Mi hijo nunca llegó a celebrar su cumpleaños…

La cienfueguera Aida Domínguez Veitía perdió a su hijo el seis de octubre de 1976. Esta señora de 83 años abre las puertas a los recuerdos, esos que por más de tres décadas la han mantenido reclamando justicia

Autor:

Litzie Álvarez Santana

CIENFUEGOS.—  Una foto del hijo recibe al visitante en la sala de su casa. Las flores que lo acompañan son la prueba de su presencia constante en la vida de esta madre cienfueguera, quien espera porque algún día los asesinos de su hijo dejen de pasear libres por calles norteamericanas.

En el corazón de Aida Domínguez Veitía la dolorosa e imborrable cicatriz se hace más profunda al recordar que ese fatídico miércoles seis de octubre de 1976 ella se ocupaba de los preparativos del cumpleaños de Eusebito. «Él me había dicho por teléfono que ese siete de octubre quería pasarlo con la familia».

Pero Eusebio Sánchez Domínguez, sobrecargo del avión DC-8 de la aerolínea Cubana de Aviación que fue saboteado por mentes y manos terroristas, no llegó nunca a casa. «Esos desgraciados me lo arrebataron en plena juventud, dejando huérfana a su pequeña de seis años y viuda a su señora; sin consuelo a mí y a su padre», afirma Aida.

Esta madre de 83 años a lo largo de tres décadas y media ha visto su dolor multiplicarse «al ver sueltos a los asesinos de mi Eusebio». Así lo sostiene con voz trémula esta cubana, una de las tantas que han visto encanecer sus sienes, sin el asomo de una gota de justicia.

«En 1976 vivíamos en calle Santa Clara, entre Cuartel y Tacón. Aquel día yo había salido temprano porque tenía un trabajo, encomendado por el Partido, en el reparto La Juanita. Allí fue donde primero oí los rumores sobre el atentado a un avión de Cubana.

«Enseguida me fui para la casa. Acababa de llegar cuando recibí una llamada de la señora de mi hijo, ella me explicó que las noticias de una bomba en un avión cubano eran ciertas, pero que no sabía si era en el que venía Eusebito. Quedó en llamarme cuando supiera algo», rememora Aida.

«A los diez minutos el teléfono volvió a sonar, mi esposo fue quien atendió porque yo no podía ni hablar de tanta incertidumbre. Pero no pude aguantarme, levanté la extensión telefónica que había en el cuarto y escuché cómo ella le confirmaba a Eusebio que nuestro hijo sí venía en el vuelo... “Mira a ver cómo se lo dices a Aida”, escuché que le aconsejaba a mi esposo.

«La casa llena de vecinos y las agitadas jornadas posteriores no se olvidan. Son muchos los años y las lágrimas. No es fácil vivir pensando que mi hijo, tan activo, con tantos deseos de vivir, pobrecito, murió quemado, al igual que todos, sin salvación ninguna, sin defensa… porque en un avión, encerrados, qué defensa podían tener… Y que ni siquiera pude enterrarlo…»

Los recuerdos desgarradores de esta cienfueguera se conectan con otros: «La hermana de Posada Carriles y su mamá se arreglaban el pelo en la peluquería donde yo trabajaba en aquellos momentos. Cuando ellas se enteraron del crimen jamás volvieron a poner un pie allí…»

La indignación le brilla en los ojos cuando habla de estos asesinos: «Ese Posada Carriles y Orlando Bosh son unos degenerados. También ese gobierno es hipócrita, porque decreta una lucha contra el terrorismo y permite que personas de esta calaña caminen libremente por su país, mientras mantiene a unos cinco hombres inocentes entre rejas. Muchachos que están presos por defendernos de terroristas como ellos».

Esta madre continúa exigiendo justicia para su hijo, ese que nunca llegó a casa para celebrar su cumpleaños. Eusebio Sánchez Domínguez, junto a todos aquellos que lo acompañaban en la aeronave CU-455, pasaron a la historia por su trágico final, grabado con lágrimas y sangre no solo en el corazón de Aida Domínguez Veitía, también en el de todos los cubanos.

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