Chávez, uno más de los nuestros

En las provincias de Pinar del Río y Villa Clara guardan entrañables recuerdos de las visitas que a ellas realizara el presidente venezolano

Autores:

Nelson García Santos
Mayra García Cardentey

La impronta de Chávez y su cariño infinito a Cuba calaron muy fuerte en las provincias que visitó, como lo fueron entre otras, Pinar del Río y Villa Clara.

Aquel 21 de agosto de 2005 el mandatario venezolano así lo confirmó al líder de la Revolución Cubana, Fidel Castro: «Ya soy pinareño».

Pinar del Río por aquellos días figuraba una marejada estrepitosa de azules, amarillos y rojos. Ninguna puerta, muro o vidriera quedó virgen de carteles: «Nuestra América cambió para siempre», propugnaban. Y Vueltabajo fue el centro de la oleada bolivariana.

Aquel soleado día nadie quedó en casa. ¡Quién se perdería la visita del iniciador de la segunda independencia en América,  Hugo Rafael Chávez Frías, acompañado de Fidel Castro!

Aparecieron ambos líderes latinoamericanos en un yipi descapotable, palmeando el aire como para que no se quedara nadie sin saludos; riendo constantemente como para espantar los recuerdos del paso de los ciclones; trayendo bálsamo y seguridad a las 150 familias que residían en la inaugurada Villa Bolívar, uno de los tantos actos de colaboración de la Revolución Bolivariana a suelo patrio.

La inauguración de esta villa, en la ciudad Sandino, y con 150 viviendas para similar número de familias damnificadas por los huracanes Isidore, Lili e Iván, trajo a Chávez a suelo pinareño, en su primer viaje fuera de la capital de la Isla.

«Como nunca antes en nuestra historia hemos conocido tanto a Cuba, hemos querido tanto a Cuba», rememoran los medios provinciales al evocar las palabras del mandatario.

El Aló Presidente «más puntual de la historia», como dijera el mismo Chávez, dejó la constancia gráfica. Cinco horas de intercambio, de jarana caraqueña, de recuento histórico y visión de futuro, colocaron al extremo municipio de la Isla en el centro protagónico del continente.

Con estas palabras se despidió el heredero de Bolívar: «De esta tierra bella a la que un día espero volver». ¿Y acaso se fue?

Un hijo

El 14 de octubre de 2007 también fue un día inolvidable, sobre todo en el centro de la Isla. Allí, en Santa Clara, estaba Hugo Chávez Frías, y la ciudad lo recibió como a uno de sus hijos más ilustres.

Se le veía, como siempre, contagiando con su optimismo y sorprendiendo con esos gestos tan suyos. A su paso por las principales calles de esta ciudad, a bordo de un yipi rumbo a la Plaza Ernesto Che Guevara, miles de personas portando banderas cubanas y venezolanas, y ataviados muchísimos con camisas rojas, le ofrecieron un proverbial recibimiento, encabezado por la contundente frase: «Bienvenido a tu tierra, hermano».

Ninguna otra expresión podría haber reflejado tan diáfanamente al Comandante Hugo Chávez los sentimientos de los villaclareños, quienes tuvieron el privilegio de mostrarle el cariño y respeto que le profesan, al igual que todos los cubanos de corazón y estirpe revolucionaria.

Se le se veía sonriente, inquieto aún arriba del vehículo, saludando a todos camino a la Plaza para transmitir desde allí su programa radiotelevisivo Aló Presidente, dedicado al Guerrillero Heroico.

Una ovación estremecedora lo recibió cuando apareció sobre la tribuna, luego de rendir homenaje a Ernesto Guevara en el recinto donde reposan sus restos.

Allí sorprendió con un alegrón a toda Cuba al anunciar que iba a sostener una conversación telefónica con el líder de la Revolución Cubana. Vino la apoteosis.

Luego se escuchó la voz clara y firme de Fidel, tampoco faltó la broma de Chávez, como acostumbraba, reflejo de ese cariño y admiración que sentía por el Comandante en Jefe.

Fue aquel un día de encuentro de tres imprescindibles de la historia universal que, como decía Martí, prefirieron echar su suerte con los pobres de la tierra y luchar por ellos.

Estaban Hugo y Fidel, presentes con su voces firmes y claras, y también el Che Guevara, evocado con frases enaltecedoras por ambos líderes.

Ese día, marcado por unas cinco horas de intercambio, definitivamente fue histórico.

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