La Casa de todos

Miles de personas han encontrado la posibilidad de iniciarse o perfeccionarse en diversos oficios, en los programas de adiestramiento de las Casas de Orientación a la Mujer y la Familia de la Federación de Mujeres Cubanas, que arribó a su aniversario 51 el 23 de agosto

 

Autor:

Dora Pérez Sáez

Cada martes y jueves, desde hace ya tres meses, Claudia Arévalo González, de 18 años, se alista para llegar a tiempo a la Casa de Orientación a la Mujer y la Familia en su municipio. Allí la espera el profe Pedro, encargado de adentrar a sus alumnos en el fascinante y a la vez subvalorado mundo de la gastronomía.

«Me gradué de 12 grado en el preuniversitario Gerardo Abreu Fontán. Hice las pruebas de ingreso y suspendí Matemática. Pero decidí continuar estudiando, no quería quedarme en la casa, y en las vacaciones aproveché y vine aquí».

—¿Por qué la gastronomía?

—Siempre me llamó la atención. En el curso he aprendido mucho: a montar la mesa, conocer los diferentes platos y copas, preparar algunos cocteles. Pienso ejercer esta profesión, y ya estoy buscando trabajo.

Como Claudia, cada día son más los jóvenes —y los no tan jóvenes— que acuden a las Casas de Orientación a la Mujer y la Familia (COMF) en busca de superación.

Estos centros surgieron en la década de los 90 como un lugar de encuentro para aprender, recrearse, recibir orientación y ayuda. Constituyen un eje fundamental en el trabajo comunitario que desarrolla la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), y un espacio concientizador acerca del papel de la mujer en la familia y en la sociedad, de la pareja y de los padres en la educación, formación y cuidado de los hijos.

Con alrededor de 30 modalidades, los programas de adiestramiento están diseñados a partir de las necesidades, problemas e intereses de cada comunidad.

Aprendiendo en casa

Son las 11 de la mañana. En un amplio local de la COMF del municipio de Plaza de la Revolución, varias mujeres se ejercitan en el oficio de dar forma y color diferentes al cabello. Ante un gran espejo, dos alumnas cortan y peinan, mientras otra lee una revista a la espera de que su pelo enrolado espante la humedad bajo el secador de pie.

Son las alumnas de Sergio Álvarez, quien imparte aquí el programa de peluquería integral. Es fundador de la primera Casa que se creó en el país, en la provincia de Villa Clara, en 1990. De allí vino a la capital, donde se incorporó a trabajar en el municipio de Plaza.

«Estos centros —explicó a JR— fueron una idea de la compañera Vilma para preparar a la mujer: el ama de casa que nunca había trabajado, la estudiante que quería hacer algo más, la jubilada que nunca pudo lograr un sueño determinado…».

—¿Qué características tiene el programa de peluquería integral?

—Incluye peluquería como tal, barbería, maquillaje y manicura. Dura seis meses y cuesta 150 pesos, aunque les damos la posibilidad a las matriculadas de pagarlo en dos plazos.

Al decir de Sergio, aunque siempre falta alguna que otra cosa, las estudiantes cuentan con las condiciones necesarias para recibir una enseñanza de calidad y salir bien preparadas.

El éxito del programa lo corroboran las 125 alumnas que, distribuidas en tres cursos, se muestran felices y agradecidas por lo aprendido.

Kenia Rodríguez Cruz, de 25 años, es una de ellas. Le gusta el oficio y su aspiración es montar un local en su casa.

«Era cocinera —relató—, me gradué de chef de cocina en la escuela de Hotelería y Turismo del hotel Sevilla. Allí nos rotaban cada tres meses por distintas instalaciones, pero eso terminó. Me quedé sin trabajo, estuve un tiempo en la bolsa hasta que me dijeron que no podía seguir. Entonces pensé en esta posibilidad.

«El profesor es excelente. Es una persona exigente, y eso es lo que más me complace, que sea riguroso. Me ha gustado mucho el curso, he aprendido cosas que de otro modo jamás hubiese podido conocer».

Yunia Isabel Nápoles es ama de casa, aunque asegura que no por mucho tiempo. Con 36 años, no es la primera en su familia en aprovechar los programas de las Casas de Orientación a la Mujer y la Familia, pues su hija de 17 años recibió allí dos cursos de idioma Inglés.

