Ni Santa, ni Puerto, ni Príncipe

Como pocas villas, Camagüey tuvo que imponerle al español el topónimo que hoy la designa. Cuando la ciudad se encuentra a las «puertas» del medio milenio de su fundación, JR desempolva anécdotas

Autor:

Yahily Hernández Porto

CAMAGÜEY.— Hace casi tres meses (el dos de febrero)  la extensa «Comarca de pastores y sombreros», como bautizó Nicolás Guillén a su natal ciudad de Camagüey, cumplió 499 años.

La auténtica llanura, hoy Patrimonio Cultural de la Humanidad, acaudala un tesoro proverbial que la convierte en espacio perfecto para acuciosos investigadores, los cuales en su sed perenne de conocimiento la redescubren, glorifican y enaltecen.

Como flor silvestre, de esas que nacen a la vista de tantos, pero sin ser advertida, la rojiza tierra, por el barro que la ciñe, tejió historias que aunque íntimas, exclusivas y hasta dormidas en el tiempo, no mueren jamás.

Tras sus huellas, Juventud Rebelde, como cronista de su tiempo y en busca de las reliquias y estampas de ese pasado, desempolva memorias de esta Villa.

Camagüey impuso su Camagüey

Muy pocas urbes del mundo poseen un hecho tan particular, porque la mayoría aprueban su nombre fundacional. Sin embargo, para preservar parte de su tradición, la añeja Santa María, junto a sus lugareños, tuvo que imponerle al colonizador su propio nombre: Camagüey.

El desafío que perduró nada menos que 389 años fue sin tregua, porque no existió aquí escenario cultural, deportivo, social, religioso y económico que no intencionara o manifestara la causa identitaria.

Los cerca de cuatro siglos de pugna entre conquistadores y criollos acumulan pasajes que revelan pasos agigantados, para aquella época, en la formación de autóctonas raíces cubanas.

Tal afirmación es refrendada por Ricardo Muñoz Gutiérrez, prestigioso investigador agramontino, en su seductor libro Del Camagüey: Historias para no olvidar I: «Los hijos del Camagüey, autores de una historia legendaria que enaltece su identidad, querían llevarla también con orgullo en el nombre. Era un paso más a las raíces».

No fue aceptado por los habitantes de entonces que el nombre aborigen, Camagüey, desapareciera, a pesar de que la metrópoli quisiera despojarlos de lo oriundo.

Uno de los primeros vestigios que da fe de la recurrente utilización del «opuesto término», se ubica en el informe eclesiástico del obispo de Cuba, Morell de Santa Cruz, quien al realizar en 1756 una visita por el país asentó que los vecinos de esta jurisdicción no la nombraban como Santa María del Puerto del Príncipe, sino «con el grosero nombre de Camagüey».

Y mientras los años pasaban, el duelo casi a muerte tomaba tal fuerza que los camagüeyanos, empeñados por lograr su objetivo, no calculaban consecuencias y en cuanto proyecto nacía en la antigua capital, manifestaban su demanda.

Un folleto de la época, enjuiciado como de insubordinación por las autoridades locales, publicó el 27 de octubre de 1809 expresiones nada halagüeñas para quienes mantenían su poder.

El historiador Muñoz Gutiérrez relató que el pasquín llamó a los vecinos como «camagüeyanos» y emplazó a los españoles como «carniceros que asesinaron a Hatuey».

La confrontación no sesgó su camino hasta la victoria, pues el topónimo de voz y origen indocubanos encontró espacios por doquier. Autores de la talla de José Manuel de Ximeno y Torriente, Miguel Rivas Agüero y Héctor Juárez Figueredo lo ratificaron en sus obras Genealogía de las ideas separatistas en Cuba; Joaquín de Agüero y sus compañeros, y Camagüey, de leyendas y la historia, respectivamente.

Cuentan generaciones de hijos de esta región que hasta en la correspondencia de muchos de por acá, desde la mitad del siglo XIX, preferían llamar a su tierra como Camagüey y a sus habitantes como camagüeyanos.

La máxima de esta predilección encontró liderazgo en la prominente figura de Gaspar Betancourt y Cisneros, «El Lugareño», quien consideró públicamente que la ciudad no era «ni Santa, ni Puerto, ni Príncipe, sino Camagüey».

