Como empinar un cometa

Convocados por Juventud Rebelde en su sección La Tecla del Duende, lectores de todo el país y varias generaciones escribieron sobre el Amor Eterno. Aquí van, regalo para las que más aman sobre la Tierra, algunos de los textos premiados en la fraterna lid

Autor:

Juventud Rebelde

Foquita-tiburón

Dicen que viene de nacimiento, que estaba demasiado unida a su madre. De muy pequeña dos huellas disparejas permanecían tras su paso a la orilla del mar, poco después solo una bien firme era bañada por la espuma… aun así ella siempre sonreía.

Ella es la mayor de seis hermanos que fueron criados igual, sin concesiones ni penas. Tal vez por eso miró de frente a la vida y la encaró sin reparos, sin miedos ni quejas.

Dicen los que no la conocen que está «discapacitada». «Impedida» la llaman, como si fuera esa palabra la que mejor la describiese. Y pregunto: ¿Impedida para qué? ¿Qué capacidad le falta? Están muy equivocados. A ella le dieron lo mismo que a todos, pero en zonas diferentes. Su pierna izquierda es más corta, es verdad, no llega tan siquiera a la rodilla, pero en su lugar le dieron el corazón más noble y maravilloso que pueda encontrarse, mucho más grande que el trozo de pierna que le falta y en el que todos se fijan.

Dicen, al hablar de ella, con rostro apenado: «Pobrecita», y encolerizo. Mientras ellos observan su muñón colgante con lástima, yo lo acaricio. Para mí no es solo un muñón, no; desde pequeña aprendí que, depende de dónde se le mire, puede convertirse en una «foquita» o un «tiburón». «Foquita» por la forma, la suavidad y delicadeza de la piel y el callo permanente que asemeja su hociquito. «Tiburón» cuando reposa: el callo hace de ojo y la larga cicatriz dibuja su boca.

Esa «foquita», como prefiero decirle, le ha casi sangrado en varias ocasiones; en otras le ha dolido tanto que no ha podido dormir. Cuando camina mucho o el Sol calienta, la piel en esa zona enrojece y le pica, y todo empeora. Es entonces cuando tiene que dejar al lado la prótesis y agarrar a sus «piernas», como cariñosamente llama a las muletas, que de tanto usarlas son casi una extensión de su cuerpo, pero que también le inflaman las manos y amoratan la espalda.

Aun así cuida de todos cada día, es la reina de la casa. Me regala un beso y un «Te amo» cada vez que salgo, aunque sea a buscar el pan, como si me fuera a un largo viaje, y yo le correspondo recordándole que es lo más importante en mi vida, la razón de mi existencia, mi amor eterno.

Ella no puede caminar largas distancias, no sale a las tiendas, hace años que no se sienta en el Malecón, ni va al Parque Lenin, ni sale de fiesta, es verdad. Cuando me enfermo apenas puede acompañarme al hospital, también es cierto. Pero en cambio tiene la habilidad única de estar en todos esos lugares a mi lado, porque donde yo esté ella también estará. Muchos se enorgullecen de ser la mano derecha de las personas que quieren, pero mi mayor orgullo es ser la pierna izquierda de ella, sí, de mi mamá. A ella le nació su pierna en mí; más que una, cuenta con las dos mías, que no están pegadas a su cuerpo, pero ni se nota la diferencia: somos solo una persona, con dos cabezas, cuatro ojos, cuatro manos…, tres piernas y una «foquita-tiburón». (Betty Lezcano Roque, Arroyo Naranjo, La Habana, 24 años).

Los frijoles

Cuando sonó el teléfono estaba leyendo en el periódico sobre el Concurso Eternidad del Amor. No me gusta participar en los concursos; me deprimen las burlas de mi esposa. Me gusta este tema; antes siempre estaba hablando de la existencia del amor eterno como el de mis padres, hasta que se fueron infieles. Pero me siento aburrido, hace varios días estoy solo en casa, ella se fue el fin de año con los suyos, allá se puede divertir y librarse de la rutina, déjame atender el teléfono:

¿Dime?

¿Qué estás haciendo?

Nada. ¿Vienes mañana?

Sí, porque el sábado es un día muy malo para el transporte.

Mañana es jueves.

¿Me estás diciendo que me quede otro día?

