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Ciego de Ávila llora a Chávez

Desde temprano en la mañana, entre lágrimas y rostros consternados, esta provincia honró no solo al presidente de la República Bolivariana de Venezuela, sino al hombre que rechazó las prebendas de los ricos para comulgar y defender los derechos de los pobres

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

CIEGO DE ÁVILA.— Hay frío. Las hojas de los árboles en el Parque Martí dejaban escuchar un susurro con fuerza, insistentes, cuando el viento empezó a batir en ráfagas cortas y secas. Hay frío. Y aun así el sol brillaba. Entre unas nubes otoñales, el resplandor baña a la multitud que empezó a congregarse en silencio frente a la Asamblea Municipal del Poder Popular de Ciego de Ávila.

En el edificio, desde el balcón del segundo piso, un pendón gigantesco mostraba una foto de Fidel y Chávez, en la que le devolvían la sonrisa al pueblo. ¿Cuándo fue tomada? ¿En qué momento de estos años fueron retratados? ¿En qué reunión? ¿Qué habían acabado de firmar?

La duda es inevitable. Esos dos hombres hicieron tanto durante estos años, que ahora se nos han convertido en tan cortos, que la curiosidad enseguida aflora y convierte a la pregunta en algo persistente: ¿Cuándo los retrataron? ¿En Caracas o en La Habana? ¿En qué año?

Uno termina por desecharla, finalmente; porque descubre, en medio de ese soliloquio, que uno de los grandes méritos de Fidel y Chávez es que ellos borraron las geografías y el tiempo. Caracas es La Habana y Cuba se convirtió en Venezuela. O Ecuador o Bolivia o cualquier otro país que transpire esa mezcla de indio, blanco, negro y asiático.

Busco con la mirada a quién entrevistar, a quién invadirle su intimidad por obra de este oficio. Veo pasar a ese combatiente, que me saluda con gesto y sobre todo con la mirada. No debo entrevistarlo. Sencillamente, no hablará. En su casa, en una gaveta, tiene casi ocultas 24 medallas, algunas de ellas en reconocimiento al valor. Me lo dijeron sus amigos, porque él nunca se las pone. Un día le pregunté por qué y fue suficiente. «No son mías; son de mi nieto», dijo cortante.

Por eso sé que no hablará y lo confirmó cuando se detiene ante el retrato de Chávez durante un par de segundos. Lo veo inclinar el rostro e irse con la cabeza baja. No hablará porque a los héroes se les recuerda sin lágrimas. Sara González lo contaba en sus canciones. Se lo restregó en la cara a los policías de Pinochet sobre la tumba de Salvador Allende allá en los días finales de aquella dictadura. Y es verdad, tenía razón. Pero a veces qué difícil es aguantar el llanto.

Ernest Hemingway decía que el carácter de un hombre se puede definir por un pequeño gesto, y Fernando Díaz Martínez, campesino y escritor avileño, me da una clave. Él escribió un libro sobre Chávez, con testimonio de sus compañeros de armas cuando conspiraban para hacer la Revolución. Se llama de Barinas a Miraflores: Hugo Rafael Chávez Frías. Fernando me comenta que para él una de las grandes virtudes del líder venezolano es que siendo mandatario era capaz de cambiarle los pañales a un niño.

«Lo hacía sin pose y creo que es bastante, eso habla por sí solo», me dice. Tiago Silveira Bueno, estudiante brasileño de cuarto año de Medicina, dice: «¿El gran mérito de Chávez? Unirnos a todos, ya la acción estaba en Fidel; pero él la hizo crecer». Insisto: «¿Y por qué un hombre que estuvo tan poco tiempo en el poder, llega a ser tan llorado?» Tiago responde: «Porque no se olvidó de los pobres, que son la mayoría». Alfredo Gutiérrez Pérez, también de cuarto año de Medicina, da su opinión en siete palabras: «Por su capacidad de hacer el bien».

Uno avanza dentro de la muchedumbre. Se abre paso pidiendo permiso y disculpas. La gente se aparta en silencio, sobre todo las que están a punto de pasar al interior del Gobierno para dejar una flor ante el retrato de Chávez. Al juzgar por las hileras y los grupos, el día de hoy será largo. Vuelvo a mirar el pendón y recuerdo una afirmación de él en una reunión de ricos: «Si el mundo fuera un banco, ya ustedes lo habrían salvado». Algunos debieron rumiar entre dientes. La verdad no ofende, pero duele. Por eso no gusta, y tratan de ocultarla hasta que llega alguien y la hace valer con una sonrisa. Como lo hizo Chávez. O como lo hace desde esa foto en el pendón. Solo que ahora es para siempre.

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