«Una de las ventajas de estos cursos es que el acceso a ellos es muy fácil, no se exige ningún requisito. Es una manera de superarme para después desenvolverme en un medio laboral. Así ayudo a la familia en el tema económico, además del ejemplo que doy a mis hijos, pues no es bueno estar en la casa todo el tiempo».

—¿Qué puedes decir del curso?

—Las clases son muy buenas. Una va a la peluquería y no tiene ni idea de la complejidad de esta actividad y lo que hay que saber para hacer un buen trabajo. Aquí te explican todo, desde las características del pelo hasta cómo hacer un tratamiento para alisarlo o rizarlo. Además de la práctica que hacemos con modelos que traemos y hasta con nosotras mismas.

Aurora Rodríguez Mora es la secretaria de la FMC en el municipio de Plaza de la Revolución. Orgullosa de la labor de la Casa en el territorio, reveló a esta reportera que en 2011 tienen programados 150 talleres.

«Todos los programas están llenos; de hecho, la instalación resulta ya pequeña para la demanda que tiene el municipio».

—Esta casa fue la segunda creada en el país, y la primera en la capital. Acaba de celebrar su aniversario 20 de fundada. ¿Cómo valora su trabajo en estas dos décadas?

—Sin ninguna arrogancia podemos afirmar que este lugar ha posibilitado el desarrollo del trabajo en el municipio. Con él podemos cubrir el espacio de todas las mujeres que nos visitan. Cuando decimos que más de 5 000 personas pasan anualmente por nuestra casa, sentimos una gran satisfacción, porque vemos el interés de ellas y de la familia por cubrir su tiempo libre, pero además por prepararse.

«Y reforzamos esto porque ahora, a partir de la actualización del modelo económico, se abren mayores posibilidades para que las mujeres se incorporen al trabajo por cuenta propia. Nuestros programas de adiestramiento son una vía para poder prepararlas».

—¿Ha aumentado la demanda de los programas desde que se amplió el cuentapropismo?

—Así es, anteriormente ya era alta, pero es indudable que ahora hay un interés mayor.

—¿El diploma que se otorga a los graduados sirve para la futura incorporación a un centro de trabajo?

—Nunca hemos tenido problemas en ese sentido con ningún estudiante. Nuestros certificados sirven para afiliarse a diferentes actividades de salud, servicios, gastronomía… Aquí impartimos cursos de corte y costura, peluquería, barbería, tránsito, cocina, gestión comercial, computación, secretariado, entre otros.

—¿Da abasto la instalación para tantos programas, con una demanda tan alta?

—Ya no. Por eso hemos realizado convenios con los CDR, y en tres locales suyos impartimos las clases de Inglés. Aunque aquí no hay oficinas, la casa está en función de la comunidad, y hay que decir que todas las matrículas están cubiertas y que el próximo 5 de septiembre podremos empezar todos los programas sin ninguna dificultad.

A las seis de la tarde, en el mismo local en que por la mañana se reunieron las futuras peluqueras, René de Juan Sinque aguardaba por sus alumnos para comenzar el programa de masaje integral.

«Aplico técnicas de masaje occidental, enfocado en la parte terapéutica, pero sobre todo en la estética. Por ejemplo, si una persona tiene un dolor que le puede afectar cualquier movimiento, yo empleo la técnica, se alivia el dolor y eso cambia la estética de la persona. Una cosa lleva a la otra».

—Hay quienes piensan que los masajes son una técnica ajena a la cultura del cubano. ¿Este curso tiene realmente aceptación?

—Este programa tiene mucha demanda, más que la oferta. Los grupos son muy heterogéneos, vienen jóvenes y otros no tanto, profesionales, personas desvinculadas, amas de casa y también muchos médicos y enfermeros, personal que desea perfeccionarse o especializarse dentro de su profesión habitual.

Para todos los gustos

Solamente en la capital, más de 13 000 estudiantes han pasado por los programas de adiestramiento en el primer semestre del año. La cifra la brindó Aniuska Morales, miembro del Secretariado de la Federación a nivel provincial, que atiende la esfera de trabajo comunitario.

Según explicó la funcionaria, la Casa de Orientación a la Mujer y la Familia tiene tres líneas de trabajo: la orientación individual, la orientación y trabajo grupal y los programas de capacitación, entre ellos los de adiestramiento en diferentes disciplinas, destinados tanto a hombres como a mujeres.

«Los programas de adiestramiento funcionan durante todo el año, salvo los denominados cursos de verano, que se desarrollan solamente durante julio y agosto, en el tiempo en que la mayoría de las personas están de receso. Son una opción más para el verano, y son gratuitos».

