Para que gane la honestidad

Arropado en nuevas vestiduras y aprovechando la erosión de ciertos valores en nuestra sociedad, el fraude escolar intenta que las miradas de la honestidad y la crítica pasen de largo y no reparen en él. Un reciente reportaje sobre el tema movilizó criterios de numerosos lectores, quienes se inclinaron por no ceder ni un tantico así en el pulso contra ese vicio

Autor:

Javier Dueñas

Aún siguen llegando a la Redacción opiniones de los lectores sobre el reportaje Una nota a toda costa, y costo*, publicado el domingo 21 de julio.

Dicha indagación puso en el colimador al fraude escolar, convertido en una práctica en no pocos centros educacionales. Arropado en nuevas vestiduras, el pernicioso fenómeno intenta que las miradas de la honestidad y la crítica pasen de largo y apenas reparen en él. Y sí que lo ha conseguido allí donde la tolerancia y el afán de lucro le permitieron echar raíces, pero su desenlace final está por verse.

Ni un tantico así debemos ceder ante el fraude: en eso coinciden numerosos criterios, tanto algunos recogidos para el reporte periodístico como los que su publicación suscitó. Cual caballeros andantes defensores de la ética, los lectores no dudaron en romper lanzas contra ese dragón de varias cabezas…

Y antes de adentrarnos en el fértil terreno de las ideas, una aclaración se antoja necesaria. Quienes sigan estas líneas hasta el final advertirán que muchos lectores no emplean su nombre y apellidos al opinar, sino un identificador o seudónimo (también se le denomina nick). Se trata de una práctica generalizada entre quienes se relacionan a través de Internet. La persona no se oculta, sino que utiliza esa identidad como carta de presentación para comunicarse con otros integrantes de la comunidad virtual, y esa decisión no le resta valor a sus juicios, algo que el amigo lector podrá corroborar.

No, no y no

Gustavo, solo así se identifica,  confesó: «He leído con dolor su artículo, y me vienen a la mente frases y recuerdos que pareciera que solo quedaron en eso… Luz y Caballero dijo: “Instruir puede cualquiera; educar, solo quien sea un evangelio vivo”. Los errores en la educación tardan generaciones en corregirse».

Para Pepe, «esta es solo una pequeña muestra del fenómeno de la corrupción… Creo que es hora —más vale tarde que nunca— de tomar las medidas, a todos los niveles, que pongan freno a este cáncer».

«El actual sistema de educación de Cuba se pagó con la sangre de mártires (de la lucha contra Batista) que contaban 14, 16, 18, 20 años en muchos casos y que incluso en su época no habían podido acceder a la Universidad por falta de dinero y recursos, reflexionó Gualterio Núñez Estrada. Los jóvenes conocen esto de oídas, o por lecturas o anécdotas de sus familiares, pero siendo un niño vi cómo los mataban a pistola vaciándoles un peine a sangre fría cuando estaban ya desarmados… Eran todos jovencitos como ustedes y nunca vi que tuvieran miedo a nada, pese a que podían ser asaltados en una casa llena de armas, niples y bonos del 26 de Julio. Todo eso se pagó con sangre. Recuérdenlo…».

Doñana evocó que siempre fue una práctica que los profesores pasaran por las mesas de los estudiantes para indicarles cualquier error el día del examen, pero «lo que está sucediendo actualmente es producto de la crisis y la falta de recursos. La gente se desmoraliza… Se debe recuperar la moral y el prestigio de los maestros».

C. F. Serrano sintió «dolor, pena, vergüenza… Los valores no se forman o deforman en un día. Erradicar esas distorsiones no es tan sencillo como cumplir un plan de producción; puede llevar más tiempo del que creemos».

Carol consideró un alivio que se haya escrito sobre el tema y la práctica de vender pruebas. «Tengo vecinos cuyos hijos no pagaron y por poco no obtienen su carrera preferida a pesar de tener excelentes notas, ganadas con estudio y sacrificio, mientras otros pagaron durante años y al final tuvieron algunas décimas de más en su promedio final. Sí, fraudes a plena luz del día y —lo peor— los alumnos viéndolo como si no fuera un fraude, como algo ya natural. Gracias a los periodistas por un trabajo honesto y muy completo; quizá todavía estemos a tiempo…».

