Toda la vida de bulla (+ Fotos) - Cuba

Toda la vida de bulla (+ Fotos)

Lectores de Juventud Rebelde de diversas provincias se encontraron una vez más en el centro del archipiélago cubano para compartir sus mejores ocurrencias y desearse, sencillamente, el bien

Autor:

Jesús Arencibia Lorenzo

El Principito, que sabía de estas cosas, nos enseñó que nada en el mundo sigue igual si en algún sitio una oveja se comió una rosa; que algo de los delicados filamentos del alma se mueve de su lugar cuando las malas hierbas —los baobabs— toman terreno a sus anchas.

Nada, tampoco, permanece invariable si se retocan los afectos; si la familia se reúne; si el amor —así, con todas sus letras— crece. Y eso, que parece cosa de cuentos, es lo que sucede cada vez que la familia lectora de JR se encuentra en el villaclareño poblado de Guaracabulla, al centro de Cuba, al centro del año y al centro del día, para compartir sus ocurrencias.

Durante esa jornada, el pequeño poblado se «encocuya» de iniciativas: allá un puesto de artesanos; aquí las competencias infantiles; junto a la Ceiba de los deseos, los amigos, conversando, riendo. Llegan, cada quien por sus medios, como a una fiesta de lujo en pleno monte. Claro, lo que no podrían entender los vanidosos es que aquí el lujo se lleva por dentro.

Y a los que asisten por primera vez les cuesta un poco entender de golpe a estos alegres crónicos, pero rápido se sitúan y descubren el ombligo de las humoradas. Si los tecleros de Matanzas —donde hay Moros en la costa— alquilan una guagua y madrugan como batallón al pueblito; si Cary y las arriesgadas holguineras vienen en tren y ómnibus, y hasta en paloma mensajera, a repartir sus voces de juventud archivada; si los del Espíritu Santo multiplican las naturalezas vivas de Ada y el desvelo de Arminda; si Nieves, Yanet y las demás tuneras asistentes se presentan a ritmo de Kike y Marina; o la más simpática avileña habla de poner fuego a las hogueras que se han quedado dormidas... Si todo esto ocurre y uno está allí para abrazar y ser abrazado, la felicidad del momento puede rozar los límites de lo increíble.

Entonces Marla y Carlos ponen en sus acordes: «Esto no puede ser no más que una canción»; y Julito, casi al despedirse hace y dice poesía; y Campa imanta el aire con su torrente de voz; y Jenny nos trae a su novio Efrén, aunque este ande por tierras bolivarianas junto a Fernando, otro primigenio de los duendes.

Pero todo sucede en el más estricto orden del caos, en la fraternidad que trasiega plantas y libros para regalar y se lleva fotos de ayer y recuerdos de mañana. Todo o casi todo ya ha sucedido otras veces y seguirá ocurriendo mientras la lluvia hermane a los hombres en el líquido misterio del universo; mientras los ángeles de Raúl Ferrer, el poeta; Pedrito Osés, el pintor; y Guillermo Cabrera, el periodista; sigan alentando en los presentes un minuto de silencio y la vida entera de bulla.

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