Octubre en las trincheras

Rubén G. Jiménez Gómez, autor de Octubre de 1962, la mayor crisis de la era nuclear, vivió también en carne propia la situación en la Isla

Autor:

Melissa Cordero Novo

«Las luces se apagaron. Entonces una
mancha como de tierra envolvió al pueblo…».
Juan Rulfo

Rubén G. Jiménez Gómez está marcado de historia. Apenas imberbe, sufrió las penas de un Gobierno que asesinó los sueños de los niños y tiró al borde de las carreteras —todas golpeadas— las esperanzas de los hombres. Aprendió antes de tiempo el significado de algunas palabras: huelga, masacre, disparo, enfrentamiento, muerte... Enfrentó los miedos desde bien temprano, los envolvió en un morral y los enterró en alguna parte de su conciencia.

Los paisajes de Cumanayagua fueron sus testigos. Y los aires de rebeldía cubrieron su cuna y le penetraron en la mente. Por eso no dudó nunca, ni se mantuvo detrás de la línea de fuego. «Tuve un maestro en sexto grado, un señor muy bueno, Segundo Serrano; él fue el que nos impulsó a un grupo de muchachos para que nos presentáramos a lo exámenes de ingreso al Instituto de Segunda Enseñanza en Cienfuegos. Finalmente nos presentamos ocho y aprobamos tres. En ese entonces tenía 11 años. Pero por contrariedades familiares mis padres se mudaron a Santa Clara y entonces comencé el primer curso allá, en el año 1955».

Estrenarse nunca es tarea fácil, mas Rubén, con sapiencia infantil, atinó a caminar hacia delante, aun cuando los peligros le sacaban la lengua a unos pocos metros. «El primer día de clases: tremenda huelga. Enseguida me sumé. Así que mi primera huelga fue con 11 años. Ahora al cabo del tiempo uno piensa que a esa edad yo era un muchacho, de jugar bolas por ahí y no de estar en huelgas en el Instituto. Pero me incorporé sin pensarlo. La escuela estuvo cerrada varios días.

«Después, la primera manifestación ya de calle en la que participé, una donde todo el mundo sabía terminaría con un enfrentamiento con la policía, fue el 28 de enero de 1956, cuando salimos a llevarle una ofrenda floral a un busto de José Martí. Pero la revuelta tenía además otros propósitos. Se gritaba a todas voces “Abajo Batista”. Por supuesto, ya en una de las calles intermedias, nos enfrentamos con los guardias.

«Durante el tiempo que estudié en el Instituto participé en todas las huelgas y protestas que hubo. Sin pensar que en cualquiera de esas salidas era muy probable que terminaras muerto, como la cosa más normal del mundo. En esa época fui también colaborador del Directorio Revolucionario».

El tiempo pasó sin que cambiara el destino de la Isla, lo cual era el propósito de Rubén, sus compañeros y los rebeldes que ya estaban conquistando montañas. En el año 1958, él regresó a estudiar nuevamente a Cienfuegos.

«Ya en esa etapa llevé paquetes y mensajes hasta Cumanayagua para que tomaran luego el camino de las lomas. En octubre del 59, cuando se comenzaron a crear las Milicias, me incorporé enseguida, porque ya desde antes del triunfo de la Revolución nosotros teníamos conformada la Milicia Estudiantil en el Instituto.

«De esta forma, a los 16 años de edad tomé parte en las operaciones contra las bandas de alzados que ya comenzaban en el Escambray. El día en que me gradué de Bachiller, el 8 de septiembre, cuando llegué a Cumanayagua, mi abuela me dijo que me habían estado localizando de la milicia. Enseguida me puse el uniforme, fui para el puesto de mando, y era que justo esa noche empezó la primera limpia en las montañas. Estuvimos en esas acciones como hasta finales de noviembre o diciembre. Hubo muchas capturas, hicimos cercos y se armaban tiroteos casi todas las noches».