José M. Calero Gross considera que es necesario actuar de manera ejemplarizante con los maestros que incurren en actos de fraude. «Nuestro Estado no puede permitir que esas aberraciones destruyan el porvenir del país».

A Jorge Luis Mendoza Aguilar le provocó mucha indignación lo expresado en el reportaje. « No puedo comprender el nivel de deterioro de esos profesores… Si no se evalúa de manera muy rápida lo que está sucediendo habrá que hacer examen a los que se gradúan, pues no sabremos exactamente qué conocimientos dominan. Si es necesario volver a las aulas, yo seré el primero en tomar la tiza y mis cuadernos, pero esto tiene que parar».

Para Zaida, «en cualquiera de sus manifestaciones el fraude es amoral. Lamentablemente, el afán de lucro de algunos empaña la labor de otros que tienen muy en alto la ética pedagógica, y se esfuerzan diariamente por llevar a sus alumnos el saber y estimular la sed de conocimientos para formar personas dignas y honestas».

Alvino estima que la situación descrita tiene implicaciones muy serias, pues «si se venden exámenes, los pueden comprar los que están mal pero también otros que aspiran a carreras de las más difíciles…». Le preocupa incluso que «este año se retiraron exámenes de aptitud para acceder a carreras como Diseño y Medicina», situación que ameritaría otro análisis, pues a su modo de ver esas pruebas estaban más que justificadas y eliminar las de otras carreras podría «facilitar el caos».

A fondo

Una cifra significativa de quienes opinaron se adentró en las causas que pueden estar incidiendo en que el fraude escolar haya ganado terreno. René aprecia que hoy la batalla contra lo denunciado es «más dura, porque se trata del fraude moral y de principios que se ha desarrollado en estudiantes, muchos de ellos hombres y mujeres ya. Más doloroso resulta pensar en médicos u otras disciplinas ligadas a las leyes que luego tendrán que atender a los ciudadanos o a su propia familia careciendo de los conocimientos verdaderos».

«Un tema sobre el que debemos meditar —expresó Julio— es la elección de quienes se van a formar como profesores. Cuando estudié para optar por carreras pedagógicas eran necesarios el índice académico y la vocación, pero también se medían aspectos relacionados con la conducta mantenida como estudiante.

«No conozco ningún caso (de fraude), solo sé de este fenómeno de oídas, pero sí se de profesores que exigen, por ejemplo, la forma de vestir y hasta de peinarse de los alumnos, y sin embargo estos mismos profesores asisten al aula con pantalones a la cadera, con gorras de medio lado, fuman en los turnos de clases… Si las direcciones de los planteles no ven esto, ¿entonces cómo vamos a hacer para que se descubran esas formas sutiles de fraude?».

Don convidó a tener en cuenta «la mala actitud de profesores que realizan repasos a sus propios alumnos luego de concluido el día de clases, por 20 pesos… Hay que irle arriba a ese tremendo problema, y de manera ejemplarizante».

Explicó además que sus tres hijos estudian y no han caído en la penosa y degradante situación de la compra de exámenes o de notas. Sin embargo, tiene razones para estar más que preocupado.

Por ello, le inquieta sobremanera el efecto combinado de lo que calificó como enseñanza que «no es objetiva, nada práctica y actualizada» y el fraude. «¿Qué recogerá nuestra patria en tiempos no muy lejanos?... Esto debe ser un llamado de máxima alerta para el Estado, los padres, los maestros y todos los que nos vemos involucrados en la educación de nuestro futuro, que al final es el de ellos mismos. Veo esto tan serio como estratégica es la batalla por la alimentación del pueblo», concluyó.

Aníbal García sintió una tremenda decepción con que estén pasando esas cosas, y piensa que están vinculadas a los errores que se cometieron con la (falsa) unanimidad y que la sociedad no mirase a sus problemas con la sistematicidad y agudeza necesarias.