Yo no he dicho nada. En el frío te dejé frijoles blanditos en un jarro para cuando llegues.

¿En un jarro de aluminio?

Creo que sí.

Se mancha, QUÍTALO DE AHÍ AHORA MISMO ¡Habiendo tantas vasijas!

Está bien, está bien, cuando termine de hablar lo cambio.

Cuéntame más.

Cuéntame tú que eres la que hablas mucho.

Sí, pero cuando intercambian conmigo.

No te hagas, puedes estar hablando 12 minutos sin respirar.

Si no quieres hablar, cuelgo.

Cuelga.

—Plaff—

El amor es eterno, sí, debe ser así. Mejor no participo en este concurso, me dije mientras cambiaba los frijoles de vasija para evitarme otra descarga. (Omar Rosa González, ciudad de Ciego de Ávila, 56 años).

Tres muertes que no fueron

Mi crónica no tiene ficción, nada de fantasía. Serán tres momentos para el amor eterno a esta Revolución que nos ha dado todo. Tres realidades que viví... La primera cuando en los primeros días de 1956 nuestra Celia Sánchez nos salvaba de las garras del asesino Regalón, uno de los mayores matones que tuvo la Guardia Rural por estas tierras, a mi madre, una de mis hermanas y a mí, con apenas cinco años.

Él nos llevaba de rehenes por la zona de Guaicaje, en Pilón, y nos haría no sé qué cosa porque éramos un botín de guerra; pero apareció la heroína de la Sierra y los convenció para que nos liberaran. No olvido nunca aquel instante.

Otro acontecimiento que repercutió en mí fue cuando al cuartel manzanillero —hoy preuniversitario Julio Antonio Mella— llevaban los guardias a mi hermano Ángel (Lito), porque «descubrieron» en su maleta una camisa de trabajo que utilizaría para los cortes de caña en el antiguo central San Ramón. En su registro frente al antiguo aeropuerto de Manzanillo lo maltrataron con palabras y golpes, y en el cuartel estaba todo listo para perforarle la cabeza —ya pelado al rape— con un clavo de línea —que yo guardo aquí en mi casa—, y por esa perforación le echarían chapapote caliente. Uno de los guardias dignos lo salvó.

Amor Eterno a la demostrada resistencia y valentía del pueblo y del Ejército Rebelde cuando en los primeros días de Enero de 1959, de los jóvenes manzanilleros que festejaban la victoria revolucionaria frente a la guarida o cuartel de los Tigres de Masferrer, en Barrio de Oro, de esta ciudad, estaba mi otro hermano, Enevy, el mismo que días antes pudo librarse de que le sacaran las uñas de pies y manos, a sangre fría, porque según uno de esos tigres sanguinarios, de apellido Oduardo, mi hermano era colaborador del Movimiento 26 de Julio; y por haberlo desafiado al cruzar por una acera, que estaba prohibida. Le sacarían las uñas de los pies y manos, reitero, como ya era costumbre hacerlo a quienes ellos consideraban opositores…

¿Tengo o no tengo por qué sentir y demostrar AMOR ETERNO por el triunfo revolucionario?... (Mariano Maestre Mora, Manzanillo, Granma)

Solo una cláusula

* Amores inextinguibles: poesías que riman con asonancias.

* El amor eterno no es tanto meta como trayecto.

* Amar y ser amado; ser amando y amar: la regla del amor inagotable.

* Decidieron legalizar su juramento de amarse eternamente y respetar su principal cláusula y base: la fidelidad.

* Todo amor eterno comienza con dos, continúa con dos y termina con dos fundidos en uno.

* Por su capacidad de entrega un amor inextinguible es un ingreso real al presupuesto amatorio de los desprendimientos.

* Me gustaría amar imperecederamente con pareja dispuesta a hacerlo el sabor de las estaciones del año, desde el equinoccio al solsticio.

* Cuerpo y espíritu disponen de inagotables nutrientes para que el amor labre y coseche sus frutos de por vida en buenos cultivadores.

* Hay amores que no necesitan durar lo que tarda un imperio en desaparecer, para que dominen y tiranicen como estos.

* Si amar fuese un arte, solo el que ha amado durante una vida podría prescindir de sus reglas.

* Los espíritus creadores saben cómo hacer de los segundos del tiempo, intercambiables ecos de amor eterno.

