El alegato de Fidel - Cuba

El alegato de Fidel

A finales de 1954, por las más diversas vías secretas y con el apoyo de miembros radicales del Partido Ortodoxo, en Ciego de Ávila se comenzó a distribuir La Historia me absolverá

Autores:

Osviel Castro Medel
Luis Raúl Vázquez Muñoz
Ángel Cabrera Sánchez

CIEGO DE ÁVILA.— Los tres hombres llegaron al cine Iriondo. Mientras les despachaban los boletos, no dejaron de revisar con la mirada la calle Maceo y la de Joaquín de Agüero. No hallaron nada sospechoso, y a pesar de todo la sensación de alerta se mantenía. A cien metros de allí, en el garaje Firestone, estaba parqueado el auto manejado por dos de esos hombres. Ahí, en el maletero, se escondían varios paquetes, que de descubrirse podrían significar la muerte.

Pero el cansancio era grande. Los viajeros llevaban muchas horas sin comer, casi no habían dormido y el sudor del viaje hacía que los ojos pesaran más. La música y las voces de la película, que salían desde la platea del cine, eran una especie de somnífero, que no podía borrar las escenas del día.

En especial, una. Había ocurrido unas horas antes, cuando tocaron a la casa indicada, donde vivía aquel hombre delgado —ahora su acompañante— y que se presentó con un apretón de manos: «Silverio Almanza». Uno de los viajeros dijo: «Ángel Ameijeiras». Señaló a su acompañante y anunció: «Este es mi hermano, Gustavo». Almanza asintió: «Pues bien…». Ángel explicó con voz tranquila: «Traemos unos paquetes para ustedes. Son unos libros». Hizo una pausa y concluyó: «Es La Historia me absolverá, el alegato de Fidel».

Siempre ortodoxos

Silverio Almanza Candelario, el entonces secretario general de la Juventud Ortodoxa en el término municipal de Ciego de Ávila, veló el sueño de los hermanos Ameijeiras en el teatro Iriondo. Cuando lo contactaron en su casa en la calle Abraham Delgado No. 456 (interior), entre Eladia e Isabel, enseguida supo que continuaba la distribución secreta del alegato de autodefensa de Fidel en el juicio del Moncada.

Meses antes, a finales de 1954, Ramón (Cuco) Borges, dueño del bar-restaurante La Mezquita, le presentó a Almanza un hombre delgado y alto, que se identificó como trabajador de la ruta de ómnibus Santiago-Habana. El individuo informó que viajaba a la capital, pero al regreso a Santiago de Cuba deseaba entregarle un encargo. Fueron entre 60 y 80 ejemplares de La Historia me absolverá. El segundo envío a Ciego de Ávila lo hizo Cándido González Morales, uno de los líderes del Movimiento Revolucionario creado por Fidel. Pero el tercero, y el mayor de todos, estuvo a cargo de los hermanos Ameijeiras.

Según contó Almanza muchos años después, eran varios paquetes voluminosos, que seguirían la misma vía utilizada: las redes de afiliados y contactos del Partido Ortodoxo, la organización fundada por Eduardo Chibás, y, en especial, los grupos que dentro de esta propugnaban por la lucha armada contra la dictadura de Batista. También el cuidado debía ser mayor, pues los Ameijeiras no debían pasar del poblado de Esmeralda.

Aunque había más. Los dos hermanos no tenían dinero para comer; tampoco para alquilar un alojamiento donde dormir ni mucho menos para serviciar con gasolina al carro en el viaje de regreso. De todo eso se encargaron los ortodoxos avileños. También de la distribución del alegato. A la ciudad de Morón los primeros ejemplares llegaron a través de Alfonso Expósito, presidente del Partido de la agrupación en ese término municipal. A la ciudad de Camagüey arribaron con Raúl García Peláez, uno de los líderes del Partido en la provincia, para ser distribuidos entre los barrios y viviendas en una conversación de amigos o en el fondo de las pertenencias. El programa del Moncada comenzaba a conocerse en Ciego de Ávila.

El paso de la conciencia

Para 1952 el Partido Ortodoxo en Ciego de Ávila —y en especial su Juventud— se había constituido en una fuerza política de cierta consideración en el territorio, sobre todo en las zonas urbanas y en los sectores pobres y de clase media. Pese a que su membresía era incipiente entre los obreros azucareros —al contrario del Partido Auténtico— ni contaba con la maquinaria organizativa del Partido Liberal —la principal fuerza política de la región—, los estimados en la intención de voto indicaban que los grupos de poder debían tomar muy en cuenta a los ortodoxos, sobre todo por el activismo de sus miembros más jóvenes.

En buena medida esa misma juventud, junto con los miembros del Partido Socialista Popular y las organizaciones estudiantiles, era la que protagonizaba la Campaña Pro-Amnistía de los presos políticos, incluidos los moncadistas confinados en el Presidio Modelo de la Isla de Pinos. En medio de aquel ambiente apareció La Historia me absolverá en Ciego de Ávila.

La lectura del documento repercutió en la toma de conciencia de numerosas personas en sectores que padecían la tensa situación económica y política, y dispuestas a rebelarse contra la dictadura. Luis Fundora Zamora (Guin), fundador y dirigente del Movimiento 26 de Julio en Morón, recordó cuando le entregaron el documento de Fidel.

«A mí me la dio a leer Alberto Pila (Betín), dirigente juvenil ortodoxo —contó—. Me dijo: “Guin lee eso; te van a dar deseos de ir a coger un rifle y caerle a tiros al cuartel”. Eso es que la conciencia se abría paso y la gente se aglutinaba alrededor de Fidel».

A mediados de 1955, con el alegato ya extendido en la población avileña, se creaba el Movimiento 26 de Julio, cuya dirección estuvo formada en buena medida por integrantes de la Juventud Ortodoxa. No obstante, el peso del alegato, junto con otras acciones de conspiración, se pudo medir a finales de ese mismo año.

En diciembre una gigantesca huelga azucarera estalló en varias regiones del país, en especial en las entonces provincias de Las Villas y Camagüey. Ciego de Ávila fue uno de los escenarios más violentos de las manifestaciones, al punto de que la hoy capital provincial permaneció casi tres días sin gobierno y con las fuerzas represivas incapaces de detener a la población.

La casi totalidad de sus organizadores había estudiado La Historia me absolverá, y estaban dispuestos a acciones mayores. Fue necesario el envío del Tercio Táctico de Camagüey, una unidad élite de combate del ejército, para poder aplacar las protestas. Sin embargo, el manto de tranquilidad fue aparente. La guerra estaba empezando y el alegato del Moncada había sembrado su semilla.

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