Aunque ya no trabaja en Educación, Alexander Castellanos Morales cree que el principal problema está en que «al profesor lo evalúan no por su desempeño en clases, sino por la cantidad de alumnos aprobados. Prácticamente la evaluación se basa en los aprobados. El daño fundamental está allí. La familia influye pero no determina… Ya los estudiantes saben que, de una forma u otra, el maestro al final les dice, porque después de un año de trabajo ninguno está dispuesto a que le den mal en la evaluación por tener alumnos suspensos. De eso se aprovechan los “profesores” sin moral para sacar ganancias…».

Respecto a este problema «todos tenemos algo de culpa», señaló el internauta identificado como PM, quien fue otro de los que insistió en la influencia que podría tener el promocionismo en la evolución del fraude pues, hasta donde ha podido indagar, no recibe la mejor evaluación aquel docente que no tiene buena promoción, y ello obedece a orientaciones institucionales. Motivado por experiencias muy cercanas, otro lector, FPLA, opinó al respecto que el fraude más grande se comete cuando la «orientación» es aprobar a todos.

Maura Clavelles Olivares coincidió en que ha habido hechos de fraude desde hace años y su génesis está en «el deterioro de nuestro sistema educativo como consecuencia de la crisis económica». Estima ella que buena parte de los maestros no están preparados para transmitir los conocimientos, y a ello se suman las malas condiciones de trabajo en que desempeñan su labor y su poco reconocimiento social, aunque nada justifica la comisión de fraude. Resaltó además, la importancia de emplear adecuadamente lo que considera mecanismos de control, entre los cuales mencionó las preparaciones metodológicas y la supervisión de clases. «Creo que es muy positivo que se hable sin miedo sobre estos temas: todos debemos contribuir a la educación de nuestros hijos. Todo empieza con la familia y su accionar; luego siguen la escuela y la sociedad en su conjunto».

«Es triste que tengamos que combatir este tipo de fraude, de mercadeo de notas y exámenes», reflexionó Beatriz Hernández. «Desde que se permite que los profesores reciban regalos en el Día del Educador —que ha perdido valor como reconocimiento a los docentes y se ha convertido en la exposición de diferencias y desigualdades en el trato de alumnos y padres— hasta pasando al escalafón —donde la influencia que tienen los profesores es por las notas y las evaluaciones a criterio—, era de esperar que el fraude tomara estas magnitudes… Se debe valorar las formas de evaluación y los métodos porque, como se demuestra en el artículo, los que existen hoy no son eficientes».

Muy cercano al fraude están los mecanismos dilatorios, esos que constituyen trabas a las gestiones públicas y se entroncan con el delito, advirtió el internauta identificado como Mi Equipito. «Lo que no entiendo es que, en medio de esta batalla, se generen ciertas trabas. Como estudiante jamás se me impidió ver mi examen y los errores que cometía, aspecto fundamental para una buena autopreparación… ¿Por qué en nuestros días los estudiantes no pueden ver sus exámenes si no es a través de una llamada reclamación, adornada de limitantes en tiempo y formalismos…? Al final, no puede uno ver su examen y arrastrará sus deficiencias sin conocerlas. Esto debe revisarse. A muchos estudiantes quizá no les interese, pero a otros sí. Hoy la presencia de los exámenes en un tribunal se está esgrimiendo como una causa para que a los estudiantes no se les enseñe su examen. Terminada la revisión, este debe retornar a la escuela y se debería permitir al estudiante verlo sin tantas trabas».

D.C.R. propuso que se creen en las escuelas y direcciones de Educación —y si existen, hacerlas visibles— facilidades para realizar denuncias sobre hechos de fraude escolar, y que se le dé seguimiento a estas rápida y consecuentemente, porque «hemos llegado hasta aquí por pasarle la mano a los profesores… Hay que ser firmes y mantener la ética ante todo. Al final el dinero se gasta y la moral y la vergüenza se pierden para siempre».

Para Alessandro este mal venía ganando espacio en nuestro sistema de enseñanza desde antes de la crisis de los 90. El período especial sí laceró moralmente a la sociedad cubana, pero tales demonios se gestaban subrepticiamente mucho antes, afirmó.

