Matar era un oficio

Torturas y crímenes espantosos muestran las entrañas del régimen contra el que se levantó la Generación del Centenario

Autor:

Luis Hernández Serrano

Muchos sucesos tenebrosos (antes y después de 1953) dan fe de la época triste en que humillar, vejar, golpear, torturar y, sobre todo matar, era un oficio en Cuba. Contra eso surgió el 26 de Julio.

Basta un solo ejemplo: la escalofriante masacre del poblado pinareño de Cabañas. El ejército y la policía que reestructuró Batista a partir del 10 de marzo de 1952 —y que asesinó a más de 50 asaltantes de los cuarteles de Santiago y de Bayamo que no murieron en combate— desató su saña el 20 de noviembre de 1958.

Fueron 22 los hombres asesinados entonces en Cabañas. Entre ellos había cuatro conjuntos de hermanos, tres pares y un trío: Juan y Enrique Pérez Ledesma; Domingo y Vicente Álvarez Núñez; Bernardino y José Isabel Miranda Aguirre, y Leandrino, Modesto y Leovigildo Trujillo Negrín. Catorce eran jóvenes; cuatro mayores de 40 años, sin llegar a los 50, y cuatro mayores de esta edad.

A Leovigildo le ataron un pie a un árbol, y el otro a la defensa de un yipi que echó a andar, desmembrándolo brutalmente en dos. Su cadáver jamás apareció. A Gonzalo Rivero Miranda le abrieron la cabeza en dos mitades, de un machetazo, luego de haberlo torturado en forma salvaje.

A Regino Ramos Ramos le amarraron un alambre de púas alrededor de la cintura y así le hicieron un siniestro «tortor» con un trozo de madera dura, hasta reventarlo y provocarle la muerte, en plena lucidez. Lo sepultaron a flor de tierra, a merced de las tiñosas.

A los hermanos Miranda Aguirre les dieron tantos golpes, que dio mucho trabajo reconocerlos después. Aparecieron tirados en un chucho o báscula de caña, entre San Claudio y Recompensa, a cien metros de la carretera.

Isidoro Roque Cordero, Roberto Nodarse, Francisco Rodríguez Valdés y Modesto Trujillo Negrín fueron ahorcados luego de sacarlos de sus domicilios, delante de sus familias.

Los criminales sacaron a sus víctimas del cuartel de Cabañas y en la soledad de los montes los ahorcaron y los enterraron en lugares apartados. El cadáver de Francisco Rodríguez Valdés apareció totalmente desnudo y horriblemente mutilado: con las manos atadas, vivo, le cortaron los testículos y se los amarraron al cuello.

En la finca Guasimal, en La Cañada del Chivo, se encontraron dos fosas, con siete cadáveres. Es muy triste saber que una mujer, Evarista Roque Cordero, encontró entre los cadáveres a su esposo, Domingo Álvarez Núñez, y a su hermano Isidoro. Y uno de los desenterradores, ya al triunfo de la Revolución —Gonzalo Álvarez— tenía a dos hijos entre los muertos, Domingo y Vicente, y a un yerno.

A Marcos Antonio Lafá lo llevaron al cuartel de Cabañas y dos días más tarde fue torturado y asesinado. Y a Hugo García Lombillo lo asesinaron en el puente de El Bongo y lo tiraron al río, metido en un saco de yute.

También fueron torturados y ahorcados Pedro Torres Conde, Carmelo Barrios Montes, José Trujillo Rodríguez, Octavio Campos Concepción, José Benito Díaz y Celestino Moreno Fiallo, que completan los 22 asesinados.

Bibliografía: Archivo del autor, JR, domingo 23 noviembre de 2008

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