Sin prepararse para la muerte

Asesinados dos horas después de caer prisioneros, en montón, sin permitirles despedirse de sus familiares. De esa forma describió el artículo de una revista norteamericana, hasta hoy desconocido en Cuba, el crimen del 27 de Noviembre

Autor:

Luis Hernández Serrano

A pocos días del crimen del 27 de noviembre de 1871, hace 140 años, se nos revela que una revista editada en Nueva York publicó en aquella época un desgarrador y hasta hoy desconocido artículo, sin firma, sobre lo que denominó Los Sucesos de La Habana.

El anuncio sobre el texto de la revista Mundo Nuevo lo hace el licenciado Carlos Manuel Marchante Castellanos, especialista del Museo Fragua Martiana y profesor de Historia de Cuba de la Universidad de La Habana.

El especialista posee una valiosa colección de varios años de esa revista. Dicho artículo aparece en la página 162, fechado el 25 de diciembre de 1871, referido íntegramente al crimen de los estudiantes de Medicina.

Es la primera vez que el estudioso ofrece a la prensa un texto de esa colección. «Me place hacerlo al periódico de la juventud cubana, por abordar un asunto muy vinculado a las nuevas generaciones de todos los sectores, especialmente a los estudiantes, a la FEU, a los universitarios en general, y a los de Medicina en particular».

El descarnado análisis realizado por la publicación estadounidense, y su condición de inédito en Cuba, sugiere conocer las significativas apreciaciones de aquel texto —respetando la redacción, la ortografía y algunas inexactitudes:

«El que como nosotros toma la pluma para relatar el espantoso suceso acaecido en la Habana el día 27 de noviembre último sabiendo que se dirige principalmente a lectores que hablan la lengua castellana y viven en territorio donde todavía existen ruinas ennegrecidas y tradiciones sangrientas del tiempo de dominación española, tiene desde luego con precisión marcado su camino: comprimir las palpitaciones de la sangre de sus venas, horrorizado por el crimen nefando, y narrar con el mayor grado posible de sencillez.

«Nuestros lectores saben muy bien que los horrores de las guerras coloniales de independencia de América no son un mito ni una ficción creada por noveleros propagandistas, que hay una cosa, un elemento en la historia que se llama “ferocidad española”, que ha sido siempre el mismo en todas partes y bajo todas las latitudes, que no es posible comparar con nada más que con ella misma, elemento que desoló la misma España varias veces en el curso de su historia, de que dan testimonio irrecusable lo arenales de la Holanda, las faldas de Los Andes, las feraces llanuras de la Lombardía, las pampas del Sur de América, las campiñas risueñas de la Isla de Cuba.

«Los anales de muchos siglos afirman y comprueban de un modo indestructible el siguiente apotegma: el gobierno (…)  español es en todo el universo el que ha elevado mayor número de patíbulos y ha hecho perecer en ellos mayor número de víctimas (…)».

«El suceso no podía ser más insignificante, ni se le dio tampoco importancia alguna al principio. Empero al otro día circuló el caso entre los Voluntarios Españoles, nadie lo había visto, todos lo repetían y pronto se llamó “la profanación de un sepulcro”.

«La clase íntegra de Anatomía, compuesta de cincuenta y tantos estudiantes, fué puesta en la cárcel. El caso, sin embargo, aún no parecía más que una falta merecedora de la más lijera pena correccional; pero se había despertado el espíritu malo, el instinto feroz que dormita a veces y no se extingue jamás en el pecho español. El sábado por la tarde desfilaron todos los regimientos uno por uno delante del Capitán General gritando “muerte a los traidores”.

«Los traidores eran los estudiantes del primer año de Medicina. La semilla fructificó en breve tiempo. Salían los voluntarios que á pesar de estar los jóvenes cubanos en prisión, el sumario se instruia lentamente como si las autoridades no diesen grande importancia al supuesto delito, y no era eso ciertamente lo que ellos querían.

«Los Voluntarios de la Habana suman unos diez mil hombres, divididos en nueve batallones, constituyen la única guarnición de la ciudad, no salen jamás al campo y son los defensores y sostenedores armados de su propia causa. Los días en que la sed de sangre y el efecto del vino se combinan para exaltar su exaltable temperamento, son dueños de una ciudad de doscientos mil habitantes que yace inerme, odiada y sospechada a sus piés.

«Aquel día era uno de los nefastos del Calendario Cubano. Guardan en sus residencias privadas las armas, las banderas, los tambores, todos los adornos marciales y objetos de los regimientos; hicieron tocar generala, tomaron sus armas, salieron a las calles ebrios de vino y furia, circundaron la casa de Gobierno y pidieron a gritos la muerte de los presos. El Gobernador de la Isla trémulo de espanto ordenó la formación de un Consejo de Guerra verbal, los voluntarios cercaron el lugar donde se reunió el mentado tribunal, jurando que nadie saldría de él mientras no quedasen castigados los traidores.

