Dimensión Mella

A 84 años de su asesinato, Julio Antonio sigue interrogando al tiempo que vendrá

Autor:

Jesús Arencibia Lorenzo

Seguramente no resistían sus ojos. Era un atleta entero, pasional, puro. Tenía el impulso del remo de proa y la sensación perenne de la batalla, pero su mirada, que hasta en las viejas fotos encandila, debió ser irresistible.

Seguramente no toleraban su lengua. Julio Antonio no creía en feudos, aunque fuesen los de la aristocracia; no creía en distancias, aunque fuesen las de los mares; no creía en tiranos, aunque estos tuviesen garras. Y la palabra le salía rotunda, férrea, como para herir hasta con el eco a los potentados y vanidosos.

Seguramente no soportaban su sangre. En él la juventud no era un pasatiempo, una medalla, un traje. Era joven porque no sabía ser otra cosa de tanta idea juntándosele en la mente; de tanta lanza apretándosele en las manos; de tanto preguntarse, una y otra vez, cómo descabezar los monstruos que le ataban el país, es decir, la familia. Su sangre debió saberle a trueno a los buitres que la buscaron.

Seguramente no asimilaban su tiempo. Sus minutos insobornables de crear, de hacer y ser comunista sin visera, estudiante sin genuflexiones, amante sin puritanismos. En él, todos los relojes debieron desbocarse hacia el turbión necesario de la Historia mayúscula y la aventura íntima en la conjunción febril de la memoria profuturo.

Seguramente era demasiado. Mucho Mella sin mella para tanta mente mellada; mucho estallar en tan poco espacio, vivir en tan poca vida, resucitar en tan poca muerte. Por eso pasó a la edad de los que no envejecen, de los que siguen mirando desde la piedra viril de cualquier juramento a una dimensión que aún no entendemos.

Comparte esta noticia



Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.