No cumplía aún los 20 años cuando Rubén regresó a La Habana para el atrincheramiento de enero de 1961. Luego, vendría Girón.

«Cuando la invasión por Bahía de Cochinos, yo estaba movilizado con mi batallón en Isla de Pinos, justo frente al antiguo Presidio Modelo. En la madrugada del 17 de abril atacaron un barquito, El Baire se llamaba, que se encargaba de vigilar la costa; eso fue cerca del amanecer. Recuerdo que el barquito se fue hasta Gerona y luego se hundió. Todo sucedía muy rápido.

«El ataque culminó en pocos días. Una vez lograda la victoria el pelotón en que yo estaba fue seleccionado y nos llevaron para Gerona; allí nos montamos en dos cañoneros y otro barco de pescadores y fuimos a capturar mercenarios por todos los cayos de la costa sur. Atrapamos a 27 invasores. Cuando terminó esta movilización me incorporé a la Universidad de La Habana para estudiar Ingeniería Mecánica. Allí me uní al Batallón Universitario».

En la cuerda de la amenaza

Los tiempos se aderezaron de malos vientos. Las amenazas del enemigo no dejaron respirar en paz las conquistas, ni disfrutar la libertad tal como el que ha luchado lo merece. El aire se apretó en todos los pulmones. Rubén también lo sintió. La Crisis de Octubre fue el peor espejo de una guerra. La Isla se convirtió en vigía gigante y perenne. «La Crisis me marcó muchísimo. Al comenzar, ya había muchos comentarios sobre los rusos y todo el dilema de los cohetes. Aunque nadie le daba mucha importancia, por aquella época, al hecho de las armas nucleares. Les llamaban los cabezones, a modo de chiste. Pues porque ellos tenían cabezas de combate nucleares y aquello se quedó en el dicharacho popular.

«Volví a movilizarme. La compañía en que yo estaba fue para la Sierra del Esperón, entre Caimito y Guanajay; allí llegamos al amanecer del día 23. Después supimos que esa era una de las bases previstas para los cohetes de mayor alcance; incluso había unos rusos estudiando el terreno para emplazarlos. Mucho tiempo después nos enteramos de que nunca llegaron allí, porque ya venían en barco cuando comenzó el bloqueo naval y los soviéticos los regresaron».

Rubén recuerda los sucesos con una claridad sorprendente, y los narra con tal verosimilitud que me pareció que yo también estaba vestida de verde, con un fusil en la mano y al borde de una trinchera.

«¿Vivencias cruciales?: cuando comenzaron los vuelos rasantes de la aviación norteamericana, para controlar el estado de los trabajos de montaje de los cohetes. Las naves volaban muy bajo, tanto que cuando se inclinaban, uno podía ver hasta los cascos naranjas de los pilotos. Planearían a unos cien metros de altura.

«La situación se hizo más tensa a medida que transcurrieron los días. Se agudizó hasta colocar al mundo al borde de la guerra. Todos estábamos locos porque dieran la autorización para tirarles a los aviones estadounidenses. El día 27 de octubre nos enteramos de que habían derribado un U-2. Tuvimos una explosión de alegría, como si fuera una fiesta lo que había sucedido; nos enteramos que el Gobierno soviético, sin contar con Cuba, decidió retirar los cohetes. Eso nunca lo entendimos. Hubo gente que hasta lloró.

«Uno o dos días después el batallón nuestro se trasladó para la costa, cerca de la bahía de Mariel, y desde allí vimos salir los barcos soviéticos con los cohetes en la cubierta. Fue muy triste».

Pero Rubén no se rindió, como no lo hizo ni un solo habitante de Cuba. Pasó el tiempo. Aún la piel se le curte con la pasión misma que siente por su patria; aún las historias le brotan en forma de imágenes. Un día las atrapó a mitad del espacio. Las adobó con tinta y publicó un libro sobre sus días de crisis, sus días de octubre. El volumen Octubre de 1962, la mayor crisis de la era nuclear, es un ejemplar único que tiene el mismo espíritu de su creador.

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