La guerra es un paisaje desolador

Cuando Katiuska Blanco llegó a Cuito Cuanavale, escenario decisivo en la contienda internacionalista en Angola, una de las cosas que más le impresionó fue el escenario natural, extraordinario pero estremecido por la muerte. Con sacudidas parecidas andan todavía los corresponsales de guerra cubanos que arriesgaron sus vidas en la cobertura de aquella y otras epopeyas

Autor:

Luis Hernández Serrano

«A veces el peligro en Angola estaba en confiar. Por ejemplo, en la misma Luanda, el no creer que estabas en guerra traía como consecuencia errores fatídicos. Pero había lugares más difíciles y más complejos que otros. Por determinadas características, Menongue era el lugar más distante, más lejano. Le decían “la finca El Miedo”, por la novela Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos. Se trataba de un sitio inhóspito, hostil, una ciudad muy bombardeada por la UNITA y la más asediada por los sudafricanos».

La evocación es de Katiuska Blanco Castiñeira, periodista y escritora de los libros Después de lo increíble, Todo el tiempo de los cedros, Ángel, la raíz gallega de Fidel y del reciente Fidel Castro Ruz, Guerrillero del Tiempo.

«Salimos juntos hacia la República Popular de Angola Alberto Núñez, Demetrio Villaurrutia y yo. Poco después viajó Ledys Camacho».

Su testimonio a propósito del Día de la Prensa Cubana, que se celebrará este 14 de marzo, incluye la participación de estos periodistas, camarógrafos, reporteros gráficos, dibujantes y diseñadores, entre los muchos que prestaron su colaboración internacionalista en África.

«El primero que salió al lugar más difícil fue Demetrio, a Menongue. Después partimos en un mismo vuelo Alberto y yo, y los lugares que íbamos a cubrir quedaban —en la zona sur los dos— relativamente cerca uno del otro, en Lubango y Huambo.

«El lugar de Alberto —Huambo— era muy complejo, por haber sido base principal de operaciones de la UNITA, y tierra natal de Jonas Savimbi. A mí me tocó cubrir Lubango, de apariencia tranquila, muy bella, de parajes preciosos, con la famosa Loma de la Leva o Carretera de la Leva, para muchos “la octava maravilla del mundo”, al punto de decir que quien no la veía, no había estado en Angola. Se comunica con el desierto de Mosámedes».

En Lubango estaba la Agrupación de Tropas del Sur. Desde allí se dirigía toda la línea meridional de Angola, lo que le permitió a Katiuska viajar por esos abruptos contornos.

«Al saber que esa línea se iba a trasladar más abajo, me regresan a Luanda, como “corresponsal viajera”, pretexto para protegerme. Entonces sí pude ir a lugares como Cabinda y Cuito Cuanavale.

«Después fui, en 1989, para cubrir la Operación Tributo como corresponsal de Granma. Lo más complicado en Angola fue el perenne movimiento. Siempre se decía que había peligro, sobre todo cuando viajabas mucho».

Los cuatro jóvenes periodistas, que habían recibido un curso intensivo militar y fílmico antes de partir hacia tierra angolana, laboraban en África como corresponsales de provincia y enviaban sus trabajos por avión, con fotos tomadas por ellos, hacia Luanda, donde radicaba Verde Olivo en misión internacionalista.

«Yo había recorrido Matala, Lubango, Yamba, Tchibemba, Kubango, Menongue, Cuito y toda la línea sur, y esa era una ventaja que tenía. En Cuito estuve cuando todavía se bombardeaba. Pero allá el peligro real principal eran las minas. Por eso se hablaba de “La guerra de las minas”. Sin embargo, dondequiera surgía el peligro de los aviones enemigos».

Demetrio se enfermó, pero estaba firme. Recuerda Katiuska que parecía un cadáver, una persona con solo piel sobre sus huesos. Con severa hepatitis, no se quería evacuar y estaba en real peligro de muerte si se complicaba con el paludismo.

Katiuska extrañaba mucho a su familia y sentía miedo, aunque recordó lo dicho un día por el genial colega Guillermo Cabrera Álvarez: «Todos sentimos miedo. Los cobardes van para atrás, los valientes vamos hacia delante».

«Mientras más al sur bajabas, más historias sorprendentes encontrabas. Y nosotros decíamos que “los héroes eran los que estaban ahí”. Se veían los más jóvenes cubanos y angolanos peleando, y eran las historias que había que narrar, ¿no?», ¡la razón que nos movía!».

Las canas de la guerra

Cuenta Alberto que durante los cinco años de la carrera de Periodismo tenía su pelo muy negro, sin una cana, y que  al volverlo a ver, en Luanda, tenía el borde de sus sienes llenitas de cabellos blancos, y eso lo sorprendió. Alberto había estado en momentos tremendos, tirando fotos en una aldea a la que la UNITA había atacado. Captó imágenes dantescas donde habían caído muchos civiles, y aquellas eran ¡canas de la guerra!

