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Harriman: enemigo infiltrado

Un profesor de Educación Física y veterano del Ejército norteamericano intentó minar las filas del Movimiento que protagonizó los hechos del 26 de Julio de 1953, pero chocó con la sagacidad y entereza de los revolucionarios

Autor:

Luis Hernández Serrano

Hablaba con los dientes apretados, como masticando las palabras. No se llamaba Harriman, sino Isaac Santos, profesor de Educación Física. Conocía la técnica militar, pues era veterano del Ejército estadounidense en la agresión al pueblo coreano. También sabía de defensa personal, por ser judoca. Su tarea era entrenar en la Universidad de La Habana a los futuros asaltantes del Moncada, aunque desconocía su objetivo real.

En abril de 1958 lo vieron preso en el Castillo del Príncipe con muestras de torturas. Ya entonces había preparado a cien hombres. Uno de los jefes de la célula de Faure Chomón, contó que Harriman delató a sus seguidores con nombres y apellidos, y todos fueron apresados y encarcelados. Por eso se sospechó que era del FBI o de la CIA.

Según narró el moncadista Ernesto Tizol, «nunca se tuvo entera confianza en él, y demostró que quiso captar nuestra gente y desmembrarnos».

«A mí pretendió captarme —agregó Tizol—, pero al final se  aprovechó bastante lo que enseñaba y sirvió después para continuar el entrenamiento.

«Intentó copiar los nombres de los que integrábamos el Movimiento, en las fichas del resultado de las pruebas, pero le impedimos su acceso a ellas».

Luego de una sesión de entrenamiento invitó a Tizol a un refresco en el café habanero de San Lázaro e Infanta. Ya  sentados, le tiró arriba de la mesa una chapa de la Policía secreta de Batista.

«Me quedé blanco. Y me dijo: “¿Te asustaste?”… Perdí el habla, no sabía qué contestarle. Y agregó: “Esto es para taparme. La llevo para no tener problemas, pero yo no pertenezco a eso”, aclaró y empezó a preguntarme qué creía yo del Movimiento y de la gente.

«Todos están muy entusiasmados… Vamos a sacar un buen grupo», le dije.

—Sí, pero es una lástima su dirección, me contestó.

—¿Cómo su dirección? —le indagué.

—Sí, Fidel y Abel. Son comunistas. No sé cómo has caído en eso; tú eres serio, con otra formación —sentenció.

—Les tengo un gran aprecio y los conozco como ortodoxos —le aseguré.

—Sé lo que te digo. Es un movimiento controlado por los comunistas. No debes integrarlo. Hay grupos más puros y democráticos —comentó.

«Le hablé sobre la democracia». Al terminar aquel diálogo, Tizol se lo contó todo a Fidel, quien ya tenía otras referencias del personaje y le dijo: «No sé si será de los Auténticos, de la Triple A, de otro grupo o un agente extranjero, pero estoy seguro de que es un infiltrado».

Fidel le orientó dejarse captar junto con Ernestico de Armas, de Colón, que estaba en el Movimiento, al que Harriman le había tocado el tema.

«Harriman nos citó para una casa y nos dio instrucciones para captar a los demás compañeros. Pero se determinó recesar el entrenamiento de la Universidad, ya en los días de fiesta de diciembre de 1952. Se rompió el contacto con él y se le compartimentó. Ya iniciado 1953, recomenzamos el adiestramiento fuera de La Habana, en distintas fincas y sin más relación con la colina universitaria». El caso Harriman no fue el único.

Fuente: El Grito del Moncada, Mario Mencía, p.p. 283,286 y 287. Tomo I, Editora Política, La Habana, 1986

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