La independencia de Cuba para equilibrar el mundo

Así vio Martí la emancipación de nuestra Isla y de Puerto Rico de España: a tiempo para, unida al resto del continente, frenar al Imperio estadounidense

Autor:

Marina Menéndez Quintero

Nadie mejor que Pedro Pablo Rodríguez, profundo martiano, para explicar el porqué de la vigencia del Apóstol. Ese fue el centro de su intervención en el evento que busca ese mismo equilibrio del mundo ansiado por Martí con la independencia de Cuba y de Puerto Rico cuando, sin abandonarnos el colonialismo español, ya el imperialismo cernía sobre América Latina y el Caribe sus garras afiladas.

De la universalidad del Héroe Nacional de Cuba habló el jefe de la Edición crítica de las Obras Completas del Héroe Nacional cubano, Doctor en Ciencias históricas, premio nacional de Historia, de Ciencias Sociales y Humanísticas; miembro de mérito de la Academia de Ciencias y figura a quien estará dedicada la próxima Feria Internacional del Libro, cuando explicó las razones de que el pensamiento del Apóstol siga guiando hoy la gran marcha latinoamericana, donde su palabra, dijo, convence y convoca.

Recordó la previsora alerta de Martí sobre el inevitable encuentro que se daría entre la Isla y Estados Unidos y su advertencia de que habría que unir esfuerzos para sacar provecho de ello y protegernos de los peligros.

La ambición estadounidense de dominar al Caribe demostrada con su intervención en Haití y Puerto Rico, los esfuerzos anexionistas en República Dominicana y, luego, las presiones sobre Cuba, visibles en un mal llamado Tratado de Reciprocidad Comercial, ya ejecutaba la marcha de EE.UU. hacia Nuestra América. Sonaba la hora de la segunda independencia y de acelerar, para emprenderla, la emancipación de Cuba y Puerto Rico de España.

La rápida emancipación de las Antillas españolas aseguraría a América frente a EE.UU., con su segunda independencia.

Ahí desplegaría Martí su talento, capacidad y carisma para reunir a la mayor cantidad de hombres en ese empeño.

En medio de esas tareas sucumbió. Su presencia física quizá habría asegurado una conducción política más eficaz, reflexionó Pedro Pablo Rodríguez.

No obstante, como dijo en su inconclusa carta póstuma a Manuel Mercado, Martí supo poner los pies sobre la tierra. No había límite a su afán de liberación plena. El primer paso, concibió, era la unidad de los patriotas. El segundo, la unidad para la guerra.

No eran dos islas las que se iban a liberar, sino un mundo el que se iba a equilibrar. La independencia de Cuba sería un servicio universal por el bien del hombre y el equilibrio del mundo.

El Apóstol, apuntó, comprendió que el arte de la política es conducir a los pueblos hacia un fin común a todos. No era el suyo un combate contra la historia, sino contra una lógica de hacer la historia: la lógica del mercado.

Esa fue la gran batalla de Martí a finales del siglo XIX. La batalla por la vida y por los seres humanos frente a la voracidad burguesa. Por eso la vigencia de sus textos nos sigue sorprendiendo hoy, apuntó.

A esa descomunal empresa se entregó plenamente el Apóstol con la osadía sometida a la inteligencia; sin dejar que la pasión fuera ganada por la irracionalidad.

Su aspiración era un mundo diferente, una América distinta, una Cuba otra.

Pensar es preveer, pensar es servir, preveer es vencer, escribió el Héroe de Dos Ríos; y hoy hay que pensar, preveer y servir para vencer, al fin, en la batalla comenzada por José Martí hace más de cien años, por la humanidad contemporánea, por el bien mayor, sentenció Pedro Pablo.

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