El pueblo cubano no se resigna a aceptar la impunidad

Una ex esgrimista comparte sus recuerdos, y condena el vil crimen de Barbados, donde murieron muchos de sus amigos y compañeros de aula

Autor:

Hugo García

MATANZAS.—  Esta mujer está dolida. Su voz entrecortada y sus lágrimas afloran de lo más profundo de su ser. Con apenas 17 años de edad se enfrentó a un hecho insólito, fascista, que su mente no concebía y que no la abandonará mientras viva.

Nitza Fernández Oviedo compartía la misma aula junto a Carlos Leyva, Juan Duany y Alberto Drake: «Estábamos en décimo grado, éramos 15, y tenían que ir solo cinco a los Juegos Centroamericanos y del Caribe, alguien se tenía que quedar. En aquel entonces sólo se competía en el florete femenino.

«Tuve el honor de compartir con ellos la misma sala de entrenamientos, las aulas, y los dormitorios. Pero en ese espeluznante hecho perdí amigos, compañeros y a mi entrenador Santiago Hey. Después de 35 años no he podido rebasar los días tan terribles que vivimos.

«Cómo no recordar la sencillez de Virgen María Felizola, la risa escandalosa de Muñoz, y el rostro noble del matancero Alberto Drake, a quien le preparé el equipaje de salida sin saber que nunca nos íbamos a ver más. Después tuve la posibilidad de formar parte del equipo que seguimos sus pasos y continuar con el legado que nos dejaron.

«Los asesinos de mis compañeros, Posada y Bosch, fueron protegidos por el Gobierno de los Estados Unidos. Una actitud que contrasta con las largas condenas impuestas en el mismo Estados Unidos a nuestros Cinco Héroes por luchar allí contra el terrorismo», condena la actual subdirectora de la Escuela Provincial de Profesores de Educación Física.

Nitza no asistió a aquellos Juegos Centroamericanos y del Caribe porque Nancy Uranga había venido recientemente de la Olimpiada de Montreal y la estrategia de la Comisión Nacional era fortalecer el equipo, y la incluyen a ella en la delegación para que compitiera en individual para obtener el oro. «Nancy era la que tenía más posibilidades y la de más condiciones deportivas en ese momento. Imagine que estaba embarazada, llevaba consigo al pasajero 74.

«Yo estaba dentro de todos ellos, por lo que podía haber sido víctima de aquel horrible asesinato yo o cualquiera de los que estábamos en aquel momento en el aula. Este crimen me causó dolor, dolor… mucho dolor; creo que todos los que fuimos esgrimistas en aquella etapa no hemos podido rebasar esta fecha.

«Escuché este miércoles en la radio que había fallecido la madre de Inés Luaces, señora que conocí antes y después del sabotaje. Inés era su única hija y esa madre murió esperando que condenaran a quienes cometieron el asesinato. Estoy conmovida por su fallecimiento. Ella me decía en aquellos días del crimen que no tendría una tumba donde ponerle flores a su hija, pero fue uno de los ocho cadáveres que llegaron».

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