* Si decides amar eternamente no es para que te prives de sorprenderte con un eclipse de Sol, maravillarte con una lluvia de estrellas y extasiarte con el arcoíris.

* Amarse eternamente es ir levantando una mutua arquitectura al paso de las estaciones.

* No es imposible que dos almas se compacten en una con un corazón en dos.

* El amor es movimiento perpetuo de sentimientos, afectos y emociones; razón, principio y fin de todo lo humanamente realizable. ¿No es esto suficiente para comprometernos con él de por vida? (Randolfo García Morales, ciudad de Cienfuegos, 74 años)

Decisión

Reunida en sesión solemne con mis arterias, venas y vasos sanguíneos, por los que corre y correrá sangre de mi madre, y teniendo como invitado especial y con derecho a voto a nuestro músculo mayor, decidí y fue apoyado por unanimidad:

* Que no ofreceré ofrendas florales a Mami, ni siquiera en el camposanto; solo echaré al viento sus entrañables canciones que aprendió y amó y que en pequeño grupo de 13, que era su número predilecto, escucharé en cada uno de sus diferentes aniversarios; y que además abrirá siempre con Tiempo de amor, del dúo español Juan y Junior, y cerrará con La Paloma, que tiene por intérprete a Julio Iglesias.

* Me resisto a creer que el amor de mi mamá, de 94 años, se me haya acabado en el hospital Miguel Enríquez, a las 12:15 p.m. del 26 de enero de 2012. No, para mí será eterno. (Bárbara Martínez de la Mora, 10 de Octubre, La Habana, 64 años).

¿Acaso puedo dudar?

Me enamoré de ella siendo apenas un niño. Era tan atractiva a mis ojos infantiles, que no cesaba de seguir su recorrido por todo el campo, mientras otros se atrevían a perseguirla. Solo logré vencer la timidez en mi adolescencia, cuando en un atrevimiento inducido por los mayores, coqueteé con ella. Su respuesta fue brusca, pero el desmayo de aquel encontronazo no me quitó las esperanzas de ser su novio. Por el contrario, me animé a conocerlo todo sobre ella. Hasta que supe cómo conquistarla.

La profesora de secundaria nunca me ofreció esperanzas, pero ella sí. Por eso le declaré mi amor y pude convertirla en mi novia. Fuimos creciendo juntos en aquella relación; maduré a su lado y me forjé como hombre. Pero ante su constante juego y relaciones con otros hombres tuve dudas, surgió la desconfianza de alguna infidelidad. Y entonces descubrí que no era solo mía.

Pero tanto la amaba, tanto, que poco me importaron sus infidelidades. Porque correspondió a mi amor entregándose cual si no hubiera otro, porque siempre encuentro una nueva virtud en ella, porque mi amor ha soportado difíciles momentos en que se han acercado otras pasiones y las he ido rechazando, una tras otra, sin dudas.

¿Acaso puedo dudar que lo que siento es amor eterno?

Ella es la pelota. Y este amor se muere conmigo. (Fernando Martínez Martí, Centro Habana, La Habana, 31 años)

Para vencer el abismo

(...) Cuando el amor no distingue/ las dimensiones del pecho/ se cobija en otro techo/ y con el hambre se extingue./ Cuando el amor no distingue/ la pasión de quien lo clama/ quemándose con la flama/ ardiente de quien lo nombra/ se va apagando en la sombra/ y muere en su propia cama.

En la fiebre desmedida/ amor y dolor se juntan/ y con sus dedos apuntan/ sobre la reciente herida/ para el alma poseída/ por este don y cadena;/ amar es cargar la ajena/ lucha del cuerpo y la mente/ aunque el corazón se ausente/ en un canto de sirena.

Si toca adentro revuelve/ las fuerzas del universo/ como quien cierra en un verso/ el beso que se va y vuelve;/ tarda a veces y resuelve/ manifestarse en la guerra/ y da la espalda, se encierra/ con sus ojos inseguros/ sólido, como los muros/ que se ciñen a la tierra.

El que ama no pretende/ amarrarse en otra piel/ pretende llenar el cruel/ vacío que no la enciende./ Quien ama da todo, entiende/ que amor es darse sin miedos/ aunque te marquen los dedos/ y te titulen de loco/ el amor entiende poco/ de normas, reglas o credos.

