuba, primera parte (1510-1898), páginas 150 y 151.

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