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El médico que Andarín no tuvo

Durante los terceros Juegos Olímpicos, celebrados en San Luis, Estados Unidos, un habanero pobre, cartero de profesión, de pequeña estatura y muy delgado, no pudo ser el primer campeón olímpico cubano

Autor:

Julio César Hernández Perera

El equipo médico es pieza imprescindible para una delegación olímpica. Integrado regularmente por doctores, fisioterapeutas y sicólogos, articula sus esfuerzos junto a los entrenadores para poner en plena disposición a los deportistas y brindar toda la atención necesaria ante cualquier percance, como las temidas lesiones.

Pero no siempre fue así. Con la celebración de los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna (Atenas, 1896), aún no se valoraba plenamente la importancia de un médico dentro de estas celebraciones.

Se sabe que en esa cita algunos facultativos helénicos se consagraron, y que montados en ambulancias acompañaron a los maratonistas. Fue algo muy oportuno por el número importante de corredores que fueron auxiliados.

Durante los segundos Juegos (París, 1900) aconteció la que se considera la primera lesión importante sufrida por un deportista: el norteamericano Arthur Duffey presentó una afectación muscular mientras competía en la carrera de los cien metros planos.

Poco a poco se creaba la conciencia sobre el requerimiento de un personal médico preparado. En competencias de tal importancia los atletas suelen ser muy vulnerables: ávidos de la victoria, pueden sobrepasar el límite de sus capacidades.

Durante los terceros Juegos, celebrados en San Luis, Estados Unidos, un habanero pobre, cartero de profesión, de pequeña estatura y muy delgado, no pudo ser el primer campeón olímpico cubano por estar físicamente muy débil al no haber ingerido las calorías necesarias, y por no tener a un médico a su lado. Su nombre fue Félix de la Caridad Carvajal Soto, también conocido como Andarín Carvajal.

El 30 de agosto de 1904 sonó en horas del mediodía el disparo que marcaba el inicio de la maratón. Las condiciones climáticas eran tan adversas —32 grados Celsius en la sombra y elevada humedad relativa—, que de 27 corredores solo 14 pudieron llegar a la meta.

El cubano había sido mensajero del Ejército mambí y parecía ser el favorito; rápidamente logró marcar la punta de la competencia con una gran ventaja sobre sus contrincantes.

Pero algo insólito sucedió en el camino, a la altura del kilómetro 29 Carvajal se detuvo ante un árbol de manzanas, tomó algunas de sus frutas verdes y no vaciló en comerlas.

El atracón le cobró una rápida factura poco antes de la meta: con fuertes dolores estomacales estuvo forzado a realizar varias «paradas técnicas». Y así, escondido entre la floresta mientras resolvía su percance, vio pasar a algunos contendientes.

La competencia fue ganada por el norteamericano Thomas Hicks quien, a diferencia de nuestro héroe, contaba con la ayuda de varios médicos. Ellos, por cierto, le inyectaban sulfato de estricnina —sustancia prohibida hoy en el deporte— cada vez que estaba a punto de desvanecerse. De igual manera le ofrecieron por el camino huevos y unos cuantos vasos de brandi. Solo así ese deportista pudo alcanzar la victoria, en un completo estado de extenuación física.

Ha pasado más de un siglo y los avances de la medicina deportiva cubana han sido trascendentales. Por eso, me resultó placentera la lectura de una entrevista realizada por el periodista Alfonso Nacianceno al Dr. Pavel Pino, director del grupo médico de los atletas cubanos en los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Antes de inaugurarse la justa, el galeno informaba del buen estado físico y mental de los deportistas.

Pensaba entonces: jamás se volverán a repetir las desventuras de nuestro Andarín Carvajal en aquella maratón. Contamos con un colectivo de Medicina deportiva cuyos integrantes regresan, como en otras oportunidades, con la satisfacción de haberse ganado los laureles junto al resto de la delegación olímpica.

Campeón de campeones

El artículo «El andarín Carvajal, campeón de los pobres», publicado por Jorge Oller Oller en el portal Cubaperiodistas.cu, cita una información de la revista habanera El Fígaro, de agosto de 1905, acerca de este extraordinario corredor y sus marcas en tierras norteamericanas:

•Premio en la exposición de San Luis. Medalla de oro.

•Carrera en San Luis. Premio de una copa de plata y oro.

•Carrera del Missouri Atletic Club. Medalla de oro

•Chicago. Premio Medalla de Oro

•Washington. Premio Medalla de Oro.

Agregó El Fígaro que todos estos premios fueron ganados compitiendo de tú a tú con los mejores andarines conocidos, en carreras de 25 a 40 millas.

 

 

 

 

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