Cuerpos abrazados a una estrella

«Un río rebelde y bueno / lanza un grito a la cascada…». Así dice un verso de Sergio, y así quedaron tras el crimen: cristalinos, como una tierna corriente de sueños

Autores:

Mayra García Cardentey
Francisco Valdés Alonso

SAN JUAN Y MARTÍNEZ, Pinar del Río.— No sé cuántas veces pasé por el frente del número 41 de la calle Martí y nunca me detuve a escudriñar ese espacio con detenimiento. Sabía que estaba ahí, pues la tarja con las efigies de los dos jóvenes era un anunciamiento difícil de obviar, pero luego de la visita protocolar en la adolescencia no había vuelto a recorrerla.

«La casa no se movería de lugar», pensé más de una vez, y, como las cosas de la vida que uno cree eternas, no me animé a entrar de nuevo.

Recuerdo cada vez que pasé, y como quien no quiere las cosas, como si fuéramos vecinas de toda la vida, saludé a Esther Montes de Oca. Todavía se sienta en las mañanas frescas a tomar el sol ligero de las primeras horas y palmea de lejos la mano a quien le ofrece los buenos días. Es muy posible que ya no reconozca rostros; ha pasado mucho tiempo.

Confieso que muchas veces me he preguntado cómo hace. Pensar que desde ese mismo portal salió a ver quiénes eran los muchachos baleados, sin pensar que eran los suyos; en la saleta se efectuaron, aquel 13 de agosto de 1957, los funerales de sus dos únicos hijos, Luis y Sergio.

Cuentan los que aún pueden que fueron velorios sencillos, para respetar su última voluntad: «No se puede gastar en entierros lo que a otros les hace falta para vivir», recriminó Luis en cierta ocasión. Él tenía solo 18 años cuando fue asesinado; su hermano Sergio, 17.

Hijos de San Juan

Relatan los que les conocieron que Luis y Sergio disfrutaron sus primeras lecturas de la mano de Martí. «Leían mucho; era una de las cosas que más les gustaba hacer, y querían imitar mucho a su padre, un lector empedernido», recordó en entrevista inédita Esther Montes de Oca, madre de los Hermanos Saíz.

Luis, incluso, llegó a fundar una cátedra martiana para inculcar a sus compañeros la esencia del pensamiento del Apóstol.

Ingenieros, Casal y otros tantos se sumarían a su biblioteca, especie de refugio para luchadores y enamorados. «Por lo demás, eran como todos los jóvenes; jugaban bastante a la pelota», arguyó Esther.

«Siempre fueron muy buenos; desde pequeños trataron a todos los niños por igual, sin diferencia por color de piel o dinero. Ellos decían que eso no distinguía a las personas, sino la manera de actuar, de pensar», explicó.

«Nunca sacaron a relucir que su padre era un juez; en aquel tiempo el juez era de las figuras principales del pueblo. Una vez hasta quisieron ir a la escuela pública sin medias porque los demás niños no llevaban. Siempre buscaron la igualdad; no menospreciaron a nadie.

«Sergio era muy alegre, amigo de hacer chistes; Luisito, todo lo contrario: era medido, muy respetuoso. Eran dos caracteres opuestos, aunque sus maneras de pensar ante los problemas de la sociedad fueron iguales.

«Para ellos su pueblo era su pueblo; no había nada como San Juan, lo quisieron como a una novia. En cualquier lugar que ellos estaban siempre pensaban cómo estaría San Juan, cómo lo podían arreglar, tratar de ser útiles a su pueblo».

Voces de su generación

«Un día les pregunté por qué esa preocupación por los problemas sociales, por qué escribían así. Les cogí miedo y les llamé la atención. Como madre sentí el miedo de que a mis hijos les pasara algo. Los veía salir, pero nunca sabía sí iban a volver. Eso nos pasó mucho tiempo. Sabíamos también que tenían que luchar, que no se les podía cortar su pensamiento revolucionario», recordó Esther.

Las ideas de estos hermanos ejemplares quedaron plasmadas en varios de sus escritos: «un olor a sangre mía / se mezcla con el palmar, / en tanto un sol desesperado / arrulla el dolor de un mueble / en la orilla de un camino… una nube avergonzada / se rompe en lágrimas de amor / un bohío maltratado / dirige sus ojos al cielo, / un río rebelde y bueno / lanza un grito a la cascada…». Así describía Sergio al desalojo de la época.

Luis determinó más su vocación artística. Su prosa halló leitmotiv en cuentos, ensayos y hasta inició una novela dedicada a su madre. Pero sus estudios y las acciones en el Movimiento 26 de Julio no le permitieron perfeccionar su obra.

