No hizo falta ADN

No bastaron 41 años para que un hijo cejara en el empeño de encontrar a su viejo

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Estoy en tres y dos, pero al bate, se dijo Juan Ángel Simón (Papito), el 2 de noviembre de 2011 en su casa del reparto Kilo 12, de la ciudad de Sancti Spíritus. Apenas el argot beisbolero es lo que le queda de aquellos fogosos años juveniles, cuando defendía la camiseta del equipo de Las Villas. A fin de cuentas, lo que sea. Uno se muere una sola vez…

Marcó aquel número extraño. Ya transitaba por lo incierto y no había vuelta atrás… Wiliam o Moraima eran los dos nombres desconocidos. Que llames a La Habana a este número, alguien tiene sorpresas para ti, le había deslizado el cartero de la zona, Raymundo de Jesús Valle. Y en el barrio lo alertaban: ten cuidado, mira pa’trás en tu vida, ¿no será un pase de cuentas o alguien que te persigue para hacerte daño?

Para más, el Día de los fieles difuntos… Pero está bueno ya, hay que batear esa bola como venga, pensó mientras el ring ring, desde un sitio lejano, le provocaba cosquilleos en el pecho.

—Dígame…

—Con Wiliam o Moraima…

—Soy yo, Wiliam…

—Y soy yo, Juan Ángel Simón, de Sancti Spíritus. ¿Qué usted desea?

—¡Mentira que es usted!... No puede ser…

—¿Quién va a ser, compadre? ¿Un muerto? Soy yo… Dígame que usted quiere de mí…

—¿Usted no sabe quién soy?

—Claro que no, compadre, espetó a punto de colgar.

—¿Usted no recuerda en diciembre de 1969, jugando en el Sandino, en Santa Clara, un romance que tuvo con una muchacha, muy negra?

—No me acuerdo.

—¿Usted no es blanco? ¿Orejón? ¿Cabezón?... ¿No jugaba con Las Villas en el 69?

Las preguntas se amontonaban del lado de allá, y Papito comenzó a rodar una especie de rewind en la cinta de su vida, con zonas ya agujereadas por el olvido… Hasta que aquella voz terca e incontrolable se lanzó definitivamente:

—Yo lo he estado buscando desde hace 41 años. Yo soy el hijo que usted nunca supo que tenía…

¿Buen tipo o canalla?

Del lado habanero de aquella conversación telefónica, Wiliam Larrondo también se movía por terrenos inciertos, como zapador de un pelotón de reconocimiento. ¿Cómo será el viejo, un buen tipo o un canalla? ¿Me aceptará a esta hora, él tan blanco, y yo negro, o casi negro? ¿No seré un problema, una herida vuelta a abrir en esa familia ya hecha?

Todos esos riesgos los iba a correr, luego de tan larga expedición, la obsesión de su vida desde que era un vejigo y vivían allá en Santa Clara, en una humilde casa cercana al Sandino. Los muchachos en la escuela le preguntaban por qué no tenía padre, por qué llevaba como primer apellido el Larrondo de su mamá.

Nancy, la madre, solo le dijo que se llamaba Juan Ángel Simón y había sido pelotero del equipo Las Villas. Un amor fugaz y volátil, aquel primer amor de muchacha, y si te he visto no me acuerdo. El resto era un silencio glacial: eso no se habla, eso no se toca. Cuando de pequeño Wiliam insistía mucho, y lloraba en las noches solitarias, Nancy cedía y le contaba que su padre estaba «de misión». Algún día lo vería.

El tiempo fue macerando aún más el dolor de ese vacío, la incógnita de aquella ausencia. Nancy tuvo otro hombre, hizo familia ya estable, y nacieron más hijos. Emigraron hacia La Habana… Pero el mayor, el distinto, llevaba clavada la espina de la incertidumbre, cada vez que en su carné de identidad reparaba en aquella raya lapidaria donde debía estar el nombre del padre.

Moraima

Casado con Moraima Trujillo hace 21 años, Wiliam sabe qué clase de mujer tiene; qué clase de madre para sus dos hijos de 17 y 16 años. No por gusto ella es educadora de círculos infantiles, amante de los niños y de la ternura.

