El imán del imposible

Presentan el texto Nosotros, que nos queremos tanto, de los periodistas Luis Sexto y Pedro Viñas, que aborda la mítica vida de Pedro Junco

Autor:

Jesús Arencibia Lorenzo

Nada atrae más la intuición poética que las cumbres de lo inaccesible. Bécquer, que sabía algo de estas cosas, lo dejó magistralmente dicho: mientras haya un lugar que al cálculo se resista, habrá poesía.

El Periodismo —borrador diario del gran poema del futuro— a veces no halla en sus agobiantes rutinas un espacio para la conquista de quimeras, para el desnudamiento público de tesoros lejanos mediante el catalejo de «la palabra precisa»; esto es, documentada y bella.

Acaso sea ese el primer y gran acierto del libro Nosotros, que nos queremos tanto, de los avezados periodistas Luis Sexto y Pedro Viñas, presentado este miércoles en la redacción de JR.

El volumen, de la Editorial Pablo de la Torriente, parte de un mito, lo explora en sus recónditas esencias y llega nuevamente a él, para dejarlo allí, incólume al oído del corazón y del tiempo.

Pedro Junco, con sus magníficos 23 años, intocados por el óxido de la vejez, es el novio eterno de Pinar del Río, como Polo Montañez es su esposo maduro, un romance a deshora signado igualmente por el ángel trágico de la felicidad efímera.

Y ahora que escribo «efímera», advierto la redundancia. ¿Qué felicidad no lo es? ¿Cuánto dura la dicha de un beso, el sol de una aventura? Pero al mismo tiempo, ¿cómo renunciar a imaginarlos perennes en el turbión de las penas diarias?

23 años tenía Pedrito. Y un talento. Y una vocación. Y un misterio. Su Nosotros, pieza magistral donde las haya, es el guión perfecto de un melodrama: pasión, intriga, ruptura inexplicada, y, más allá, para siempre, Amor, doloroso amor irrenunciable.

Sexto y Viñas, jóvenes maestros del oficio, conocen bien el paño de lágrimas que cortan. Y lo hacen con el asombro, la honestidad y el rigor que solo es dado a los buenos sastres de la prensa. Así, siguen el hilo invisible de la melodía; se detienen cada vez que resulta necesario en las puntadas de la historia; consultan los tejidos similares al que palpan; y empatan aquí, bordan allá, para develarnos las costuras de la leyenda.

Reportaje. Ese el único membrete que reclaman para su obra. No investigación musicológica, ni tratado academicista. Y hemos de recordar que en ese género se consuma el máximo escalón de la pirámide periodística, según confesara el colombiano Gabriel García Márquez. Reportaje, porque quienes escriben tienen la humildad de escuchar muchas voces para hallar la voz; porque admiten cuando una nota se les escapa del pentagrama; porque asumen el reto de nadar a contracorriente de prejuicios y edulcoraciones; y porque después trenzan en armonioso relato sus desvelos más íntimos.

¿Cómo no emocionarse ante la canción trunca de una existencia? ¿Cómo evadir el milagro de una flor en la cansona geografía de la cotidianidad? ¿Cuánto alentaba en el joven seductor que haría fiebre después en las victrolas? ¿Hasta dónde alcanza, para enamorar, la vida, y para encumbrar, la muerte? ¿Lo sabes tú, Julio Antonio Mella? ¿O acaso tú, Alberto Yarini?...

Preguntas. Preguntas. Y ahí está el otro gran mérito del libro. Nos deja más inquietudes que certezas y unas pocas certezas en hombros de muchas inquietudes.
Ya casi no digo más. Solo que cuando un manojo de páginas como las que Sexto y Viñas nos proponen —cosidas y cocidas por años y esmeros— conversa tan fluidamente con quien se les arrima, bien vale la pena escucharlas. No sé otros, pero Nosotros, que nos queremos tanto, no nos perderíamos esta travesía.

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