De la cabeza al cielo - Cuba

De la cabeza al cielo

Así habrá que valorar siempre la determinación de una joven que se rebeló contra las «minúsculas» visiones de quienes solo confían en el estándar, y no vislumbran las estaturas de la voluntad

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Dannelis Tousón Ortiz lloró de alegría, y rió de añejas tristezas, al recibir el Título de Oro como graduada en la Facultad de Ciencias Médicas de Manzanillo hace unos días. La muchacha se empinó sobre su estatura de un metro 34 centímetros y se abalanzó sobre su madre, un centímetro más pequeña que ella. Solo ellas sabrán qué trascendencias musitaban, entre salvas de aplausos…

Aquel abrazo se hubiera perdido en la platea del teatro si no fuera porque todos, alumnos y profesores, sabían qué se estaba premiando ese día, más allá de la blanca bata para iniciar la consagración médica: el derecho a crecerse por sobre los golpes bajos de la genética, y la rebeldía ante la minúscula incomprensión de los humanos que piensan en chiquito.

De retorno a su hogar en Vado del Yeso, en el municipio granmense de Río Cauto, Dannelis recorría en retrospectiva la larga carrera con obstáculos que un enanismo y otras limitaciones físicas le han impuesto a su férrea voluntad, en 26 años de vida. Aparte del tamaño, la joven nació con una luxación congénita B de caderas. Y desde los cuatro hasta los siete años, cuando cualquier niño salta, corre y juega, ella vivió prácticamente en hospitales. Le hicieron siete intervenciones quirúrgicas para alargarle las extremidades inferiores.

Enyesada frecuentemente, iba a la escuela en un coche, de la mano de su madre, que ha sido su guía y la espada para hacerle trizas timideces, complejos y dubitaciones. Por esas compensaciones sabias que tiene la vida para los que sufren, Dannelis brilló por su inteligencia y consagración en la escuela primaria, en la secundaria y en el Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas Silberto Aroche, de Bayamo.

Solo ella sabe cuánto pasó para hacerles ver a los que solo aceptan el estándar en la vida, que la pequeñez física puede albergar la grandeza de la cabeza al cielo, Napoleón Bonaparte verbigracia. Cuántas miradas indiscretas, conmiseraciones absurdas y hasta alguna que otra burla de fatuo e insensible necio…

Quizá porque creció prácticamente entre salas de hospital, Dannelis se aferró a la Medicina. Desde pequeña soñaba con asumir esa generosa profesión, para mitigar en otros el dolor que le hizo empinarse siempre por sobre su pequeñez física. Con un índice académico de 99,17 concluido el preuniversitario, pidió en primera opción la carrera de Esculapio. Y ahí explotó la tragedia, cuando en el Instituto le plantearon que por su tamaño no podía estudiar Medicina…

La joven lloró y me escribió a la columna Acuse de recibo de Juventud Rebelde, el 16 de agosto de 2007. «Siempre he superado los obstáculos que el destino me ha puesto», confesaba en aquella carta que, no más revelada públicamente, se convertiría para muchos cubanos en la porfía entre la libertad de crecerse y la cortedad del esquematismo y las segregaciones.

Comenzaron a llegar a esta redacción cartas y llamadas telefónicas de apoyo a Dannelis. Y entre ellas, revelé el 23 de agosto, bajo el título Argumentos de altura, un testimonio decisorio, un verdadero espaldarazo del doctor Roberto Mederos, en la capital.

Mederos confesaba que medía un metro y 30 centímetros de estatura, sufrió nueve intervenciones quirúrgicas de niño y era todo un discapacitado con grandes limitaciones motoras. Pero estudió Medicina, se graduó en 1969 y obtuvo su especialidad en 1975 con calificación de cien puntos. Ejerció la carrera 33 años, ocupó responsabilidades asistenciales, científicas, administrativas y docentes, hasta que se jubiló.

«Démosle un voto de confianza a esa decidida muchacha, y estoy seguro de que no nos defraudará», sentenciaba el doctor.

Ese mismo día revelé el mensaje edificante de la lectora María Adela Sánchez, quien contaba el caso de una entrañable amiga que, producto de un accidente de tránsito cuando niña, perdió sus dos piernas. Y así y todo estudió la carrera de Estomatología y llegó a convertirse en una excelente y respetada profesional.

Mientras tanto, lágrimas y lágrimas de Dannelis allá en Vado del Yeso; hasta que el 7 de octubre de 2007, revelé en la misma columna Acuse de Recibo la respuesta del Doctor Roberto González, desde su cargo de viceministro de Docencia e Investigaciones del Ministerio de Salud Pública.

González levantaba el caso de Dannelis como un estandarte de la necesaria igualdad de oportunidades: la joven había expresado su inconformidad en Educación, pero nunca con Salud Pública, ni con la Facultad de Ciencias Médicas.

Ya en una fecha anterior, el 27 de agosto, la Comisión Médica que dictamina la posibilidad de un joven aspirante de acceder a la carrera, había visitado a la muchacha y diagnosticó que ella podía estudiarla, porque reunía las condiciones integrales para ello. Lo demás fueron los trámites necesarios, pues Dannelis ya había optado por la Licenciatura en Tecnología de la Salud.

Y para colmo, el 18 de noviembre de 2007, el sensible periodista Osviel Castro, corresponsal de Juventud Rebelde en la provincia de Granma y por demás leal amigo, testimoniaba con hondura la felicidad de «la pequeña gigante» en la Facultad de Ciencias Médicas de Manzanillo.

«Dannelis se pinta dentro de seis años vestida de esperanza —vislumbraba Osviel—, entre niños de su propia estatura, que la abrazan y la miman como hicieron con ella en un período duro. Y sus sueños se hacen miel en una sonrisa infinita».

Y luego de casi seis años, cuando un tropel de dramas humanos ha circulado por la sección Acuse de Recibo, como para no sorprenderme ya con casi nada, Dannelis me estremeció con la certeza de la fe y de la confianza en el ser humano.

En vísperas de su graduación en la Facultad de Ciencias Médicas de Manzanillo —la de Esculapio le costará toda la vida— la «pequeña gigante» me escribió feliz, para agradecerme a mí y a todas las personas que la apoyaron, a todos los profesores y condiscípulos que hicieron posible esta dicha. Pero, al final, todos tendremos que agradecerle siempre a Dannelis esta lección de persistencia y grandeza que nos ha propinado, más allá de la fría cinta métrica con que algunos pretenden medir el valor de las personas.

Respaldo silencioso

Este reportaje no hubiera sido posible sin el alerta, la cooperación en fotos y el respaldo silencioso de colegas amigos en la provincia de Granma, como Giordan Rodríguez Milanés, David Rodríguez y Roberto Mesa. Y sobre todo, por la generosidad de Osviel Castro quien, desde su misión profesional en Caracas y aún siguiendo la historia de Dannelis, prefirió callar para que yo contara esta historia con final abierto.

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