Ese olor recurrente

Miguel Ibarzábal pudo haber sido una de las víctimas del sabotaje en Barbados hace 36 años. Muy cerca del mar, recuerda a sus atletas y amigos asesinados allí

 

Autor:

Julieta García Ríos

Otra vez el olor le llega de golpe. Sin saberlo, ese olor sofocante penetró en sus poros, en sus entrañas. El aire que respira de vez en cuando se le contamina de formol y el formol le huele a muerte.

La tragedia comenzó el 6 de octubre de 1976, cuando la aeronave de Cubana de Aviación que cubría el vuelo CU-455 se precipitó en las aguas de Barbados con 73 personas a bordo. Un crimen planificado y ejecutado con el consentimiento de la CIA.

Mientras esto ocurría, Miguel Ibarzábal Castro esperaba en La Habana el regreso de los 24 integrantes de la delegación cubana que asistió al IV Campeonato Centroamericano y del Caribe de esgrima. Quería estar entre los primeros en felicitar a los jóvenes atletas, quienes habían ganado los ocho títulos disputados en el certamen.

Mucho tenía que ver Miguel con el exitoso resultado. No solo era el preparador principal del equipo femenino, también transmitía su saber como jefe de los entrenadores de los equipos nacionales y juveniles de esgrima.

Pero esa tarde en el aeropuerto José Martí, los familiares y amigos de los pasajeros del vuelo CU-455 no tuvieron la dicha de encontrarse con los suyos. No habría regreso. El odio a un Gobierno frustró los sueños, la vida.

Al rato Miguel tocó a la puerta de un hogar habanero. Como ahora, su voz se quebró; su cara anunciaba la desgracia. Con escasas palabras comunicó que el hijo no regresaría. Familiares y entrenador lloran a José Arencibia, reciente medallista de bronce en espada y campeón individual en florete. ¡Qué competencia la suya! A los tiradores de esa arma se les retrasó la salida, por ellos él sacó el arma y ganó.

Cuba está de luto. Son días largos, intensos y las fechas se entremezclan.

Según la prensa, el 14 de octubre fueron encontrados ocho cuerpos, ese mismo día los cadáveres de los cubanos fueron trasladados a La Habana.

Miguel nunca había visto un muerto, pero ese día estuvo en la morgue. Lo acompañaba Felipe (el Chino) Quintero, entonces comisionado nacional de Esgrima.

La imagen lo destroza. Son cuerpos mutilados. Siente que las fuerzas lo abandonan; que la luz se apaga. Sabe que no es momento de blandenguería. Inhala para recuperarse y el olor de los cadáveres taladra sus sentidos.

Sin embargo, va a lo que fue: «Rápido reconocimos a Arencibia, solo había perdido parte de la cabeza...

«Orlando López (entrenador de espada), no tenía rostro… le faltaban un brazo, una pierna… (Le escucho sollozos, más bien parecen gemidos… sordos gemidos que escapan del alma). Lo identificamos por las pecas de la espalda. Yo lo conocía bien. Teníamos temporadas de estar hasta tres meses en el exterior y nos pelábamos mutuamente. Usábamos el mismo barberito (navaja). A la hora de identificar el cadáver lo confunden con Billito —se refiere a Luis Morales—. Le dije a la doctora: “No, Billito se pela bajito, a lo militar”».

Billito le era muy cercano. Un ser entrañable. Fueron compañeros toda la vida, de armas, desde los tiempos de la Escuela de Educación Física, Miguel se graduó en 1954 y ese mismo año Billito lo «metió» en la esgrima. Juntos viajaron en representación de Cuba: «En los Juegos Centroamericanos y del Caribe en Jamaica, 1962, ganamos dos medallas de plata: en florete y sable por equipo; en el 63 fuimos al Panamericano de Brasil. En el 66 viajamos en el Cerro Pelado y en Puerto Rico él fue tricampeón en florete individual y por equipos y también en sable por equipos. Yo solo tiraba sable y me llevé los dos títulos, individual y colectivo. Luego, en el 67, obtuvimos cuarto lugar panamericano… después fuimos entrenadores. Billito era especial, muy simpático, bien parecido, de ojos claros…».

—El cuerpo de Manuel Permuy también estaba entre los encontrados.

—Sí, pero él era inconfundible. Era un hombre de más de seis pies de estatura. Había sido del equipo nacional de baloncesto. Tenía unas manos inmensas. Agarraba la pelota con una facilidad tremenda.

—Qué momento tan duro el de reconocer los cadáveres…

—Sí, pero era importante para la familia y el Estado lo pidió. Orlando López, el entrenador del equipo de espada, tenía a su esposa Milady Tack-Fang y dos cuñados: Máximo y Rafael, en el equipo de esgrima. Ellos se enteraron de que yo lo identifiqué y vinieron a mí. Les pedí que lo recordaran como era antes. Fue mejor así.

A nuestro entrevistado «le tocaba» ese viaje, pero él propuso que fuese el entrenador Santiago Hayes, quien venía haciendo un buen trabajo con las muchachas del juvenil.

«Yo acababa de regresar de los Juegos Olímpicos de Montreal 1976. Previo a la Olimpiada hicimos la preparación en México, y participamos en varias competencias en Europa: no era justo que volviera a ir yo».

Desde La Habana, Miguel siguió los triunfos de sus muchachas; añora el encuentro que quedó pendiente. En su memoria está el olor a muerte que en estos días de octubre se hace más recurrente.

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