Aún siento con nitidez el tabletear de las ametralladoras

Los actos de terrorismo contra nuestro país dejaron huellas imborrables en Julio Sánchez Guerra, uno los cubanos que ha sufrido los nefastos efectos de las metrallas «made in USA»

Autor:

Roberto Díaz Martorell

NUEVA GERONA, Isla de la Juventud.— Las secuelas psicológicas que dejan un acto de terror trasciende en el tiempo y se convierte en arma de lucha una vez que el afectado descubre la verdadera intención y génesis de tanta ignominia.

Julio Sánchez Guerra, funcionario del Instituto de Amistad con los Pueblos en la Isla de la Juventud, recuerda con nitidez aquel 13 de marzo de 1964 cuando atacaron su pueblo Pilón, Granma. «Todavía escucho el tabletear de las ametralladoras y siento el olor a azúcar quemada.

«Recuerdo que las llamas cubrían los almacenes de azúcar del central Luis Enrique Carracedo y la desesperación del pueblo y de los bomberos tratando de sofocar aquel infierno, escuché entonces por primera vez el término “lanchas piratas” y me preguntaba por qué habían quemado el ingenio donde mi papá hacía azúcar y guarapo.

«Somos tres hermanos: el menor tenía entonces 3 años y medio, yo cinco y el mayor 12; todos quedamos abrazados tirados al suelo y llorando mucho por el miedo. Vivíamos cerca del mar y del central, lo sentimos todo, primero un ruido seco como un cañonazo y luego las ametralladoras por varios minutos, fue espantoso.

«Mi padre salió vestido de miliciano a buscar su fusil, porque pensaban que era lo mismo que cuando Girón. Cuando amaneció, todos salimos a ver; ardieron cuatro almacenes de azúcar con más de 80 000 sacos dentro; habían personas trabajando en el central, pero milagrosamente ninguno murió. Mi papá nos dijo que las ráfagas chocaron contra la armazón de acero y que no dañaron mucho el ingenio.

«El ataque ocurrió en medio de la madrugada, ya habían entrado antes al pueblo y como no existía el rigor aduanero que hay hoy, entonces fraguaron el crimen. Luego supe que la lancha había venido del norte. Desde Radio Swam los terroristas se jactaban de su “hazaña” y describieron paso a paso el atentado. Yo me preguntaba un tiempo después ¿dónde estaba Posada Carriles? ¿estaría involucrado también en esa barbarie?

«Años más tarde supe que en ese mismo tiempo, Raúl Roa, entonces canciller cubano, denunciaba actos terroristas como ese en la sede de las Naciones Unidas. Esos terroristas vinieron por el mismo mar donde me bañaba y pescaba de niño. Después del atentado, siempre que miraba el mar me preguntaba por dónde vendría el próximo ataque.

«Aquella lancha, cuya carga mortífera hirió a una señora mayor y a una niña de ocho años, estaba al mando del gobierno de Estados Unidos y hacían el mismo terrorismo que trataban de evitar los Cinco. Estos hombres estaban para impedir que otras bombas despertaran por la madrugada a niños como a mi y a mis hermanos, para evitar que murieran personas inocentes como los que fallecieron en el atentado a las Torres Gemelas, de Nueva York, o la muerte de Fabio D´Chelmo, entre tantas otras víctimas, por eso son ciudadanos del mundo.

«Es indignante que René González, uno de los cinco antiterroristas cubanos injustamente prisioneros en cárceles estadounidenses, tenga que permanecer en una ciudad desde donde una madrugada de 1964 salió aquella lancha pirata por orden de la CIA y la mafia anticubana para atacar con bombas y metrallas a un pueblo dormido, dedicado a labrar sus sueños».

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