El hombre que fue raíz

Manuel Sánchez Silveira fue un ser versátil, con inteligencia excepcional, que sirvió de guía a su hija, la heroína Celia Sánchez Manduley

Autor:

Osviel Castro Medel

Hay personajes con historias fascinantes que hicieron crecer la nación y aportaron «un mundo» y que no deberían extraviársenos en las dificultades de la cotidianidad.

Ahora mismo, este 22 de septiembre, si inquiriéramos por Manuel Sánchez Silveira —de quien celebramos hoy el aniversario 125 de su natalicio —, muchos dirán: «Fue el padre de Celia».

Otros expondrán acaso que este manzanillero ejemplar, ferviente martiano, estuvo entre los que en mayo de 1953 colocaron el busto del Héroe Nacional en el Pico Turquino.

Sería, en cualquier caso, simplificar la interesante ecuación de su vida, cargada de sucesos y lecciones que las nuevas y viejas generaciones deberíamos agradecer.

Manuel Sánchez Silveira fue, por ejemplo, quien señalizó el lugar exacto donde cayó Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria; le tendió la mano a Eduardo Chibás, al que quiso entrañablemente; fundó la Ortodoxia en Pilón; e hizo como pocos en su época para redimir la historia nacional.

Más que médico

«En el patio de su casa siempre tenía listos el caballo y la montura para cabalgar hacia alguna remota colonia, en las estribaciones de la Sierra Maestra, donde se le aguardaba como única esperanza. Y allá se iba bajo el sol calcinante o en la noche lóbrega. Lo mismo sacaba una limalla de un ojo, que enyesaba un brazo fracturado, amputaba una pierna, atendía a una parturienta, extraía una pieza de la boca, rescataba el grano de maíz que se había introducido un niño en la nariz o el oído, o simplemente recetaba un jarabe».

Así nos pintaba el desaparecido historiador Pedro Álvarez Tabío la labor médica y el humanismo de Manuel Sánchez, quien a principios del siglo XX matriculó en la Universidad de La Habana la carrera de Medicina y Cirugía Dental. Primero se hizo doctor en Cirugía Dental, y el 23 de septiembre de 1911 se diplomó en Medicina.

Todavía hoy en Media Luna, el lugar donde se radicó hasta 1940 al ser nombrado médico del central Isabel, recuerdan con inmenso cariño a aquel hombre caritativo que muchas veces no cobraba su consulta y que socorrió en su finca Los Arroyones a numerosos campesinos desalojados. También lo evocan con afecto en Pilón, donde se convirtió en referente para los humildes durante más de 15 años.

«Los ingresos del Doctor como médico, partero y dentista particular no deben haber sido muy considerables, pues era notorio que una buena parte de sus pacientes recibía su atención gratuita (…) Era, en primer lugar, un benefactor, lo cual se hacía evidente día tras día, tanto en el ejercicio de su carrera como en el desenvolvimiento de su vida privada (…) Nunca buscó glorias ni recompensas materiales en el ejercicio de la Medicina», apuntó Álvarez Tabío.

Pero Manuel logró ser más que un profesional de la salud en tiempos en que un médico era casi mirado como un dios extraño. Incursionó en la espeleología, la historia, la geografía y la arqueología. Incluso gustaba escribir sobre diversos temas de su especialidad o de otras no afines. Hasta tuvo la idea de publicar Jalones de nuestra historia, un libro que no vio la imprenta. Y realizó notorios hallazgos arqueológicos en la zona donde estuvo el asentamiento aborigen de Macaca.

Por eso no resultó casual que se carteara con figuras prominentes de Cuba como Fernando Ortiz, Carlos Manuel de Céspedes (hijo), Antonio Núñez Jiménez, Waldo Medina y Eduardo Chibás.

A este último lo hospedó en su casa de Pilón cuando, en mayo de 1948, realizaba una gira por el Oriente del país. También recibió en su morada pilonense, en agosto de 1944, al renombrado pintor Carlos Enríquez.

Más que padre

«Él le enseñó a amar la historia y la Patria. ¡Qué relación más linda entre Celia y su padre! Parece como de una novela», dijo una vez Armando Hart.

Esa novela se hizo más humana cuando el 19 de diciembre de 1926 murió, víctima de paludismo, la esposa de Manuel, Acacia Manduley Alsina, con quien se había casado el 12 de abril de 1913. Con ella tuvo, en la casa de Media Luna, nueve hijos, aunque uno de ellos falleció a los 14 meses.

Ante el golpe tan terrible, él se dedicó por entero al cuidado y enseñanza de las seis hembras y dos varones junto a su suegra Irene y su cuñada Gloria.

Nunca más se volvió a casar. A menudo solía reunirlos en torno a él para leerles obras vinculadas a los próceres independentistas cubanos, especialmente a José Martí. Gustaba retratarse con ellos, llevarlos a sus «aventuras» arqueológicas y complacerlos en caprichos tan singulares como hacerles «un circo en el patio de la casa».