Amar es llenar de luz/ la vida de quien amamos/ es recibir cuando damos/ así nos muerda la cruz/ de sentirnos sobre sus/ alas sin saber volar/ amar es nunca dejar de ser niños y elevarse/ en cada ilusión/ y darse sin renunciar a soñar.

Es escribir en la arena/ poemas desconocidos/ dibujar trazos torcidos/ trazos que al agua condena/ a ahogarse en la tibia pena/ de las olas y del viento;/ abrirse por un momento/ el pecho completo, todo,/ y no encontrar nunca el modo/ que apellida al sentimiento.

Un perfume que se asoma/ siempre en frasco diferente/ es inevitablemente/ poner punto si va coma,/ ligarnos con el aroma/ del cuerpo que nos estrecha/ es de Cupido la flecha/ que permanece en la piel/ cuando se corta el papel/ y el reloj cambia de fecha.

Amar es nunca perder/ aun creyéndonos vencidos/ es saber dejar cocidos/ trozos de recuerdos; ver/ que consiste en no correr/ para alcanzar la conquista/ amar no es llenar la lista/ para anotarnos más puntos/ se trata de otros asuntos/ que no saltan a la vista.

Como un impulso que aprieta/ y va creciendo por dentro/ el amor se vuelve el centro/ en la pluma del poeta./ Es empinar un cometa/ tirar botellas al mar,/ compartir; crecer al dar/ para vencer el abismo/ de chocar con uno mismo/ después de tanto buscar. (Lisbet Alemán Murga, Guanabacoa, La Habana, 23 años)

La fuente

A los soles de mi amanecer: Yaima y Angélica.

Cuando empezó a brotar el agua dentro de tu cuerpo, no supimos que era la vida en forma de manantial. Hasta una mañana de octubre, en que me miraste queriéndome decir algo con las pupilas. Tus manos sobre el vientre se adelantaron, yo también me quedé sin palabras. Sabía que el momento era único, trascendente en la vida de un hombre, pero nunca imaginé el temblor que causan los golpes de realidad.

Después de aquel abrazo, mi mundo comenzó a girar en otra dirección. La casa donde vivimos me parecía demasiado estrecha. Descubrí el comején que habitaba en la solera, grietas, salideros… Todo había que arreglarlo en unos meses. Mientras, el manantial siguió brotando sin pausa.

En la espera, casi nos volvimos estatuas en medio de tanto cemento. Los días fueron agotadores, pero al final del pasillo siempre estabas tú, con unas libras de más que esta vez no pusiste a dieta. Supe que te amaba como al principio, aunque ya no fuéramos dos adolescentes que jugaban a su primer beso.

El eclipse terminó con olor a pinturas nuevas. Llegaron de viaje: un canastillero que mandamos a reparar, la cuna, pañales, un coche que mi suegra nos forró y parecía de estreno. Las guayabas verdes dejaron de estar en la lista de tus antojos para darle paso a rodajas de piña que perfumaron las madrugadas.

Cuando la sentí navegar en aquellas aguas, escuché a Dios y confirmé su eternidad. Me tomaste la mano, sorprendida por el movimiento que te bajaba hasta el ombligo y después se escondía detrás de las costillas. La perseguí con la punta de mis dedos en una caricia. Desde entonces, soñé con una muchachita de ojos tristes que llamaremos Angélica. Esto se repitió muchas veces, siempre de una manera distinta y mágica.

El médico confirmó mis utopías. Cintas rosadas adornaron los pañales. Lazos y batas se combinaron en un mismo color. La vimos en cada niña que nos cruzábamos en la calle. Con mi escaso pelo rubio y tu nariz, más pequeña que un suspiro. El jazmín que perfumaría nuestras vidas en cualquier etapa de los años. La armamos y desarmamos en nuestra imaginación como a una de esas cuquitas de papel.

Solo faltan cuatro semanas para que florezcan todas nuestras utopías. Estamos en febrero, el mes del amor. Tal vez por eso quise recordarte esta historia que vivimos juntos, pero ahora te la cuento desde mi alma. Cuando se rompa esa fuente y un arroyo te empape los pies, yo estaré allí, en medio del dolor, para decirte mil veces que te amo. Cupido me va a disparar su flecha más dulce, cuando escuche  por primer vez, el llanto inconsolable de nuestra Angélica. (Yoanky Díaz Jiménez, Remedios, Villa Clara, 30 años).

