El amanecer más emotivo en la vida de Olga Salanueva

«Cuando me llamó, se le sentía eufórico. Nuestras hijas lo filmaban para que yo pueda ver lo que me perdí. Luego me llamó nuevamente, iba cantando a voz en cuello, una canción de Silvio, El mayor, que es su favorita»

Autor:

Arleen Rodríguez Derivet

La mujer que durante 13 largos años esperó que la justicia devolviera su hombre a casa, sabe que eso ya no es posible. Ni la justicia pudo hacerse, ni su esposo podrá  retornar de inmediato al hogar que su esposa y sus hijas arreglaron para él.

Por eso ella no pegó un ojo en la larga noche de 6 para 7 de octubre de 2011.  Sabía que a cualquier hora sonaría el teléfono y tras el timbre la voz que la estremece desde cualquier distancia. Por  fin, un poco después de las 5 y 30 de la madrugada, hora de Cuba, llegó la llamada más esperada de su vida.

Cuando del otro lado le escuchó  decir a René, «Mi amor…», todo el caudal de la espera se le desató en una mezcla de alegría infinita por saberlo libre y junto a sus dos hijas, su padre y hermano y las lágrimas que le brotan con tanta frecuencia desde aquella otra madrugada, violenta y triste, de 1998, cuando un comando SWAT asaltó su pequeño apartamento en Miami para llevárselo a él a punta de pistola, dejando a Olga, su hija Irmita de 14 años y la pequeña Ivette de solo 8 meses en un hueco de tristezas y abusos que aun no cesa.

Hace unos meses Olga contaba, ilusionada, cómo sería el 7 de octubre en su vida y la de su familia. Para ese día estaba anunciada la salida de prisión de su esposo René González, uno de los Cinco héroes cubanos, presos injustamente en cárceles norteamericanas por haber infiltrado células terroristas anticubanas asentadas en el sur de la Florida.

Condenado a 15 años de privación de libertad, que por la medición de los tiempos carcelarios, se cumplen este 7 de octubre, 13 años después, la idea de Olga y René era reencontrarse lo más pronto posible.  Él quería pasar solo unas horas en Estados Unidos, las imprescindibles para saludar a los amigos solidarios que han sostenido la demanda de libertad para los Cinco en territorio norteamericano y enseguida volar a Cuba, a los brazos de Olga, al reencuentro con la familia y los amigos, a su hogar, a su Patria.

A diferencia del resto de los presos del mundo, René no podía ser recibido por su esposa a la puerta de la prisión de Marianna, donde pasó los últimos años de injusto encarcelamiento, porque las autoridades norteamericanas le prohíben a ella poner un pie en los Estados Unidos. Por eso el plan era regresar inmediatamente a Cuba y así lo pidió a través de su abogado desde principios de este año. Hace menos de un mes, llegó la respuesta: «Ud. no puede regresar a Cuba, tiene que cumplir en territorio norteamericano, tres años de libertad vigilada…»

Los planes del amor fueron rotos así por una decisión absurda y arbitraria, una más en el largo rosario de prácticas arbitrarias contra los Cinco.

Desde otra cárcel, en Georgia, Ramón Labañino, su  compañero de causa, condenado a 30 años,  escribía a los amigos del mundo:

«Nos preocupa la situación de René. Tenemos que gritar y movilizar a todos para que esta crueldad se acabe inmediatamente. Es muy irónico que este país que deporta tantas personas cada día, que se esmera en destrozar familias, separar hijos y padres, abandonar madres, tirar a la muerte a enfermos terminales por el solo hecho de no ser legales, y se esfuerza con recursos desmedidos en botar a las personas de todo tipo fuera de sus fronteras, ahora se empecine en que René no se vaya y se quede en él, en contra de su voluntad, incluso de la misma lógica, pues para ellos seria mucho mejor quitarse este dilema de encima, simplemente enviándolo a Cuba, con sus seres queridos…»

A pesar del abuso, de los riesgos que enfrenta René a partir de su salida de la prisión a las calles de cualquier rincón de los Estados Unidos, donde campea libremente el terrorismo anticubano, cuyos planes él ayudó a frustrar, Olga sonríe este siete de octubre. No recuerda un amanecer más hermoso que éste en los últimos 13 años. René ya está libre y junto a él están sus hijas.

«Cuando me llamó, se le sentía eufórico. Nuestras hijas lo filmaban para que yo pueda ver lo que me perdí. Luego me llamó nuevamente, iban en un auto hacia el lugar donde se alojará estos días hasta presentarse al oficial de probatoria y él iba cantando, a voz en cuello, una canción de Silvio, El mayor, que es su favorita. Las niñas le llevaron fotos, libros y  discos con las canciones que a él le gustan».

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