En la misma cuerda de distinguir qué otros factores pudieron habernos traído hasta aquí, cree el lector que, de modo paulatino, el discurso vulgar arropado con una dosis popular y cultural se apoderó de la vida social, incidiendo en que se priorizaran otros valores por encima de los morales. Añade que conoció a varios maestros normalistas —entre ellos su mamá— y de sus tiempos de estudiantes de magisterio solían recordar que les enseñaban hasta cómo debe caminar un educador y les exigían buena dicción y muchas otras cosas que —acota— lamentablemente algunos tildaron luego de «valores burgueses».

«Es muy importante el criterio de la Doctora Margarita Mcpherson, viceministra de Educación, que se incluyó en el reportaje, respecto al interés de los estudiantes en aprender, motivarlos a la búsqueda del conocimiento y la investigación, opinó Sandra. «Sin embargo, precisó que por el rápido avance del mundo, parte de los contenidos y la forma en que se imparten se han quedado atrás, provocando que muchas veces nuestros estudiantes se cuestionen por qué tienen que aprenderse algo que no ven cómo les servirá en su vida futura», a lo que se añade que otras informaciones que necesitan quedan fuera de los programas escolares.

«Si la formación de un profesor es limitada —como sabemos que pasa hoy— y la tendencia actual mira hacia la promoción, prácticamente a toda costa, es casi imposible garantizar el interés por el estudio y la superación personal. No se valora ni se defiende lo que no cuesta sacrificio obtener.

«Es cierto que el sistema de evaluación garantiza un seguimiento y erradicación de problemas detectados en el diagnóstico inicial de los estudiantes, pero erradicar esas dificultades a veces deviene reto demasiado difícil para el maestro con escasa formación, que recurre al método más fácil con tal de garantizar la promoción. La pérdida de valores no es, a mi entender, la causa, sino la consecuencia de la mala aplicación de métodos y procedimientos establecidos en el sistema de educación. El valor se pierde cuando la práctica nociva se hace habitual y el paternalismo en el que hemos caído tanto padres como profesores sirve de buen aderezo para este fin».

La familia sí determina

Toyo fue profesor de preuniversitario: «Uno de mis hijos fue mi alumno, y sus pruebas las daba a calificar al subdirector docente. Era al estudiante al que más le exigía, por ética y por su bien. Hoy se lo agradece a todos los profesores que tuvo…».

Muy agradecida con el reportaje se siente Pilar, a quien le preocupa que el fraude escolar también esté apareciendo en otras provincias, a juzgar por opiniones sobre hechos similares que escuchó en Santiago de Cuba. «Esto hay que frenarlo ya, pues ¿qué futuro le espera al país con profesionales cuya preparación académica haya estado convoyada con el fraude? Los padres son los principales responsables, aunque no es menos cierto que al final uno ve que estos fraudulentos se le van por encima a tu hijo, que se pasó todo el año estudiando, y son aquellos los que obtienen las carreras más demandadas».

Madelyn Santoyo quedó impactada. «Podía percibir los problemas de la Educación, sobre todo en cuanto al dominio y profesionalidad de los profesores, la calidad de las clases y la diferencia marcada del sistema respecto a etapas anteriores… Fui víctima de otro tipo de fraude: vi cómo madres profesoras o metodólogas entraron al aula a decirles a sus hijas respuestas de las pruebas de ingreso para la Vocacional, o utilizaban a la profesora que cuidaba diciéndoselas desde la ventana… Siempre estuve orgullosa de mis notas y de que mis resultados fueran míos. Me esfuerzo por inculcarle eso a mis hijos, que apenas tienen tres y cinco años, pero siento dolor de ver a lo que se van a enfrentar y cómo puede eso afectarles».

«Muy bueno el artículo, pero ojalá se tomen medidas. Sé que lo han hecho en los lugares donde recientemente trascendieron los hechos, en La Habana, pero eso está pasando en otros», comentó el internauta Ldeco. «No me refiero a la venta del contenido de la prueba, pero sí a favores que permiten subir la nota y a alumnos que han tenido que pasar presiones de los profesores para ver si “sueltan” algo. Los padres que no permitimos eso les decimos a nuestros hijos: “estudia y llegamos hasta donde sea por reclamar tu derecho”. Otros se rinden y pagan. Estos pasan el curso felices y, cuando llega la prueba de ingreso a la educación superior, “se caen”, mientras los honestos sacan cien… El papel de la familia para mí es básico… Les digo que se puede».

