Entre los montes con Camilo - Cuba

Entre los montes con Camilo

De andar rápido y conocedor de las maniguas, Cuco Rivero marchó con el Señor de la Vanguardia por el norte de la región central de Cuba

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

CIEGO DE ÁVILA.— Que nadie lo llame por su nombre. Si quieren identificarlo, si nadie desea perderse en averiguaciones, no pregunte por Jesús Caridad Rivero Ramos. No lo haga porque enseguida un rostro lo mirará extrañado. «¿Jesús, qué...? ¿Quién es ese?», dirán. «Un señor bajito, que se alzó en las lomas de Florencia y anduvo con Camilo», explicas. Y entonces una mano empezará a rascar la cabeza, mientras se repite en un susurro lejano: «Jesús..., Jesús...».

No lo haga; en cambio pregunte por Cuco Rivero, el del sitio pegado a los Boquerones. El hijo de Monono y María. Y la gente abrirá los brazos y gritará: «Ah, caramba, sí. Cuco Rivero..., cómo no». Y empezará a escuchar historias de rebeldes en las montañas, de caminatas por el monte con el agua al pecho. Y de la vez en que le dieron candela a una alcantarilla pegada al cuartel de Florencia. Y de cómo en una oportunidad fueron a hablarle a la mamá para que convenciera al hijo y se entregara, y la respuesta fue: «Yo no le doy ese disgusto a mi muchacho».

También escuchará de cómo se metió en el pueblo por allá, por los días cercanos a la huelga del 9 de abril, para ver a Israel Companioni, el jefe del 26 de Julio en la zona y entonces sabrá, entre otros detalles, que tocó la puerta y dijo: «Dime qué hago y rapidito, que un chivato me vio y los guardias vienen para acá». Muchas historias le escuchará a Cuco Rivero, un hombre a quien  no le gustan las entrevistas y de quien sus compañeros aseguran: «Ese sí es guapo, ese no tiembla con los plomos al lado».

«Qué guapo ni guapo —riposta Cuco cuando oye el cuento—. ¿Qué cosa es eso de decir que uno es más echa’o pa’ lante que nadie? —Se aprieta unas manos ásperas—. ¿De dónde sacaron esa historia? Allí todo el mundo se fajó. No le hagan caso a la gente».

Pero hay que ir a él. Porque en la cama de sus padres durmió Camilo Cienfuegos. Su familia de diez hermanos ayudó a la Columna Antonio Maceo, un primo suyo —Teófilo Rivero— fue quien los guió por las lomas cuando salieron de los cercos en los pantanos de Baraguá y un integrante de la célula de Cuco, Joseíto Neyra, fue quien tendió la soga en medio del río crecido para que los rebeldes pasaran a Las Villas. Muchas historias tiene Cuco y algunas él las cuenta ahora.

«Oiga, Camilo está en mi casa»

Dice Cuco que al llegar Camilo a Florencia, al norte de Ciego de Ávila, él permanecía en Camagüey en casa del doctor Moncada, un médico del 26 de Julio. «Fui a unirme a su tropa y él ya andaba por mi casa —relata—. Yo llevaba como tres días escondido en un cuarto sin salir a ningún lado. Conmigo solo había tres mujeres. Dos que vivían allí y una jovencita, que la bajaron de la Sierra con un tiro y la cuidaban en la casa. En eso, como por la madrugada, un poquito antes del amanecer, llegó una de las señoras y anunció: «No podemos unirte a Camilo, ahora él está entrando a Boquerón». Pegué las manos a la cabeza: «¡Oiga, si está en mi casa!».

«Ella miró asustada: “Vamos a ver qué se puede hacer”. Al otro día las dos mujeres me llevaron para la terminal de ómnibus, me dieron 14 pesos y salieron a la carrera. Monté una guagua hasta Santa Clara, luego un tren para General Carrillo y después a monte limpio llegué con la gente de mi Columna, la Marcelo Salado, que dirigía Regino Machado y operaba al norte de Las Villas.

«Los rebeldes venían que daban grima. Sucios, con los uniformes rotos. Muchos andaban sin zapatos y tenían el cuerpo lleno de magulladuras. A Orestes Guerra, el jefe de la vanguardia de la Columna, le pedí: “Oye, quiero saber quién es Camilo, llévame a conocerlo”. Me tomó del brazo: “Ven acá”, y señaló a un hombre flaco, alto, con una melena y una barba negra y bien tupida. “¿Lo ves? —dijo—, ese es Camilo”».

Un jefe jueguetón

«Hay cosas que si no se viven, no se creen. ¿Ustedes se imaginan a un jefe juguetón con sus soldados? Ese era Camilo. Siempre andaba en alguna maldad con la gente de su confianza; cuando no empujaba a uno, tumbaba a otro de la hamaca. ¿Cómo un Comandante puede hacer eso? No me lo explico, pero él lo hacía. Ahora, cuando debía ser recto la cosa se ponía fea y si era a fajarse a tiros, había que aguantarlo.

«¿Saben una cosa? A él casi lo matan en el combate de Venegas. Soltaba tiros a pecho descubierto, y en eso Orestes Guerra se metió en el medio y de un disparo “limpió” a un casquito que estaba en la azotea del cuartel apuntando a Camilo, listo para matarlo. El tiroteo siguió y cuando los guardias iban a rendirse, ya él se les había metido adentro por el patio.