Cuando Moraima tenía tres años su padre murió. De él no le queda una traza ni un recuerdo. Quizá por eso, ha hecho suya siempre la incansable búsqueda de su compañero. Ha sido su instigadora mayor y más entusiasta. Juntos han hecho el largo viaje hacia los orígenes de su hombre. Si Juan Ángel estaba vivo, si estaba en Cuba, todo lo querían saber: paradero, vida personal y familiar. Y una imagen, aunque fuera una humilde imagen de aquella semilla de 1969.

Muchos pusieron su mano o aunque sea un dedo índice, para despejar el camino hacia el desconocido padre de Wiliam. La primera fue una amiga, Nelis Menéndez, que labora en la Dirección Provincial de Deportes de La Habana. Por medio de ella, se logró que el INDER de la capital se comunicara con su homólogo de Villa Clara, donde debían estar los archivos de aquellos peloteros villareños de las Series Nacionales.

De Santa Clara informaron que sí, el hombre está en Cuba, vive en el reparto Kilo 12 de Sancti Spíritus y labora como civil de las FAR en una unidad militar. Pero la dirección de la casa tenía errores. Wiliam se cansó de escribir telegramas y cartas sin respuesta, hasta que un día Correos de Cuba le rebotó una de las misivas.

Cuando más desalentado estaba, una señal confirmatoria cayó en sus manos. Leyendo la sección Acuse de Recibo de JR del 6 de septiembre de 2011, reparó en que la mujer que agradecía a un hospital las atenciones recibidas, Isabel Soto, escribía desde Kilo 12, en Sancti Spíritus. Fue suficiente para levantarse de nuevo y reanudar la búsqueda, con la certeza de que lo encontraría.

Fue cuando Moraima, y la tía de Wiliam, Mercedes Larrondo, aprovecharon que andaban por el Vedado y se aparecieron sin ton ni son en el correo del Focsa. Allí dieron con La China, otro buen ser humano, que, detrás de un ventanillo, se implicó en la aventura, como se contagia la gente en Cuba con estas historias.

Desataron el ovillo ante La China, quien abría los ojos más y más, hasta que se comunicó con la Dirección de Correos de Sancti Spíritus. Allí siguió la hebra y consiguió el teléfono de Raymundo, el cartero que atiende la zona de Kilo 12; habló con él, y le impuso del sentido de aquella gestión sentimental.

Un puente telefónico

Aquel diálogo telefónico del 2 de noviembre con el tal Wiliam fue para Papito como si le lanzara a un cuarto bate en la última entrada del noveno inning, con las bases llenas. Todo se le removía bajo los pies, la vida, la paz y la estabilidad familiar que había cimentado junto a su esposa Julita durante 42 años.

Pero Wiliam no cejó en el empeño y le anunció que, en cuanto tuviera una oportunidad, dejaba por unos días su labor como trabajador por cuenta propia, rellenador de fosforeras, y se le aparecería allá en Kilo 12.

Con los días Papito se mostraba tenso y expectante. Lo primero era cómo trasladarle a Julita, y a sus dos hijas, Edismey e Ibis, de 41 y 38 años, respectivamente, el descubrimiento que se acercaba inexorablemente. Y obró el milagro de las cercanías el hecho de que Julita y sus dos hijas no se parapetaran ante lo que ya percibían: la alegría del viejo por haber encontrado algo suyo que extraviara sin saber, inocentemente. Esposa e hijas se sumieron en el encantamiento del hallazgo y la grandeza de quienes aman, de compartir el cariño y no acapararlo.

Comenzó a levantarse un puente telefónico casi diario entre Kilo 12 y Calzada de Luyanó 807, con revelaciones, preguntas, dudas, palabras como abrazos. Papito había encontrado al hijo que ignoraba y era suficiente. Disipó las preocupaciones de Wiliam: lo que importa es la familia, no si uno es negro y el otro blanco. Wiliam le dijo: a mí no me interesa nada material de usted. Yo no soy de esas gentes que, como pirañas, buscan alguna ventaja o herencia. Yo solo quiero a mi padre, lo que tanto he buscado.

