Caridad

Caridad del Castillo Hinojosa y dos de sus hijos se hicieron grandes con la Campaña de Alfabetización cubana de 1961

Autor:

Elisa Beatriz Ramírez Hernández

Caridad tiene 96 años, unos cuantos más que su casona neocolonial del municipio habanero de Diez de Octubre. Es un día gris, de ventanas cerradas, y la luz que se filtra por los pequeños cristales altísimos deja en penumbras el gran salón-comedor. A uno le parece estar entrando a otro siglo. Caridad del Castillo Hinojosa acerca el sillón hacia mí; le fallan la vista y el oído, pero conserva el buen ánimo y recuerdos suficientes para regalar…

Ella y dos de sus hijos se hicieron grandes con la Campaña de Alfabetización cubana de 1961. Carlos, el más pequeño, alfabetizó en las lomas orientales de Guardalavaca, en lo que es hoy Holguín. Eduardo, el mayor, tenía 14 años cuando quiso ir a Baracoa, y en las alturas del Toa enseñó a leer y escribir a una familia con tres hijos. A veces, él ayudaba a bañar a los niños, y cuando bajaba por agua al río, se empeñaba en llegar a la cima de la loma con los cubos todavía llenos.

Gracias a ese muchachito —que la madre dibuja más liviano que el fusil que cargaba—, aquellos campesinos no solo salieron de la ignorancia, sino que entraron a la historia revolucionaria como milicianos.

Caridad se hizo maestra obrero-campesina, y ayudó a superarse a sus compañeros del Hospital Antinfeccioso, en el que trabajaba de telefonista, donde hoy está el  Pediátrico de Centro Habana. Allí se le pusieron los pelos de punta cuando recibió la llamada que anunciaba el traslado de un joven con poliomielitis desde el lugar donde estaba Eduardito; pero no, no era él...

No fue poca la zozobra en meses de distancia. Solo el manojo de cartas, que ella guarda junto a una curiosa etiqueta de carne enlatada enviada por los muchachos desde «el monte», ayudaba a soportar la incierta espera.

Cuando enterraron al maestro Manuel Ascunce, asesinado por los contrarrevolucionarios, muchos padres se asustaron. Caridad le envió una carta al Comandante en Jefe que hoy se exhibe en el Museo de la Alfabetización: «Fidel, te prometo no ir a buscar a mis hijos, sino ofrecértelos una vez más para todas las campañas que en beneficio de su Patria sean necesarias. Ellos te dirán Presente».

Aún rememora con orgullo aquella vez que vio llegar a Camilo frente a la escuela donde ella impartía clases y estudiaban sus hijos, poco después del triunfo de la Revolución. Dice que todavía la ropa le olía a las lomas de la Sierra, y que fue hasta allí para visitar a su maestra María Antonia Leclerc. Cuántas veces, que ella no cuenta, sus alumnos alfabetizados habrán venido también a agasajarla...

Pero Caridad va más lejos en sus remembranzas. Y ofrece detalles de la época en que apoyaba al Partido Ortodoxo y la lucha clandestina. Con paciencia de quien todo lo ha sentido, va enseñándome su archivo minucioso y añejado. Entonces sonríe alegre y me dice: «Yo empecé a ser vieja a los 90, pero me siento que estoy a media edad». Y levanta los dedos, que se han vuelto rígidos por sostener la lupa sobre las letras, para recorrer un volumen enorme de Temas Martianos...

Pocos conocen a Caridad por ese nombre oficial, porque cierto extravío de papeles la hizo llamarse Ana María por un buen tiempo. Quizá muchos le descubran ahora otros secretos bondadosos, como que desde hace poco escribe poemas. Pero a nadie le contará que alguna que otra vez llora, como cuando una periodista embelesada le pide que comparta sus memorias casi centenarias.

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