«En efecto, dos horas después, ocho estaban condenados á muerte y treinta y cuatro á presidio. En seguida anunció á la multitud el Capitán General la sentencia desde su balcón. Tres horas después eran cadáveres los ocho niños, todos de diez y ocho años de edad, y los demás tenían ya él traje de los presidiarios y penados cadenas a los piés. Al día siguiente aparecían en las calles de la ciudad (…)

«Los cadáveres fueron negados a las familias para su inhumación; el gobierno se encargó de sepultarlos juntos en la fosa común. Un español padre de uno de los fusilados murió de repente al saber la noticia. Dos madres perdieron la razón. Pocas veces —en la misma historia de lágrimas y de sangre escrita por España— se habrá registrado más bárbara catástrofe. La vida de ocho jóvenes de diez y siete años, esperanza de su patria, tronchada en un segundo; las de 40 más condenada á languidecer y marchitarse hasta extinguirse en el presidio atados con pesadas cadenas. ¡Ya la Europa en tanto y a la América y los E. Unidos impasibles, mirando con indiferencia tales horrores en pleno siglo XIX, el Siglo del cosmopolitismo, de los principios humanitarios, de la solidaridad internacional!».

Crimen viejo en mundo nuevo

La revista Mundo Nuevo —de 16 páginas, con grabados en madera hechos por los artistas más eminentes de Estados Unidos y por algunos de Inglaterra y Alemania— era editada por Frank Leslie’s Publishing House 537, Pearl Street Personally 44 Broad Street 2d. floor.

También es curioso, aclara Carlos Manuel Marchante, cómo el dibujo de la primera página de la revista que comentamos, aparece, en color rojo, en la portada y la contraportada del libro A cien años del 71, el Fusilamiento de los Estudiantes, de Luis Felipe Le Roy y Gálvez, de 479 páginas, de la Editorial Ciencias Sociales, La Habana, publicado en 1971. Su autor fue historiador de la Universidad de La Habana y falleció hace años. Una persona que consagró su vida a estudiar la historia universitaria y los sucesos del 27 de Noviembre.

«Esa ilustración, común a las dos publicaciones, fue obra de un dibujante que firma con la palabra Hyde, pero no sabemos su nacionalidad. Evidentemente Le Roy y Gálvez tuvo en sus manos esa revista o al menos ese dibujo, aunque no se aclara nada en su valioso texto sobre el artista de la ilustración, y solo se menciona que fue diseñado por Roberto Casanueva.

La revista contiene igualmente un dibujo de Matt Morgan donde se ve a una mujer encarnando a Cuba, con la palabra “Libertad” en su pecho. Su mano derecha le muestra al Presidente de turno de Estados Unidos una escena del fusilamiento de los ocho estudiantes de Medicina; y con la izquierda le entrega al mandatario una espada para que se defienda de los colonialistas españoles. La espada del presidente se ve, ¡con telaraña!, en la pared. En el piso, entre numerosos periódicos, hay uno con este titular: «Extra. Telegrama. Cuba masacre of Students».

Posee un pie de grabado que dice: «Los placeres de la neutralidad.- El presidente de los Estados Unidos conversa de apuestas y caballos en tanto que la Libertad le ofrece su espada para vengar los asesinatos de La Habana».

Curiosa operación comando

Es también desconocido el modo en que se liberaron, sin ser vistos, los 31 estudiantes prisioneros (el resto del aula de primer año) que permanecieron alrededor de 50 días en las Canteras de San Lázaro, del propio presidio. Aquel precipitado y cruel Consejo de Guerra, presionado por Los Voluntarios, determinó que los enviaran a trabajos forzados al otro día del fusilamiento de sus compañeros, incluidos seis que habían faltado a clases en la fatídica fecha.

Todos fueron sacados clandestinamente por el Ejército, para que Los Voluntarios no los vieran, pues habían amenazado que los arrastrarían por las calles en cuanto fueran liberados. Le Roy y Gálvez lo explica en las páginas 143 y 149 de su excepcional libro. Los indultó el Rey de España, por la Orden del 9 de mayo de 1872. Lógicamente, no se publicó en la Gaceta de La Habana y sí en la de Madrid.

El 11 de ese mes se ordenó liberarlos a todos y el 12, de madrugada, los entremezclaron en el patio del penal, con cien presos comunes que trasladarían para La Cabaña. Resultó una especie de operación comando secreta. A la orilla del mar, se dividieron en dos grupos, para sendos botes: uno que iba rumbo a la gran fortaleza, y el otro para abordar la Fragata Zaragoza, fondeada en el puerto de La Habana, donde estuvieron varios días. Allí les quitaron los grilletes, fueron agasajados por la oficialidad y recibieron la visita de sus familiares.

Dieciséis zarparon el 22 de mayo de 1872 rumbo a España en el vapor francés Louisiane, que se dirigía hacia St. Nazarie, Francia y haría escala en Santander. Los 15 restantes lo hicieron el día 30 en el vapor correo español Isla de Cuba, que tocaría también Santander y, además, Cádiz.

De ellos solo dos se incorporaron más tarde a la lucha en la manigua: Fermín Valdés Domínguez, que llegó a coronel, y Ricardo Gastón y Ralló, muerto en combate en Vuelta Abajo.

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