Un escolar fuera de serie

El niño Camilo Cienfuegos era amante de la justicia. Así lo recuerda su condiscípulo de la escuela primaria, Luis Zayas Travieso, cuyo testimonio dibuja los días iniciales de un hombre convertido en leyenda

Autor:

Marianela Martín González

«EL día que anunciaron la desaparición de Camilo no me encontraba en Cuba; jugaba pelota en el extranjero, pero supe que la noticia provocó una epidemia de tristeza, de la cual no todos nos hemos curado».

De esta manera Luis Zayas Travieso, una celebridad del béisbol cubano, quien ahora disfruta de la jubilación, comienza a hablar de Camilo Cienfuegos, al que recuerda desandando por la escuela pública 105, en Dolores, entre 15 y 16, en el reparto capitalino de Lawton.

«Si me pides anécdotas —dice mi interlocutor—, pudiera enumerar un montón de cosas que les suceden a los muchachos normales, como era él, pero pudiera caer en imprecisiones. Lo que sí te puedo garantizar es que era un espartano defendiendo el honor de los más débiles.

«De un niño como Camilo podía esperarse lo que luego fue: el corajudo que vino de México en el yate Granma para alzarse por la libertad de su país, y que más tarde dirigió la columna Antonio Maceo.

«Un niño como Camilo devino el mejor compañero del Che y se batió junto a él en momentos decisivos de nuestra lucha revolucionaria.

«Yo cursaba el segundo grado cuando Camilo estaba a punto de salir de la Primaria, pero siempre viene a mi mente defendiendo a los más chiquitos y a los negros, que en aquellos tiempos eran motivo de burla y rechazo hasta en la escuela, donde se suponía debía reinar la inocencia.

«Camilo se fajaba cuando abusaban de los débiles. Era como si ya en su interior la justicia estuviera perfilándose con el escrúpulo que luego demostró. Claro, cuando éramos niños no lo explicábamos así; lo veíamos como un fuera de serie que estaba allí, porque alguien debía hacer por los infelices, y nada más.

«La última vez que lo vi, antes de que desapareciera el 28 de octubre de 1959, yo estaba practicando béisbol en el estadio Rafael Conte, en Lawton, y él estaba con un brazo enyesado en las gradas. Me hizo el mismo gesto para saludarme que hizo cuando entró en La Habana. Yo me dije “Camilo no baja para saludarme”, y cuando miré ya había desaparecido.

«Estando en México, como jugador de la Liga Mexicana, me mantenía al tanto de lo que ocurría en mi país, y el nombre de Camilo siempre relucía. Cuando regresaba a Cuba, en Lawton, el barrio de los dos, la gente hablaba de la clase de hombre que había surgido de aquel pedacito de La Habana. Él vivía en Dolores y 10, y yo detrás del estadio Rafael Conte, de donde han salido grandes deportistas.

«En los finales de 1958, “el Coco” Gómez, un amigo común que todavía me visita y tiene más historias de Camilo que yo, me dijo: “Oye, Camilo nos mandó a buscar a todos los del grupo de Lawton. Dice que ya triunfó la Revolución”. Y le dije: “Coco, ya me han dicho tantas veces que va triunfar que no estoy muy convencido”.

«Yo ayudaba con la compra de bonos en aquel entonces, pero no estaba metido en la lucha como ellos. A los pocos días Fidel entra en La Habana y junto con él mi amigo de la escuela.

«Camilo nunca se desentendió de los compañeros de la infancia. Jamás me dijo que me admiraba como pelotero, pero dondequiera que nos encontrábamos me saludaba con cariño.

«Sus padres, que asistían frecuentemente al estadio donde yo jugaba, me dijeron que él se sentía orgulloso de que yo fuera un buen deportista. Yo no tuve maneras de hacerle saber cuánto lo admiraba como pelotero: era tremendo receptor. Tampoco supo lo que determinó en mi formación de niño huérfano la imagen de aquel muchacho que arremetía contra los abusadores».

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