Vicisitudes del joven Fidel

El líder del Movimiento que ejecutó las acciones del 26 de Julio pasaba por situaciones personales y económicas muy duras, pero nunca usó el dinero recaudado para la lucha para satisfacer sus necesidades

Autor:

Luis Hernández Serrano

Pedro Trigo, uno de los fundadores del Movimiento que ejecutó las acciones del 26 de Julio, y amigo de Fidel desde la juventud, contó que una noche, después de todo un día de recogida de dinero para la lucha, pasaron con Fidel por su casa. El pequeño hijo de este —Fidelito— de tres años, estaba enfermo. El apartamento se mantenía a oscuras… pues les habían cortado la luz eléctrica por no haberla podido pagar.

Fidel había tenido que escribir una nota para que el niño fuese visto por un médico amigo. Le preguntó a Pedro Trigo si tenía dinero encima. Los cinco pesos que Trigo pudo darle los dejó en la casa para medicinas o algún alimento, y continuaron con los quehaceres revolucionarios hasta la madrugada.

En el momento que eso ocurría, según Trigo, Fidel llevaba en sus bolsillos más de cien pesos que ya habían recaudado ese día para el Movimiento.

Esta situación apretada económicamente para el joven abogado no era nada nuevo. Antecedía al golpe del 10 de marzo de 1952. Su dedicación honesta a la lucha política dejaba poco margen a su actividad como abogado. Y aún así, el poco tiempo que dedicaba a su profesión lo empleaba en la defensa de gentes muy humildes que carecían de recursos para pagarle honorarios.

Después del golpe batistiano su situación económica se hizo mucho más crítica. Un mediodía, al salir de Prado 109, donde radicaba la casa donde se reunían jóvenes del partido-movimiento revolucionario fundado por Fidel, no encontró su viejo automóvil donde lo había dejado parqueado. ¿Se lo habrían robado? La realidad era otra, pero no menos dura: al no abonar las mensualidades, la empresa financiadora se lo había quitado. Taciturno, Fidel llegó hasta el timbiriche donde acostumbraba a tomar café.

Solo quería una taza y fumar un tabaco. No había almorzado. Se lo dijo al dueño. Pero también le confesó que no tenía dinero. Y como ya debía unos cinco pesos en ese lugar, el hombre se negó a seguirle dando crédito. Fidel caminó por Prado, por Colón y llegó a Zulueta. Observó las postas armadas del Palacio Presidencial y sintió la distancia descomunal entre el poderío de aquel régimen que él luchaba por derrocar y su situación concreta para lograrlo. Su rostro se ensombreció. ¿Por qué los políticos que contaban con los medios suficientes no le facilitaban los recursos para luchar? Él solo quería fusiles para iniciar el combate.

Maquinalmente, al llegar Fidel al Parque Central, donde rige la estatua de Martí, se detuvo a leer los titulares de los periódicos puestos en el suelo para su venta. En sus bolsillos ni una moneda de cinco centavos para un ejemplar.

Circuló entre la muchedumbre que abejeaba en sus compras por las grandes tiendas de la calle Neptuno; rebasó el lujoso centro comercial de Galiano, y siguió a pie varios kilómetros hasta el pequeño cuarto de un hotel para estudiantes donde estaba residiendo con su familia. Esta acumulación de situaciones lo hicieron sentirse amargado, pero a la vez resuelto y decidido a seguir adelante. Se recostó en la cama. Quedó dormido. A las cinco de la tarde despertó. Y se lanzó a la calle a proseguir su trabajo conspirativo.

Fuente: El Grito del Moncada, Mario Mencía, p.p. 411 y 412, tomo II, Editora Política, La Habana, 1986.

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