No cejó tampoco Luis en denunciar males de la dictadura batistiana. Alertó en su testamento revolucionario ¿Por qué luchamos?* cómo en el país no se les brindaban oportunidades educativas ni empleos decorosos a «las personas de color».

Su espíritu defensor le valió para matricular en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana; a los pocos días ya era participante de las acciones de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU). Cuentan que fue uno de los primeros en incorporarse a las células del Directorio Revolucionario, cuando José Antonio Echeverría anunció su creación.

Luis y Sergio, ya alistados en el Movimiento 26 de Julio (M-26-7) en San Juan y Martínez, realizaban acciones contra la tiranía, incluida la huelga del 9 de agosto de aquel mismo año. Todo ello le valió al mayor de los hermanos para ser nombrado coordinador municipal; y al menor, responsable de acción.

Para Gustavo Villafranca, miembro del M-26-7 y conocido de Luis Saíz Montes de Oca, San Juan siempre fue cuna de revolucionarios.

«Por el año 1955, la tienda donde yo trabajaba era un foco revolucionario. Ahí se sacaba propaganda del M-26-7 y de la lucha estudiantil. Un grupo de compañeros, junto con Luisito Saíz, visitaban la tienda».

Según explicó Villafranca, en sus acciones tuvo más contacto con Luisito. «Él se aparece en la tienda un día y me da una tarea: esperar la guagua de Montano que venía de Guane. El conductor del ómnibus traía dinamita y mecha para la actividad revolucionaria. Fui a la entrada de San Juan, me entregaron el paquete, lo eché en un cartucho y lo traje para mi casa, donde Luisito lo buscó. Eso sirvió para hacer las tareas de sabotajes».

De Sergito, Villafranca no olvida una actitud imborrable. «Era un niño de 16 años; estábamos en el portal del cine Martha, un foco revolucionario. Alguien dice: «Aquí lo que hace falta son unas elecciones limpias, cambiar el Gobierno y ya está. Salta Sergito y le respondió que con eso no se resolvía el problema. «Aquí hace falta un movimiento revolucionario que erradique todo de raíz», espetó.

Como la misma Esther narró en una ocasión, cada 13 de agosto manifiesta sentimientos encontrados.

La agonía empezó mucho tiempo antes de aquel octavo mes de 1957. «Todos los días llamábamos por teléfono y cuando había noticias de manifestaciones, la zozobra era mayor. La casa nuestra siempre estuvo vigilada por la guardia del pueblo. Ellos sabían muy bien que mis hijos y sus compañeros estaban conspirando, pero nunca se atrevieron a registrarla; era la casa del juez», recordó.

«Mis hijos admiraban mucho al líder de la Revolución Cubana. Yo se los dije aquel día: “No se pongan a celebrar el cumpleaños de Fidel”. Pero ellos tenían su compromiso hecho y lo fueron a cumplir. Yo presentía que algo iba a pasar, pero nunca pensé lo peor», prosiguió el recuento.

Juan Arencibia, activista del M-26-7 y amigo de los Hermanos Saíz, contó a este diario que aquel 13 de agosto estaba conversando con el doctor Héctor Regalado, frente al cine Prado. «En eso pasa Sergio y me saluda con la mano, fue el último adiós que me dio.

«Antes veo a Margarito, un esbirro batistiano del pueblo, caminando apurado cerca de él y me pareció raro. Yo estaba intranquilo, y arranqué para allá. Cuando llegué sentí los dos disparos. Pregunté qué había pasado y me dijeron que habían matado a los dos hijos de Luis Saíz».

Era la noche del día 13, en el portal del antiguo cine Martha. El soldado Margarito Díaz no creyó ni siquiera que eran los hijos del Juez: a Sergio, queriéndolo registrar, le aplicó fuerza y empujones. Con Luis lo pensó menos; al joven que salió en defensa del hermano le disparó sin titubear. La bala tampoco frenó ante el pecho de Sergio que, gritándole «¡Asesino!», resultó baleado también.

Fue en la avenida Estévez, y hasta pareciera que estaban predestinados aquellos versos del bisoño Sergio: «cuerpos que yacen dormidos / abrazados al cemento / de una calle y una estrella…».

Esther no olvida aquel momento. «Éramos tantas las madres que íbamos corriendo para allá… Nadie sabía sí eran sus hijos; yo tampoco. Todas nos lanzamos para la calle a ver qué había pasado; no me pude ni imaginar que pudieran ser los muchachos».

Siempre en su pueblo

La madre de los hermanos Saíz Montes de Oca llegó a confesar en cierta ocasión que hasta el día luminoso del triunfo de enero de 1959, pensó que sus hijos volverían. «Ese dolor infinito de perder a los hijos, como los perdimos nosotros, no se puede explicar».

