El hombre del tiempo - Cuba

El hombre del tiempo

Un relojero matancero se ha encargado de conservar el reloj de la torre del Gobierno provincial por más de medio siglo

Autor:

Hugo García

MATANZAS.— Cada lunes sus suaves pasos van en busca del tiempo. Siempre, por las mismas calles, atraviesa su barriada de Versalles, cruza el puente Lacret Morlot y llega hasta el corazón de la ciudad. Sobre las nueve de la mañana José Antonio Chalinchon Rodríguez desanda la escalera central hasta la azotea del edificio donde radica el Gobierno Provincial. Todos saben a qué viene.

Allí lo espera el lento palpitar del reloj que ha indicado la hora a cientos de miles de matanceros por más de un siglo. Chalinchon ha sido su cómplice durante 56 años.

Sin remuneración alguna y de forma voluntaria se ha encargado de todo lo relacionado con esta vetusta joya, que guía a los transeúntes mediante sus campanadas o visualmente por la hora en su esfera.

Una mañana subimos a este sitio, uno de los más altos de la ciudad de Matanzas. Allí estaba él, dándole cuerda con una enorme manigueta: «Prueba», me dijo. De verdad que subir los pesadísimos contrapesos es un reto a la fuerza y a la habilidad, porque cualquier error podría acarrear un accidente o averiar la maquinaria de bronce.

El chino Chalinchon mientras habla del reloj lo acaricia con sus manos como a un familiar querido y sigue con la mirada ceñuda el gran péndulo, en su exacto e indetenible ir y venir del balanceo.

Ha enseñado a su familia, pero la propia vida no les da la oportunidad para que cada semana se dediquen al cuidado del reloj. Su mayor preocupación es quién se encargará de atenderlo cuando sus energías declinen. Con 85 años de edad asegura que nunca se le ha roto, porque le brinda mantenimientos y extremos cuidados. «Estuvo un año parado por una negligencia de una persona al darle cuerda», recuerda.

Nacido en Nueva Paz, provincia de Mayabeque, el 28 de noviembre de 1926, con el decursar del tiempo se convirtió en maestro relojero, graduado en la antigua URSS en un curso de nuevos circuitos para relojes. Hasta llegó a ser asesor de las relojerías en la provincia: «Uno vive con esa preocupación, pero si mando a otro no aprende, se equivoca, lo puede romper, además, tiene que quererlo porque es un acto netamente voluntario».

Trabajó muchos años en la joyería La estrella: «En 1956 ya venía a darle cuerda cuando pertenecía al Ayuntamiento, que le pagaba a La estrella por su mantenimiento».

Este reloj, construido en 1855, por su estilo parece francés, nos dice Chalinchon, al precisar que cuenta con tres campanadas, para la hora y los cuartos.

En 1970 se rompió la esfera de cristal y estuvo sin ella mucho tiempo. Pero este hombre fabricó con sus iniciativas una nueva esfera con acrílico, circunferencia que hizo en cuatro partes y es la que hoy ven los matanceros desde el parque La libertad. Otras inventivas suyas han propiciado que el reloj siga su ritmo cada día.

En esa rutinaria faena Chalinchon se recrea quizá más de 60 minutos, hasta dejar por concluido que el reloj ande bien. Tras darle la cuerda, coloca las manecillas en la hora exacta, pues semanalmente se atrasa cinco minutos.

«Siempre traigo un pequeño radio portátil para guiarme por la hora exacta de Radio Reloj», sonríe en el reducido espacio de la caseta que resguarda la máquina.

Las campanadas del reloj del parque matancero, como se le conoce, se escuchan a muchas cuadras de ese sitio. «Como camino lentamente, en no pocas oportunidades me emociono al oír sus campanadas cuando regreso a mi casa cada lunes», asiente y le echa un cariñoso vistazo antes de bajar por la incómoda escalera.

Muchas personas testifican que llueva o relampaguee su presencia es puntual. Sabe que el próximo lunes el reloj del parque necesitará de su energía para no detenerse. Ese es un motivo más para vivir, porque de su disciplina y el amor a este trabajo depende lo que ya se ha convertido en un rito de la cultura de la ciudad.

 

 

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