Precisamente en la personalidad de Celia, por quien Manuel sentía predilección, influyeron mucho el patriotismo, el desinterés, el amor a la naturaleza, la ternura y la cubanía de su progenitor.

La concordancia de ideas queda demostrada en una misiva que le escribe ella desde la Sierra Maestra, en mayo de 1958: «Aunque no me has escrito, y yo lo hago tan pocas veces, he seguido tu vida casi a diario (…) Te tengo presente como no te imaginas, cada día más. Cada avance de la Revolución me acuerdo de ti, que tanto y tantas veces te han preocupado los problemas campesinos y en total los de Cuba».

Martiano y cespediano

Aunque en un libro editado en 1971 se dice que Sánchez Silveira localizó el sitio exacto donde cayó el Padre de la Patria en febrero de 1927, el investigador Álvarez Tabío apunta que la tarja que recuerda el infausto acontecimiento en San Lorenzo fue colocada el 24 de noviembre de 1925.

De cualquier modo, lo cierto es que el Doctor, como también le llamaban, cruzó inaccesibles montañas para llegar hasta el apartado sitio. Y que en esa travesía demostró sus conocimientos de la geografía nacional.

Devoto de Céspedes, escribió también sobre el alzamiento de La Demajagua y de otro levantamiento en armas poco divulgado, el de Pedro de Céspedes, que tuvo lugar el 9 de octubre de 1868.

Por iniciativa de Sánchez Silveira se colocaron bustos de Martí y del Héroe de San Lorenzo en Media Luna y se fraguaron dos placas en recordación al Titán de Bronce. Esa labor patriótica también se extendió a Pilón, poblado al que llegó como médico del antiguo ingenio Cape Cruz.

Otra de sus acciones en homenaje a los mártires de Cuba fue el conocido ascenso del busto de Martí al Pico Turquino, en mayo de 1953. La pieza de bronce, de 163 libras, obra de la escultora Jilma Madera, se colocó por decisión de la Asociación de Antiguos Alumnos del Seminario Martiano, radicada en la capital cubana. Llevar la efigie hasta ese sitio costó innumerables esfuerzos, sacrificios y mucho machete, pues no existían los caminos que conocemos hoy.

A Manuel le faltaban cuatro meses para cumplir los 67 años y aún así fue el guía de la expedición. Por esa razón aquellos 50 montañistas se asombraron con el deseo y la forma física del veterano médico, quien entonces era delegado del Instituto Cubano de Arqueología en la provincia de Oriente.

«Sánchez Silveira era apasionado de las lomas y de las exploraciones en las cuevas, actividades que, me dijo, disfrutaba más que la Medicina», contó la misma Jilma Madera en una de las últimas entrevistas que concedió.

Por esa afiliación martiana, años antes el Doctor había decidido romper con el Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), del que fue uno de los fundadores en Oriente, y hacer filas con la Ortodoxia, porque en Chibás vio la ética, la prédica y el civismo martianos que no conoció en decenas de políticos anteriores.

«Martí después de su muerte sigue siendo el constructor —el consejero—, el guía del porvenir y presente de los ciudadanos de América (…) Martí es un asceta de la Gloria —su modestia de sabio no le permitiría ni esa enajenación que es paga para todos los sufrimientos—. Martí fue estoico y un visionario», escribiría Sánchez Silveira a un amigo en junio de 1950.

Por eso apoyó cuanto pudo a Celia al conocer que su hija se había enrolado en una lucha cuya chispa motora había sido el ejemplo y el legado de José Martí.

Epílogo

Manuel Sánchez Silveira, hijo del asturiano Juan Sánchez del Barro y de la manzanillera Modesta Silveira Román, cuarto de los seis hijos de ese matrimonio, falleció en el hospital capitalino Calixto García, el 24 de junio de 1958, de una neoplasia pulmonar.

La enciclopedia digital cubana EcuRed describe que hasta su cama de enfermo llegó una enorme cantidad de personas, «desde el campesino humilde de paso por La Habana, hasta el importante médico, el científico famoso o el nombrado escritor. Todos los que le conocieron lo admiraron y lo apreciaron».

No pudo ver al triunfo revolucionario. Pero su imagen imborrable no dejó de acompañar a su adorada Celia y a todos los que lo amaron en la victoria y en la esperanza de una patria mejor.

Fuentes: Cuaderno de Historia de la Salud Pública, Doctor Manuel Sánchez Silveira, médico rural, de Nidia Sarabia.

Celia, ensayo para una biografía, de Pedro Álvarez Tabío.

Periódico Juventud Rebelde de enero de 2000 y 2005, y mayo de 2006.

Revista Somos Jóvenes, noviembre de 2007.

Enciclopedia digital cubana EcuRed.

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