El amor, la rutina y los rendimientos

En los surcos y praderas de Cuba no deberían matarse nunca las buenas costumbres, porque la agricultura sin estas prácticas se convierte en un amor sin besos

Autor:

Osviel Castro Medel

BAYAMO, Granma.— Mientras el amor se apaga por la rutina, en la agricultura son las rutinas las que salvan las producciones. Aunque provocó carcajadas, la frase la soltó, sin reírse y bastante serio, Diuver Guerra Ramírez, un ganadero de 28 años de edad que ha visto cómo en los campos cubanos se quebrantan ciertas costumbres que influyen en los rendimientos.

Guerra Ramírez, rodeado de decenas de mozalbetes que participaron en el activo juvenil campesino de Granma, desarrollado en la cooperativa cañera Primer Soviet de América, señalaba, por ejemplo, que ha observado perplejo a distintos ganaderos utilizando el animal de trabajo como macho reproductor, «un disparate gigante», según sus palabras.

«Si usted se ha pasado todo el día trabajando, seguramente por la noche estará cansado y su rendimiento amoroso no será el mismo. Igual sucede con el ganado», decía con picardía.

Él, quien es el único productor privado de su municipio (Buey Arriba) que emplea la inseminación artificial, también mencionó otras prácticas que lo decepcionan. Una de ellas consiste en despreocuparse de mejorar genéticamente los animales, algo inconcebible en un país agropecuario.

«Hay quienes dicen tener equis vacas lecheras, pero esas reses, como fueron escogidas sin un verdadero criterio de selección, a veces dan menos leche que una gata. Y así pasan los años sin aportar a los dueños y sin aportar al pueblo, que es lo peor», expuso este integrante de la cooperativa de créditos y servicios Efraín Oliva, de Yao Centro.

Otra inquietud de este muchacho que en 2009 solicitó tierras en usufructo y hoy exhibe encomiables resultados, está vinculada con las violaciones en los horarios de ordeño. «Si es a las cuatro de la mañana, ordeñe siempre a su vaca a esa hora, no antes ni después, porque verá el cambio para peor», acotó.

Diuver no habló en el activo como un improvisado; después de desbrozar un terreno de 27 hectáreas, donde predominaba el marabú, hoy posee 30 cabezas de ganado adulto, 12 terneros y ocho novillas, y se ha convertido también en un alto productor de carne porcina y en acopiador de leche de cabra. En su opinión, ha logrado éxitos por el constante trabajo, pero también por la aplicación de la ciencia y por no haber quebrantado las rutinas que son sagradas en el campo.

Sus criterios pudieran caer en la estera de la discusión. Sin embargo, traslucen verdades que no siempre son tomadas en cuenta en la explotación de la tierra. Y es cierto que no solo en el sector privado existen improvisaciones, irracionalidad y dislates que conspiran contra la soñada productividad global.

A esta realidad pudiéramos añadirle la preocupación por el relevo. Tendríamos que preguntarnos qué podrá pasar mañana si el número de los que desean irse a la campiña decrece.

Por eso en el activo se resaltaron casos como los del apicultor Alexander López, de Media Luna; el agricultor de Niquero, Riber Cantero; el ingeniero especialista en frutales Alfredo Santiesteban y la arrocera de Yara, Vanieska Sánchez. Ellos, como otros jóvenes, son testigos de que la remuneración económica puede ser bastante elevada cuando se trabaja con intensidad y sin chapucerías.

Pero no basta con ejemplificaciones. La activación de los círculos de interés, las brigadas juveniles campesinas, las campiñas pioneriles y de otras estructuras que en varios lugares no funcionan, pudiera significar una gota de agua para fertilizar el surco, según se dijo, con otras palabras, en la reunión.

De todos modos, habrá que ir una y otra vez a los enunciados de Diuver: en los surcos y praderas de Cuba no deberían matarse nunca las buenas costumbres, porque la agricultura sin estas prácticas se convierte en un amor sin besos.

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