Tomar el futuro

El ejemplo de luz de aquellos jóvenes, que sin otro pensamiento que el de la libertad de la patria participaron en los hechos del 26 de julio de 1953, es acicate para los de hoy

Autor:

Odalis Riquenes Cutiño

SANTIAGO DE CUBA.— De metralla y coraje fue el amanecer del 26 de julio de 1953 en esta ciudad. Poco después de las 4:00 de la madrugada, la Granjita Siboney, entonces conocida como Villa Blanca —cercana al poblado de ese nombre—, fue testigo de un ajetreo inusitado.

En autos de la época, ataviados con el uniforme del ejército batistiano, tres grupos de jóvenes partieron hacia la urbe. Había llegado el momento para el que hace meses venían preparándose.

Mientras otros disfrutaban de una intensa noche del carnaval santiaguero, ellos, sin otro pensamiento que el de dar luz a la patria oprimida, iban ansiosos, emocionados, en pos del hecho que echaría a andar la rebeldía.

Minutos antes de partir, el jefe de la acción, el joven abogado Fidel Castro, les había comunicado los detalles del plan, concebido con el absoluto secreto que requería una organización clandestina, y del que hasta entonces solo conocían la dirección del Movimiento y su responsable en Santiago de Cuba, Renato Guitart.

Los demás habían venido desde el occidente del país convencidos de que iban a participar en un combate decisivo, pero ignoraban exactamente a qué se enfrentarían.

Ya en la granja alquilada por Renato y Abel Santamaría con el pretexto de dedicarla a la cría de pollos, Fidel fue claro y preciso: atacarían el cuartel Moncada, sede del regimiento Antonio Maceo, la segunda fortaleza militar del país.

Su lejanía de La Habana dificultaba el envío de ayuda a la guarnición oriental, y su ubicación en este entorno rodeado de montañas facilitaría la defensa de la ciudad una vez tomada, y el rápido inicio de la lucha guerrillera, si había que abandonar la urbe.

Una vez dueños del Moncada, los revolucionarios tomarían las estaciones de la Policía Nacional, la Policía Marítima y la Marina de Guerra, así como una radioemisora, a fin de darle a conocer al pueblo sus objetivos y llamarlo a incorporarse a la lucha.

Para apoyar la acción del Moncada se había decidido atacar simultáneamente el cuartel Carlos Manuel de Céspedes, de Bayamo, ciudad situada en el centro de la provincia de Oriente y que constituía un importante nudo de comunicaciones terrestres, acción que sería emprendida por otro grupo de una veintena de revolucionarios.

Luego precisaron el plan de ataque. Se organizaron en tres grupos: el primero, con Fidel al frente, atacaría la fortaleza. Los otros tratarían de tomar dos importantes edificios contiguos al cuartel: el Hospital Civil, donde se atendería a los heridos, y el Palacio de Justicia, donde radicaba la Audiencia, desde cuya azotea apoyarían la acción principal.

Cuando todos estuvieron listos, se le dio lectura al Manifiesto del Moncada, redactado por el joven poeta Raúl Gómez García, bajo la orientación de Fidel.

En el texto se caracterizaba el ataque al Moncada como la continuación de la lucha histórica por la plena independencia y la libertad de la patria, se plasmaban los principios revolucionarios y los objetivos del Movimiento, y se hacía un llamado a la dignidad y a la vergüenza del pueblo cubano.

Como se precisa en la enciclopedia digital Ecured, Gómez García leyó sus versos Ya estamos en combate y Fidel, con la claridad de los iluminados, los exhortó: «Podrán vencer dentro de unas horas o ser vencidos; pero de todas maneras (…) el movimiento triunfará. Si vencemos mañana, se hará más pronto lo que aspiró Martí. Si ocurriera lo contrario, el gesto servirá de ejemplo al pueblo de Cuba, a tomar la bandera y seguir adelante».

El líder revolucionario enfatizó en que todo el que decidiera acompañarlo debía hacerlo por absoluta voluntad y del más de un centenar de revolucionarios, solo cuatro no dieron el paso al frente.

En pos de la alborada

Alrededor de las 5:15 de la madrugada llegó, según lo previsto, el grupo dirigido por Fidel a la Posta 3 de la fortaleza santiaguera. Tras el grito de Renato Guitart: «Abran paso, que viene el General…» los autos de los revolucionarios lograron traspasar la garita y hasta desarmar a la posta.

Mas inesperadamente apareció entonces una patrulla de recorrido por una calle lateral que activó la alarma y provocó un tiroteo prematuro con el que se alertó a la tropa y provocó la rápida movilización del campamento.

La sorpresa, factor decisivo del éxito, se rompía así, dando paso al combate fuera del cuartel, que se prolongó en una lucha de posiciones.

Los asaltantes eran unos pocos frente a una tropa de casi mil hombres, superior en armas y atrincherada dentro del cuartel. Como para ratificar la desventaja de los atacantes, varios automóviles donde iban las mejores armas se extraviaron en una ciudad que no conocían, antes de llegar al Moncada.