Las ideas progresistas y revolucionarias de los hermanos Saíz los ubicaron como voces indispensables de su generación, y más allá de su tiempo. Llegaron a proclamar en su testimonio revolucionario pensamientos tan de avanzada, como el carácter socialista que debía tener la Revolución que se gestaba.

Gustavo Villafranca comenta que estos muchachos «tuvieron mucha fe y confianza en la Patria; para mí, Luisito fue el Frank País de occidente».

Esther halla consuelo en que, aunque sus vidas fueron cortas, pueden servir de ejemplo a la juventud, de guía para el presente y el futuro.

Hoy quizá ella recuerde menos que antes, y cada día disminuyan los amigos que queden de los Hermanos Saíz. Tampoco paso tan a menudo por aquella calle; ya no tengo la frecuente oportunidad de saludar a Esther en las mañanas frescas, cuando se balancea en su portal. Quizá ahora porque no la tengo cerca, porque no la veo tanto como quisiera, se me antoja ir más a menudo y detrás de cada mano amiga que se le acerque a darle aliento, amor, apoyo, descubrir cómo lo hace. Ya tengo respuesta: con el cariño de su pueblo.

*Este documento, considerado el testamento político de Luis y Sergio, aparece solo firmado por el primero. Testimonios de quienes conocieron de su confección permiten afirmar que en él intervinieron ambos hermanos, según se explica en Cuerpos que yacen dormidos. Obras de los hermanos Saíz, del autor Luis A. Figueroa Pagés.

Una casa museo de 30 años

Junto con el aniversario 55 del vil asesinato de los Hermanos Saíz, este 13 de agosto se conmemoran las tres décadas de fundada la Casa Museo en honor al legado de estos valerosos muchachos.

Donada al Gobierno cubano por Luis Saíz Delgado y Esther Montes de Oca, padres de Luis y Sergio, esta institución sui géneris dentro de las de su tipo en el país posee una característica especial, según explicó su directora, Diabel Martínez Barreto: en ella permanece todavía una de las propietarias originales, Esther, de 102 años de edad.

Como se observa en visita al recinto, el lugar se ha quedado detenido en el tiempo, con la localización exacta de los objetos que conformaron el mundo íntimo de ambos jóvenes. El patrimonio museográfico, explicó Martínez Barreto, está compuesto por 13 012 piezas en siete secciones: historia, documentos, artes decorativas, mobiliario, vestuario, y estampas.

El inmueble, construido en 1948 y declarado en 1996 Monumento Nacional, cuenta con un patio interior y dos plantas. En la primera se encuentran ubicadas todas las salas del museo, distribuidas de la siguiente forma: sala, despacho —de Luis Saíz Delgado, padre de Luis y Sergio—, saleta, cuarto de Luis y Sergio, baño, cuarto de Esther y Luis, cuarto de huéspedes, cocina, comedor, baño y patio trasero tipo pasillo y patio interior.

En la planta alta se encuentran una habitación destinada a oficina y una pequeña terraza. El sitio ha recibido en estos 30 años a más de 60 000 personas, sin tener en cuenta las 11 000 contabilizadas antes de que se declarara Casa Museo.

Esther: la madre testimonio

«Estaba sentada en el portal de casa de mi tía; allí vivíamos. Mi hermana le había prestado un libro a un compañero y él venía a devolverlo. El joven preguntó quién era esa muchacha del aquel sillón; esa presentación fue lo que definió todo lo demás.

«Así conocí a Luis Saíz; nos enamoramos de parte y parte (risas). Hubo alguien, ya no me acuerdo quién, que le dije: «Con esos ojitos me voy a casar». Esa fue la primera vez que lo vi. No se me escapó.

«Luisito nació en La Habana; aquí no habían comadronas ni médicos que se dedicaran a hacer partos. Como yo era primeriza, fui para la capital. Luisito nunca me lo perdonó: “Yo tenía que haber nacido en San Juan, como lo hizo Sergio”, me reclamó más de una vez.

«Luis y yo tratamos de ser, más que los padres, los amigos de ellos, de modo que nos contaran sus cosas, sus problemas y sus preocupaciones, para nosotros poderlos ayudar.

«En el aula ellos sabían que yo era la maestra y no la madre de ninguno; era la madre de todos y la de ninguno. En la escuela me decían Señora, como todos los demás, no mami.

«Redactaban bastante bien; siempre quisieron que los trabajos que entregaran se supieran que eran producto de ellos mismos, no que la madre y el padre se los hicieron para que los presentaran como suyos.

«Ellos decían que lo único a lo que aspiraban en la vida, era a ser dignos de sus antecesores. Ya con eso estaban contentos, con poner su vida en virtud de la libertad de su Patria.