Mis manos, mis oídos, mis ojos

Catorce de septiembre de 2008. Domingo. Hora: 10:20 a.m. Acaba de pasar el huracán Ike. Todo es destrozo y desolación a mi alrededor. Subo al techo de mi vivienda para remendar un poco los estragos. Un paso en falso y caigo al piso desde una considerable altura. Trato de incorporarme. No responde mi cuerpo. Mi esposa en esos momentos está lavando. Rápidamente trata de brindarme ayuda. No hay tiempo siquiera para cambiarse de ropa. Me trasladan al hospital provincial. En terapia intensiva me debato entre la vida y la muerte. Permanezco hospitalizado 33 días. Ella ha permanecido todo ese tiempo a mi lado.

He sufrido una grave lesión en la columna vertebral. Desde entonces estoy en silla de ruedas. Pienso que el mundo se me acaba, pero no; ella ha sido mi ángel de la guarda cada minuto en todos estos años. Ha hecho lo posible y lo imposible por mi rehabilitación. Y cuando en mi dolor y mis sufrimientos flaquean mis fuerzas y se enturbia mi mente, ella está ahí para hacerme ver el lado bueno de la vida y para devolverme el ánimo y la esperanza y borrar mi tristeza. Cuando otros se han alejado, ella se ha acercado mucho más. He tenido la seguridad que da el no estar solo; he sentido la protección de sus manos, el calor de la solidaridad, el cariño de sus palabras, el aliento de cada una de sus acciones... Cada día descubro algo bueno, nuevo y útil en ella que me devuelve las ganas de vivir.

Cuando el Indio Naborí perdió la visión, muy acertadamente dijo que su esposa era sus ojos. La mía no solo es mis pies; es, en mucho, mis manos, mis oídos, mis ojos; es mi enfermera y mi hermana, y mi esposa, a la que estoy unido hace 20 años y a la que estaré ligado por mi amor y mi agradecimiento más allá del día en que definitivamente se cierren mis ojos. Y pienso como Martí: «No hay almas más puras que las que, adórnenlas o no fortunas o letras, buscan, sedientas, el alivio del dolor humano». (Alfredo Mengana López, ciudad de Camagüey).

Carta a mi rey

Hijo amado:

Observo desde el balcón el cielo limpio en el atardecer, con el Sol alejándose, en disputa con la Luna ya brillando en fase creciente: hacen una tarde hermosa. En el parque, los niños, en disímiles juegos, disfrutan de esta maravilla... Y como en traslado al pasado, recuerdo tu niñez, tu adolescencia, tu juventud; siento que mi corazón estalla de gozo y orgullo, admiración y respeto; confluyendo todo en un gran amor por el bebé que amamanté y cuidé con esmero y ternura, el niño hiperactivo e inteligente que me hacía feliz cuando las maestras hablaban en las reuniones de padres de tu aprovechamiento escolar. En la secundaria, cuando ganaste por tu integralidad el Beso de la Patria; cuando obtuviste Medalla de Oro en un concurso de Matemáticas y la beca para la Vocacional.

Todos estos logros los obtuvimos, mi pequeño, porque hemos sido un equipo tú y yo, siempre juntos. Te fui llevando de la mano, con aciertos y desaciertos, pero siempre guiándote por el camino del respeto, la honestidad, el amor a los valores patrios y a tus semejantes. Así, hijito, tú me dabas fuerzas para trabajar duro y labrar nuestro futuro.

Concluiste tu preuniversitario con notas sobresalientes, lo que, junto a tu conducta intachable, te hicieron merecedor de la carrera universitaria (Informática), la cual concluiste con iguales logros. Hoy ya eres trabajador, digno de respeto y confianza en tu colectivo y continúas superándote. Recordando a Martí: «¡Hijo soy de mi hijo. Él me rehace!».

A estas alturas de la vida, siento que todo el esfuerzo y los sacrificios dieron por resultado todo cuanto tenemos; y me siento realizada, porque en cada obra, cada tarea, cada paso dado había amor, tenacidad y sinceridad. Ya estoy jubilada (...) Soy como la artista y tú eres mi obra de Amor, mi Vida y mi Razón de Vivir.

Te ama con devoción, tu Mamá. (Miriam Triana Bravo, ciudad de Pinar del Río).

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