Comprendiendo que continuar la lucha en esas condiciones era un suicidio colectivo, Fidel ordenó la retirada.

El motor pequeño

Después del golpe militar del 10 de marzo, Fidel, junto a varios compañeros de luchas anteriores, pudo comprobar que los muchos grupos insurreccionales surgidos tras el hecho solo estaban jugando a la revolución; por eso decidieron organizar un movimiento propio, verdaderamente revolucionario.

El joven abogado estaba convencido de que existían las condiciones objetivas para una revolución, mas faltaba crear las necesarias condiciones subjetivas.

La experiencia de la Revolución de 1933 mostraba que la dirección de ese movimiento debía estar en manos de luchadores identificados con sus ideales, decididos a arrostar todos los peligros y dificultades, y que era imprescindible aglutinar alrededor de ese núcleo a las fuerzas interesadas en el derrocamiento de la tiranía, pero bajo una dirección única.

Por eso la táctica de Fidel consistía en utilizar las más diversas formas de lucha, pero teniendo como fundamental la insurrección popular armada.

Sus pasos se dirigieron a constituir un grupo inicial, prepararlo militarmente, obtener el armamento indispensable y tomar un cuartel importante, con vista a sublevar a toda la región, llamar a la huelga general y dar tiempo a una movilización que elevara la lucha a un plano nacional.

En caso de que estas acciones no provovaran la caída del régimen se desarrollaría una guerra irregular en montañas y campos, similar a la que desplegaron los mambises del siglo XIX. Se echaría a andar lo que el líder definía como el motor pequeño que ayudaría a arrancar el motor grande.

Fieles a aquellas ideas había llegado hasta Santiago aquel grupo de jóvenes, reclutado entre las clases y sectores humildes de la población: obreros, campesinos, empleados, profesionales modestos.

Los que iban en pos de la alborada eran hombres y mujeres ajenos a toda ambición, no infectados por las lacras y vicios de la política tradicional, cuya voluntad y sacrificio personal fueron decisivos para la adquisición de las armas, los uniformes y los recursos necesarios para la lucha.

Un joven vendió su empleo y aportó 300 pesos para la causa; otro liquidó los aparatos de su estudio fotográfico, con los que se ganaba la vida; otro más empeñó su sueldo de varios meses y fue preciso prohibirle que se deshiciera también de los muebles de su casa; este vendió su laboratorio de productos farmacéuticos; aquel entregó sus ahorros de más de cinco años…, y así se sucedieron numerosos ejemplos de abnegación y generosidad.

Con ese dinero se adquirieron las armas, principalmente fusiles calibre 22 y escopetas de caza, se iniciaron los entrenamientos y prácticas de tiro, que tuvieron lugar en la Universidad de La Habana, el club de Cazadores del Cerro y distintos sitios en las provincias de La Habana y Pinar del Río, y se alquiló la Granjita Siboney.

Página sangrienta

Inmediatamente después de los hechos, la dictadura desató la más brutal represión y escribió una de las páginas más sangrientas de la historia de Cuba.

Batista decretó el estado de sitio en Santiago de Cuba y la suspensión de las garantías constitucionales en todo el territorio nacional; clausuró el periódico Noticias de Hoy, órgano del Partido Socialista Popular, y aplicó la censura a la prensa y la radio de todo el país.

Creaba así las condiciones para lanzar a sus cuerpos represivos, con todo su salvajismo y sin riesgosa publicidad, contra la rebeldía popular.

Ordenó que se asesinara a diez revolucionarios por cada soldado muerto en combate. Excepto unos pocos combatientes que pudieron escapar ayudados por el pueblo, un gran número de los asaltantes fueron capturados y asesinados en los días sucesivos.

Solo seis revolucionarios de los dos cuarteles habían perecido en la lucha, pero las fuerzas represivas del régimen asesinaron a más de medio centenar, e incluso a personas ajenas a los acontecimientos. A diferencia del trato humano dado por los revolucionarios a los militares que cayeron en su poder, los asaltantes prisioneros fueron torturados salvajemente antes de ser ultimados, y después se les presentó como caídos en combate.

Meses más tarde, ante el tribunal que lo juzgaba, Fidel denunciaría aquellos horrendos crímenes: «No se mató durante un minuto, una hora o un día entero, sino que en una semana completa, los golpes, las torturas, los lanzamientos de azotea y los disparos no cesaron un instante (…). El cuartel Moncada se convirtió en un taller de tortura y muerte, y unos hombres indignos convirtieron el uniforme militar en delantales de carniceros».

Así entraría en la historia el amanecer de metralla y coraje del 26 de julio de 1953, en el que un grupo de jóvenes, aquel con un par de zapatos prestados, el otro pensando en el hogar sin futuro que había dejado atrás, todos con el pensamiento en una Cuba libre, entregaron sus energías en pos de la luz para su pueblo.

El ejemplo de aquella acción, como avizoró su líder, en esa misma madrugada, inspiró a su pueblo y hoy es bandera que continúa estimulando a seguir adelante.

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