«Trato de recordar aquel 13 de agosto y vienen tantas ideas y recuerdos, que me confundo de una manera que no puedo hacer un análisis completo. Fue para mí una cosa muy grande.

«Pero uno en la vida no puede decir «ya yo terminé»; siempre hay algo en lo que podemos ayudar, aliviar un dolor, contribuir al bienestar de otras personas. Hasta ese momento quiero vivir. Siempre dije que viviera los años que viviera sería hasta que fuera útil; cuando deje de serlo, hasta ahí llegué.

«Ahora estoy en mi San Juan; para mí es todo. No hay nada que yo quiera en el mundo que no tenga que ver con él. Sin él no pudiera vivir. Mi rincón está aquí y no lo dejo por nada. Aquí estoy muy cerca de mis hijos».

¿Por qué luchamos?

«En manos de la Revolución por la que ellos cayeron, pongo este testamento para que la juventud actual comprenda y practique lo que ellos y tantos otros jóvenes soñaron para su Patria. De lo contrario, sería inútil y baldía tanta sangre derramada en estos últimos años».

Con esta presentación el Doctor Luis Saíz Delgado, padre de los Hermanos Saíz,  brindó a Cuba uno de los escritos más progresistas y avanzados de su época, no solo por las ideas contenidas, sino por la corta edad de sus autores, que no limitaron la profundidad del pensamiento. A continuación se recogen algunos fragmentos de lo que pudiera considerarse como un testamento revolucionario:

«No luchamos sin un porqué o por el mero afán de aventura o escape de ímpetus juveniles. Tenemos conciencia plena de la razón motriz y consideramos que son motivos incontables los que nos señalan, como único medio de vivir dignamente, la vida revolucionaria, demostrado como está, que nada se puede esperar de politiqueros ambiciosos, inescrupulosos. Además, tenemos la firme creencia del cometido generacional nuestro, ya que el destino nos obliga a cumplir, cueste lo que cueste, la gran Revolución que Cuba nos espera desde hace siglos.

«La lucha contra la desigualdad, no meras leyes burladas, será objetivo básico de la Revolución, y tiene que tratar de eliminar, por siempre, tanta demagogia con el problema negro, y lograr la verdadera unión, ya que solo podrá haber distinción en la Cuba revolucionaria, entre cubanos dignos y cubanos indignos.

«Creemos que solamente en una escuela pública cubana, debidamente dorada en edificios y maestros idóneos, es donde se debe ir formando a futuros ciudadanos que no lleven ideas exclusivistas ni discriminatorias. Por eso, la educación será función y cometido únicamente del Estado. (…) Escuela estatal como única forma de cultura libre en una República socialista.

«Cada provincia tendrá su universidad formada por facultades que respondan a las necesidades de cada región y de ahí que estén dotadas con profesores idóneos y dignos, que serán fuertes dentro de la formación ciudadana e impartirán cultura a todos los hombres dispuestos a recibirla.

«Es necesario, imprescindible digamos, llevar a cabo la justa Reforma agraria que dé la tierra al campesino y que, con la creación de granjas colectivas, reparta las riquezas de la cosecha entre los que la hicieron y así se eliminan los ladrones y geófagos que roban al otro.

«La Revolución, por su contenido martiano y socialista, es enemiga de toda clase de yugo; por los valores éticos del individuo, condena cualquier tipo de régimen político donde no se respete el derecho a pensar con libertad.

«Por eso no podemos aceptar ningún tipo de imperialismo, palabra que desde los más remotos tiempos es sinónimo de opresión de hombres por hombres.

«La América nuestra, Río Bravo a Patagonia, tiene otro origen, pues el elemento español, al unirse con la raza autóctona y los negros africanos, ha formado una raza cósmica, distinta, con rasgos propios, con sabor de llanos venezolanos, monte criollo, hembra azteca y canto lucumí.

«Contra los culpables del abismo en que ha caído Cuba, contra toda esa caterva de políticos ambiciosos, de mercaderes de los deseos, ciudadanos farsantes, hoy, ayer y siempre; contra los asaltantes del Tesoro Nacional, corruptores de la administración pública; contra los explotadores de toda clase, enemigos del pueblo, va, es y lucha la juventud revolucionaria, porque hay mucha sangre valiente sobre la tierra y muchas lágrimas derramadas por el hijo inmolado.

«La lucha que nos espera, la hora que tenemos por delante y el recuerdo imborrable de los hermanos caídos, abrazados a este mismo ideal que sentimos, no permitirá que quede nunca incumplida. La obra revolucionaria será algún día orgullo de todos, pues hoy es dolor de todos, pensamiento, razón y objetivo de todos los hombres dignos y honestos de Cuba».

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