«Gracias a la Revolución nos ganamos el derecho de tener una educación gratuita y para todos, y se han perdido los valores al punto de que hay quien no estudia, compra preguntas o un examen y aprueba sin tener los conocimientos. ¿Dónde están los valores de esos maestros formados por la Revolución?», expresó Asela.

«Pero lo más lamentable es que haya padres que se dejen estafar y les den a sus hijos una educación falsa y sin valores. Luego son esos los graduados ineficaces… Los valores y la disciplina empiezan por la familia.

«Hay que buscar las causas que están originando estos problemas, analizar qué ha pasado… Quisiera ver un día en el periódico una foto, dos, tres, las que sean necesarias, de quienes se dedican a hacer estas cosas… Basta ya de paternalismo».

Cerrando filas

Después de leer estas líneas me dije que no todo está perdido, aunque el desafío de cortar las raíces del fraude se torna más serio de lo pensado, pues a las manifestaciones de antaño se unieron en tiempos recientes otras, muy sutiles, que pueden articularse desde la actuación del maestro. En la selección y preparación de ese eje del proceso docente-educativo habrá que poner más empeño e intención.

No bastará con captar más jóvenes con vocación y dotarlos de los conocimientos para que sean evangelios vivos. Tampoco que tengamos claros los reglamentos. Hay que conversar a camisa quitada y cerrar filas, compartiendo la certeza de que incurre en una colosal inconsecuencia quien permite que el fraude ensucie el alma de un adolescente que jura todas las mañanas, frente a su bandera, que será como el Che.

La dimensión subjetiva de este fenómeno y su enfrentamiento también nos incluye a los familiares y amigos de los educandos, entre los cuales puede haber quienes piensen como el lector Eddy Maikol: «No es malo hacer fraude —dijo— puesto que no todos captamos de la misma manera, no tenemos los mismos conocimientos ni inteligencia…».

De reconocer esta última condición parte precisamente la labor del maestro, para dar a cada alumno la atención necesaria y ayudarlo a ser mejor, lo cual es muy diferente de promoverlo sin que haya vencido indispensables requisitos.

De todos modos, cabría preguntarle a este lector qué gana con autoengañarse, y si ha puesto atención a lo que implica levantar su vida sobre un esfuerzo que no es suyo. Si el edificio de la existencia propia se puede construir sobre pedestales de acero, ¿qué sentido tiene moldearlos con barro, exponiendo a que se desplome con el más sencillo accidente de la cotidianidad? ¿Qué consejo habrá faltado en un caso como este, qué charla mirando a los ojos, qué momento de ser firme y decir: «De mi bolsillo no sale un centavo para pagar un examen»…?

Importante es que meditemos acerca de cuánto más podemos hacer todos, a diario, para ganar a los jóvenes para la senda del amor al conocimiento. Es un camino angosto y difícil, pero ¿cuál no lo es? Si usted lo venció sin incurrir en un acto con serias implicaciones legales, ¿por qué no podrían hacerlo ellos? Si mis padres me trajeron hasta aquí sin corromperse, ¿por qué no puedo lograrlo yo con mis hijos?

Razón no falta a quienes consideran que el contexto es más agresivo que 20 años atrás —el mundo se revuelve entre oleadas de podredumbre, y hasta ídolos del deporte y otros ámbitos se han dejado tentar por falsedades de toda índole— pero, ojo con ser deterministas o tratar a los escolares como víctimas: conozco a muchos, «escapados» o no, y me percato de que pueden ser mejores que nosotros. Démosles las herramientas para que no los gane la deshonestidad.

*En la investigación para este reportaje participaron Margarita Barrios y los estudiantes de Periodismo Sandra Justiniano, Aymara Vigil, Jennifer Rodríguez, Saimi Reyes y Ernesto Guerra.

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