Penas al viento

Así se fijó el 7 de noviembre para el encuentro. Wiliam se montó en una Yutong con destino a Sancti Spíritus. Papito le dijo: estaré allí en la Terminal con un pulóver anaranjado. Y yo azul, terció el hijo. Pero no hizo falta. Cuando Wiliam se apeó del ómnibus, ya Julita y las hijas gritaban: míralo, míralo, igualito a Pipo, las mismas orejas, la misma cara.

Fue tal la emoción, que esa noche Papito sintió una especie de flojera. Una flojera que nunca lo doblegó en sus años de pelotero. Una especie de vahído, un limbo que le alumbraba cambios a estas alturas.

Acuse de Recibo había revelado, con la carta de Moraima, el boceto de esta historia. Y la casa de Papito no se vaciaba: todos, familiares y vecinos querían conocer al «nuevo hijo». Wiliam sintió, literalmente, que había vuelto a nacer. Y su padre confesó a este redactor, vía teléfono: «Este es un regalo que me ha dado la vida, y lo voy a cuidar mucho».

El veterano viajó con Julita recientemente a La Habana, y se hospedaron en casa de Wiliam. Entonces el hijo le cumplió a San Lázaro la promesa que le hiciera un triste día de invierno, cuando todo parecía imposible: Llevó al padre al Rincón. Papito encendió unas velas de agradecimiento, le depositó flores y le habló conmovido al Babalú Ayé de su hijo.

El secreto de una madre

«La vida es como es y no como uno quisiera, me dice Nancy Larrondo, sentada entre su hijo Wiliam y su nuera. Yo soy feliz, porque mi hijo es feliz; ¿qué más pide una madre? Soy la única que no he visto a Juan Ángel, pero sí hemos hablado por teléfono. Y cuando vuelva, claro que me alegrará encontrármelo, a él y a su señora.

«Entonces éramos muy jóvenes, yo mucho más que él. Y yo era inexperta. Era otra época. En una noche pasó todo. Fue el primer amor de mi vida, y cuando no lo vi más, y ya no estaba por todo esto, resultó que estaba embarazada.

«Mi madre, que era pobre y toda la vida limpió pisos, era una señora muy recta. Me dijo: Tú vas a tener tu hijo, yo te voy a ayudar a criarlo, pero si andas detrás del padre buscándolo, él se lo va a llevar. Por eso nunca lo supo. Y cuando pasaron los años, ya no tenía sentido remover aquello. No se le puede culpar, porque él al final ha sido inocente. Nunca lo supo.

«Mi madre, que en gloria esté, me ayudó a criar al niño junto a su esposo, el viejo Rufino Solís, quien ahora, allá en Santa Clara, dijo cuando se enteró del suceso: “Será su padre, pero yo lo crié de chiquitico…”».

«Mucha ropa que he lavado y planchado en mi vida. Mucho que trabajé en el Plan Yabú, de Santa Clara. Mucho que he sufrido y me he sacrificado por cada uno de mis hijos, es lo más y mejor que he podido hacer en esta vida. Por eso estoy feliz de que Wiliam haya recuperado a su padre. La familia se agranda, y eso es más cariño».

El trámite más difícil

Una historia tan accidentada, que venció la incertidumbre, no debería, no puede terminar en el desasosiego. Papito dijo un día a su hijo: Vamos a acabar con esa rayita fea en tu carné, donde debía decir mi nombre. Wiliam desea asumir con orgullo el apellido del padre, quien no solicitó más prueba de ADN que el amor de su muchacho. Y Moraima se echó el trámite encima, pero no ha tenido suerte.

Todo se torna muy complejo. Han ido ya al Bufete Colectivo de Arroyo Naranjo y al de Vista Alegre, en la Víbora. Visitaron el Registro Civil de Santa Clara. Y están muy confundidos por las respuestas contradictorias que han encontrado en el camino, en algunos casos advertencias de que será muy difícil el proceso.

Lo que parecía inalcanzable, se logró contra todo pronóstico. ¿Cómo ahora va a dificultarse la vindicación oficial del apellido? Después de 41 años, padre e hijo sellaron una victoria contra el olvido y el silencio. La vida desborda siempre los estrictos términos de los legajos.

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