La mujer no quedó atrás en esta confrontación. Las féminas, al repudiar públicamente en 1851 el crimen contra Joaquín de Agüero y sus compañeros, merecieron una cuarteta popular, en las que quedaron selladas para la posteridad con el gentilicio de camagüeyanas y al pueblo se le denominó Camagüey, y así lo prueba el verso: «Su muerte llora el Camagüey entero».

No esperaron mucho los rebeldes de esta zona, pues 17 años más tarde, en noviembre de 1868, se levantaron en armas constituyendo el Comité Revolucionario de Camagüey. Tal atrevimiento, aunque peligroso, fue secundado por los revolucionarios de la República en Armas, durante las dos gestas de independencia.

Pero lo que nadie esperó nunca, ni siquiera el más avezado gobernante, fue cómo el pueblo burló cuanta norma regía en documentos y disposiciones en toda la inmensa demarcación.

La tapa al pomo se la pusieron los torneos de béisbol de principios de la década de 1890, en los que los equipos participantes se nombraron Yara, Jimaguayú, Tínima Hatibonico, Habana y Camagüey.

Un borrón popular

Justo con el fin de la dominación colonial en la nación, el primero de enero de 1899, los cubanos suprimieron múltiples indicios españoles. Así se inició la renovación de nombres de calles, plazas, parques y avenidas.

En este paraje, a solo un mes de aquella «buena nueva», la Plaza de la Reina tomó el nombre de Ignacio Agramonte; la avenida de La Caridad, el de Libertad; la calle San Diego se nombró José Martí; La Mayor, Salvador Cisneros; e Independencia se impuso popularmente a La Candelaria.

Mas los camagüeyanos, ahora también agramontinos, en honor a uno de los más grandes próceres de las gestas de independencia, el mayor general Ignacio Agramonte y Loynaz, con la instauración de la República el 20 de mayo de 1902 lograron que el 22 de abril de 1903, la provincia fuera nombrada Camagüey, y el 9 de junio le siguió el municipio cabecera.

Ricardo Muñoz, en su estudio Del Camagüey: Historias para no olvidar I, citó acerca del trascendental hecho de identidad: «Los criollos y mucho más los rellollos —descendientes de los primeros— que vivieron en la región que tenía como centro de poder, primero a la Villa y después a la ciudad de Puerto Príncipe, prefirieron, como una de las tantas formas de distanciarse de los españoles y de sus autoridades coloniales, asociar su gentilicio al nombre aborigen de Camagüey».

Voz indocubana que no murió

El topónimo Camagüey es una voz de origen indocubana, perteneciente a la etnia arahuaca, sociedad que habitó parte de la América del Sur y las Antillas. De estas regiones también sobrevivieron los términos bohío, caimán, caníbal, canoa, carey, hamaca, iguana, maíz, sabana, cacique, tabaco…

Varias son las teorías acerca de su origen y significado, y aunque estas aún no estén determinadas con exactitud, los expertos han establecido hipótesis.

Una de estas parte del término camagüa: que se identificaba con un arbusto silvestre de tierras bajas esparcido por toda la Isla, y la terminación ey, que indicaba procedencia. En este sentido el pueblo se consideraría como descendiente del árbol, por lo que así se designarían, al igual que a su cacique.

Pero lo más probable, según Muñoz Gutiérrez, es la interpretación de ca como un prefijo y magüa como vega o bosque, que al completarse con el sufijo ey se puede descifrar como «hombre del bosque».

Sin embargo, la más popular entre los agramontinos de ayer y del presente es la leyenda que emerge a partir del cacique Camagüebex o Camagüebax. Al recibir a los colonizadores en su territorio con hospitalidad, estos no dudaron en darle muerte para luego arrojarlo bochornosamente desde la cima de Tuabaquey, punto más elevado de la Sierra de Cubitas, grupo montañoso que marcaba el límite norte de su territorio.

Y aunque los españoles, en su empresa de conquista, bautizaron a esta tierra como Santa María del Puerto del Príncipe, el sentimiento de preservar la verdad acerca del destino del líder aborigen Camagüebax y de los auténticos hijos de esta sabana, se impuso como rebeldía y leyenda.

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