—¿Cuántos programas existen?

—Son muchos, y no son los mismos en todos los municipios. Gustan sobre todo los de corte y costura, idioma, cocina y repostería, peluquería, barbería y manicura.

«Además están los de mecanografía, digitopuntura, apreciación cinematográfica, musical y de artes plásticas. En algunos territorios se enseñan manualidades como tejido, artesanía, orfebrería y floristería.

«Y están los de masajes, computación, marketing, yoga, gimnasia aeróbica, reparación de enseres menores, cultura del vestir, decoración, taichí, tránsito, fotografía. Los profesores son especialistas en esas materias, que cobran por esa actividad.

«También en estos programas de adiestramiento se dan 15 minutos de reflexión sobre varios temas, fundamentalmente para que las mujeres se sientan identificadas con la organización. Se habla de la igualdad de género, de la autoestima de la mujer, de violencia intrafamiliar, del sida; entregamos propagandas y afiches de los que se colocan en policlínicos y centros comerciales».

Sin diferencias

El programa de Introducción a la gastronomía es uno de los que más gusta en la Casa de Orientación a la Mujer y la Familia del municipio de Centro Habana. A diferencia de su homóloga del Vedado, el espacio es reducido, pero no falta lo necesario para montar una mesa como en el mejor restaurante. Su profesor, Pedro Mas, tiene dos grupos que teóricamente debían contar con 25 alumnos, pero cuya cifra real es mayor.

«El curso dura tres meses. En él reciben clases de salón, montaje de la mesa, servicio de agua, de alimentos y bebidas, elementos básicos de cantina y gastronomía popular».

—¿Hay más hembras que varones, o hay un balance en la presencia de los dos sexos?

—Realmente hay más muchachas que muchachos. Pienso que en eso influyen las características del municipio. Muchas de mis alumnas son madres solteras que necesitan trabajar, y algunas incluso vienen a las clases con sus niños.

Sandra Bayfiel es una de esas jóvenes. Tiene 24 años y dos pequeños de cuatro y dos años, que cuida su mamá.

«Antes no hacía nada. Ahora fue que me incorporé a trabajar de dependiente en el ICRT, gracias al curso. Más adelante he pensado en otras propuestas, pero primero tengo que terminar el 12 grado, que quiero matricular en septiembre».

—¿Qué piensas de este curso?

—Es una oferta muy buena. Hay pocos trabajos para jóvenes como yo, que por tener dos niños no pude terminar de estudiar.

Yordanis Reyes García es otro papá precoz. Tiene 19 años y una niña chiquita. Y aunque estudiaba en la facultad obrero- campesina, las complicaciones familiares le impidieron terminar el preuniversitario.

«Lo que más me ha gustado del curso son las prácticas: manipular los vasos, los cubiertos, cómo debe comportarse un gastronómico. Tengo pensado trabajar en un bar como cantinero en cuanto me gradúe. Y en septiembre empezaré de nuevo la facultad. Es muy bueno ser alguien en la vida».

Para Mayda Brito, secretaria general de la FMC en Centro Habana, los programas de adiestramiento de las Casas de Orientación son una vía eficaz para brindar atención diferenciada a muchachas con familias disfuncionales.

«A pesar de no tener las máximas condiciones —dijo— hemos buscado alternativas en los diferentes consejos populares del territorio. Allí hemos ubicado los cursos, en otros locales.

—¿Qué programas se imparten aquí?

—En este momento tenemos gastronomía, inglés, peluquería, maquillaje y gerencia empresarial. En septiembre tenemos pensado abrir nuevos cursos de computación, tejido y arte culinario, atendiendo a las necesidades del territorio y a los intereses de los muchachos. Para ello debemos hacer convenios con centros que nos puedan apoyar con locales y computadoras, como los Joven Club de Computación.

—¿Cómo valora este experiencia dentro de toda la labor que realiza la Federación?

—Esto es una victoria de la FMC, porque hay mucha juventud que viene a estudiar y se acerca a nosotros. Vienen muchachas muy jóvenes, madres solteras, y también personas que han cometido en ciertos momentos indisciplinas, ex reclusos. Vemos la masividad, la gente quiere estudiar, prepararse.

«Por eso es algo muy grande. Llevar un plan de cursos con el que formar a la juventud en cuanto a sus necesidades y que se atienda a hombres y mujeres, sin distinción, toda la comunidad. Trabajamos con todos, sin diferencias».

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