Atentado a Lenin

El 30 de agosto de 1918, hace 93 años, la contrarrevolución disparó a mansalva tres traicioneros disparos, con balas envenenadas, para matar al líder del primer Estado socialista del planeta

Autor:

Luis Hernández Serrano

No llevaba escolta que observara especialmente las manos y los brazos de los posibles enemigos. En la fatídica tarde del viernes 30 de agosto de 1918 una mujer disparó contra Lenin.

Cuando iba a entrar al auto, Fanni Yefímova Kaplán, (resentida, terrorista, mercenaria y psicópata), le gritó: «¡Ilich, Ilich!», y al virarse él para ver quién lo llamaba con tanta insistencia, le hizo tres disparos a boca de jarro, uno que solo atravesó su saco, sin dañarlo a él, y otros dos que sí lo hirieron.

El máximo jefe ruso vestía un sencillo traje corriente: gabán oscuro, chaleco, camisa de cuello blando y un cordón de borlas en vez de la corbata que se usaba en aquellos tiempos en su país.

Los traicioneros balazos de la contrarrevolucionaria fueron disparados con una pistola Browning, utilizada por los servicios especiales, cargada con balas envenenadas.

Un plomo le penetró por el omóplato izquierdo, le interesó la parte superior del pulmón y se atascó en la región derecha del cuello, más arriba de la clavícula. El otro le dio en el hombro izquierdo, fracturó el húmero y se incrustó bajo la piel, en la región humeral de ese mismo lado.

El hecho tuvo lugar cuando el dirigente bolchevique salía de la fábrica Michelson, donde pronunció un discurso sobre la actualidad de Rusia y los objetivos de aquella importante industria que estaría vinculada a su idea de electrificar el país.

Allí había dicho unos minutos antes: «Tenemos una sola salida: ¡la victoria o la muerte!».

«¡Calma, camaradas. Esto no tiene importancia! ¡Manténganse tranquilos!». Era el propio Lenin, que inmediatamente cayó boca abajo y sobre él se inclinaron enseguida su chofer, Stephan Guil, y dos obreros, quienes acomodaron rápidamente a su líder en el carro y partieron los cuatro a toda velocidad.

Uno de los obreros era Iván Polutorni quien, con un pedazo de tela arrancado de su ropa, le hizo un torniquete en el brazo herido para evitar la hemorragia.

Tomaron por la calle Bolshaya Polianka, en el distrito de Zamoskovetski. Intentaron detenerse en la Casa de la comunidad de Iverskaya, pero Lenin ordenó seguir directo al Kremlin. Al llegar, se negó a ser ayudado por sus acompañantes y subió solo al tercer piso, salvando 52 escalones.

El primer médico que lo atendió fue Alexander Vinocurv, Comisario del Pueblo para la Seguridad Social. Y al otro día, lo examinó el cirujano Vladimir Rozanov, a quien le dijo: «Esto puede sucederle a cualquier revolucionario».

Unos 14 ejércitos intentaron destruir la consolidación de la Revolución de Octubre —aquel empeño leninista de enorme envergadura— y como no pudieron, los enemigos de la nueva Rusia idearon el siniestro plan de asesinarlo.

Los imperialistas yanquis, por supuesto, ayudaban a los Guardias Blancos y a los principales jefes contrarrevolucionarios.

Cuando el líder ruso recibió un telegrama desde el Primer Ejército del Frente Oriental, que decía, «Querido Vladimir Ilich, la toma de su ciudad natal es la respuesta por su primera herida; por la segunda será Samara», Lenin comentó: «La toma de Simbirsk, donde nací, es el mejor remedio, el mejor tratamiento para mis heridas».

El 25 de septiembre de 1918 los galenos sugirieron llevarlo a la aldea Gorki, a 35 kilómetros al sudeste de Moscú, a cuatro kilómetros de la estación ferroviaria Guerásimovo, a orillas del río Pajrá, a la casa que fuera del general zarista Rheinbot.

El propio Lenin, en broma, diría a su hermana María, en marzo de 1923: «En 1917 descansé en una choza, cerca de Sestroretsk, gracias a los Guardias Blancos; y en 1918, gracias a los disparos de Kaplán». Se refería a la choza junto al lago Razliv, donde estuvo en julio y agosto, para protegerse del gobierno provisional burgués que lo perseguía tenazmente. Y Kaplán era la enemiga a sueldo que le disparó plomo envenenado para asegurarse de que moriría.

Quiso el dirigente ruso dictar a diario ideas importantes, pero los médicos se lo prohibieron. Su hermana María contó que Lenin dio un ultimátum: «O me lo permiten, o me niego a curarme».

Y llegaron a decirle que no podía leer ni escribir, a lo que adujo convencido: «¡Pero no me pueden prohibir que piense!».

Un súbito derrame cerebral aceleró su fallecimiento, a las 6:50 de la tarde del 21 de enero de 1924, con 54 años solamente. Y al otro día, a las 6 de la mañana, la Radio de Moscú anunció su muerte al mundo. A Serguei Menkúrov se deben la mascarilla y la copia de sus manos.

Fuentes: Símbolo contra la amnesia histórica, 20 de enero 2006; Lenin sigue siendo un paradigma intocable, 22 abril 2008; No me pueden impedir que piense, 20 de enero 2009 y La muerte de un paradigma, 21 enero 2010, todos del autor, en Juventud Rebelde. Dos disparos que cambiaron la historia, Jorge Wejebe Cobo, La Calle del Medio, página 11, noviembre de 2010.

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