«Alberto fue mi hermano del alma en Angola. Por él y por Demetrio lloré allá. A Demetrio lo evacuaron y quedamos nosotros. A Alberto lo dieron por muerto, porque le tocaba ir en un avión AN-26 que fue derribado por nuestras propias fuerzas, por error. Pero quien murió fue un compañero que había cambiado con él, porque Alberto tenía aquel día mucha fiebre.

«Ese vuelo iba hacia Tchamutete. El compañero que cambió con él fue Tony; los dos estaban en Lubango en ese momento. A Tony le tocaba Txangongo y a Alberto Tchamutete. ¡El azar es así! Tony le pidió a Alberto que se quedara y fuera otro día. ¡Y Tony se mató!».

Ledys Camacho también estuvo en lugares difíciles, como en Luena, llamada “La ciudad de los morteros”, porque caían allí los morterazos enemigos.

«Ella estuvo en muchos sitios. Las dos siempre tuvimos que enfrentar lugares riesgosos. Aunque siempre algunos compañeros nos protegían, diciéndonos que era mejor que no fuéramos. Yo fui, por ejemplo, al lugar conocido por Techipa. La gente decía “¡Techipa te chupa!”, porque era un sitio muy hostil y no había agua; un tanque se cayó en un terreno minado, hubo compañeros heridos y se creyó que uno moriría».

Precisamente en este diario publicó Katiuska una bella crónica en 2008, en la última página, titulada El Sur en la memoria, sobre ese compañero al que habían logrado salvar.

«No olvido que hicimos un camino que se llamaba “La ruta infernal de Cuchi”, cerca de Menongue, por donde fuimos a realizar unas entrevistas. Hacía dos o tres días que estaban buscando a unos cubanos desaparecidos. Aparecieron lejos. Se habían perdido durante un despliegue militar. Y los encontraron jornadas después».

Evoca Katiuska que Cuito fue para todos ellos «El territorio de los héroes», así llamado por las grandes heroicidades que los cubanos y angolanos habían protagonizado juntos allí. Ya habían ocurrido los dos combates más tremendos de la guerra.

«Cuando los ametrallamientos sonaban, lo que yo veía era la mirada de Alberto. Si le había pasado algo a él, qué le digo a su mamá y a Maqui, su esposa. Solo pensaba en cómo me iba a enfrentar a ellas sin que estuviera él presente».

Los ojos se le humedecen a esta periodista y escritora cuando recuerda que su madre, Mercedes, estaba enferma. ¡Ella la recuerda valiente! Como recordaba a su padre, Rolando, muy revolucionario. Los médicos le aseguraron que su mamá no tendría problema, al menos por un tiempo. Aún así soñaba con ella, preocupada por su salud, y un año más tarde murió.

Dice Katiuska que Ledys Camacho —como Albertico y Demetrio, aunque este menos tiempo por su enfermedad— tuvieron también que irse solos para lugares muy duros. Realmente entre ellos hubo siempre (y hay ahora) una gran camaradería. Y todos cumplieron y vivieron historias tremendas, como el resto de los periodistas que pasaron por África. Incluso los que estuvieron asignados en Luanda a la redacción del diario.

«A una librería de Luanda a la que siempre íbamos, enfrente del periódico, le pusieron una bomba. ¡En todas partes había peligro!

«Después de que llevábamos un buen tiempo allí llegó un grupo grande de periodistas, entre ellos Pastor Batista y Luis Lino Hernández. Recuerdo una crónica maravillosa de este último, Réquiem por un zapador, a quien él había entrevistado y a los pocos días murió desactivando una mina».

Paisaje desolador

«¡La guerra es un paisaje desolador! Cuando llegué a Cuito una de las cosas que más me impresionó fue el escenario natural, extraordinario, pero estremecido por la muerte. En una maravillosa belleza, al mismo tiempo podían ocurrir los dramas más tremendos, como el del compañero que por un bombardeo perdió un brazo y una pierna».

Recuerda que cuando ya iba para Cuba, en la mesa de trabajo de la Sección Política, en Cuito, habían velado a varios caídos. Y que un cubano, Daniel, no se desprendía de un triste pañuelo con la marca de sangre de los mártires.

«Esos impactos emocionales te marcan para toda la vida.  A mí me afloró muy rápido, porque cuando cubrí en Angola la Operación Tributo, en 1989, había compañeros de mi comité de base de la UJC enterrados allí.

«Viajé a Cuba en el último avión. Hacía poco tiempo que había fallecido mi mamá. En el vuelo de ida pensaba mucho en ella. Y ya ese año ya no estaba. Era todo muy difícil, pero yo sentía que tenía que sobrepasar ese dolor, también en homenaje a ellos. Eso me dio más fuerza.

«Algunos no nos entendían. Estábamos en una esquinita escribiendo, y la gente pensaban que nos encontrábamos escribiendo cartas. Pero era nuestro trabajo».

Los cubanos en Angola (entre ellos los reporteros todos) vivieron momentos difíciles y complejos, pero hicieron quedar bien a quienes decidieron que fueran corresponsales de guerra, hace justamente 25 años.

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