«Era muy tratable, la verdad. Solo una vez lo oí dirigirse a una persona con una mala contesta. Fue durante el cerco al cuartel de Yaguajay. Yo estaba metido en una trinchera con mi primo Teófilo y unos metros más al lado, en otro hueco, andaba un jovencito. Casi no teníamos balas, tres o cinco por rebelde. Metíamos un tiro y nos agachábamos.

«Camilo apareció en un recorrido con tremenda cara de amargura. Lógico, una guarnición tan grande y nosotros sin proyectiles. ¿Cómo lo íbamos a rendir? Al pasar, el muchacho se quejó: “Camilo, me quedan solo cuatro balas, ¿qué hago?”. Él se encabronó: “Tíralas y vete al cuartel a buscar más, que yo no tengo nada para darte”».

Hay que encontrar ese fusil

«Pero esa contesta no era común. Más bien lo contrario. Él podía ser juguetón, amable, recto y humano. Todo en una sola persona y sabía bien cuándo tenía que ser cada cosa. Cuando su tropa se recuperó un poco de la llegada, enseguida se puso en movimiento; pero en Vergara, Cartallos, uno de sus guerrilleros, fue con Pinares, el que después murió con el Che en Bolivia, y le dijo: “Se me perdió el fusil”. Al saberlo Camilo empezó a apretarse la barba. “No puede ser —repetía—, hay que encontrarlo... Pinares, tú sabes cuál es la sanción...” Mandó a buscar a Cheo Manigua, un práctico muy bueno de la zona y le indicó: “Vaya con el compañero a buscar el fusil”. Regresaron por la tardecita y el jefe se reía. Conocía que esas cosas pasaban por mucho que se exigiera. Cómo no lo iba a saber si a sus hombres se les veía el cansancio a la legua y unas rajaduras en los pies, como si los hubieran picado con cuchillas. Eran los cortes que dejaban las hojas del monte por andar descalzos».

Solo después de muerto

«Camilo una vez me prestó su fusil. Y eso en público nunca se lo conté a nadie. A Regino Machado le pidió un hombre rápido y conocedor de la zona de Vergara, y Regino me buscó. Delante de Sergio del Valle, Camilo me dio un sobre largo. “Solo después de muerto este sobre puede caer en manos del enemigo y solo después de muerto el encargo que usted traiga puede caer en manos de los casquitos”, indicó y enseguida dijo: “Toma mi fusil, que es más ligero que el tuyo”.

«El sobre se lo debía llevar a Simanca, un colaborador nuestro en Juan Francisco. La marcha fue dura. Por ese mes de octubre cayó un mundo de aguaceros. Como no podía coger los limpios, pasé el camino metido en el monte con el agua casi en la cintura y a veces hasta pegada a los hombros. Pero llegué en tiempo. Entregué el sobre a Simanca, y él y Tomasito —otro colaborador, el padre de la novia de Camilo— salieron con el documento.

«Los esperé oculto en un monte y al llegar lo hicieron con un paquete grande. Ni pregunté qué era. Mis únicas palabras fueron para saber por dónde viraba más rápido. En total el viaje duró tres días. Cuando llegué, Camilo abrió el bulto y yo quedé boquiabierto. Él se viró para Sergio del Valle y exclamó: “¡Eh!, ¿y este es el que decía que no cooperaba?”. El paquete estaba repleto de billetes. Resulta que por Vergara había un adinerado llamado Zacarías. Solo después supe que aquel hombre decía que Camilo estaba muy equivocado si creía que él los ayudaría. Y lo repetía y lo repetía hasta que le mandaron un sobre. Entonces se puso a colaborar con la guerra».

Pegado en el recuerdo

«Fíjense en las cosas que él tenía. Una pila de soldados le fue arriba al campamento de La Caridad. Mientras se acercaban, gritaban: “Ríndanse, ríndanse, que ustedes solo tienen unas escopeticas”. Cuando estaban cerca, en medio del silencio, se alzó la voz de Camilo: “Oigan cómo suenan las escopeticas”. Y se armó un tiroteo que tembló la tierra.

«Su llegada a Las Villas acabó con los problemas de desunión. Recuerdo que se sentó aparte con Regino y Félix Torres, el jefe de la tropa del Partido Socialista Popular. Yo no sé qué conversaron. Incluso antes de la conversación Regino reunió a su gente.  “Camilo está aquí —advirtió—; pero el jefe de ustedes sigo siendo yo”. Uno era analfabeto, pero se daba cuenta de las cosas y el grupito nuestro, el de Florencia, se agrupó y acordamos: “Regino podrá decir eso, pero aquí el jefe de verdad es Camilo”.

«El caso es que después del conversatorio se acabaron las desconfianzas y fuimos uno solo en los combates. Sucede también que Camilo se nos metió dentro y al verlo salir de un peligro grande nos daba una alegría tremenda, como si lo conociéramos de antes. Así fue con la tregua en Yaguajay, y él aprovechó para meterse dentro del cuartel para conversar con los guardias. El tiempo pasaba y no salía hasta que lo vimos. ¡Qué alegría nos dio! Avisó que el chino Abon Lee, el jefe del cuartel, no se rendía y de nuevo nos fuimos a meter tiro.

«Esa alegría uno nunca la perdía con él. Por eso la tristeza fue tan grande al saber que había desaparecido. Por eso también la gente lo buscó con tanto afán. Se hizo de todo; hasta escuchamos a las espiritistas. Por Florencia una mujer dijo que soñó a Camilo en una de las cuevas del lugar, y allá nos fuimos unos compañeros. Y nada. Un silencio y una tristeza grande fue lo único que encontramos. Después dijeron que apareció y empezamos a disparar al aire, para después caer en una tristeza más grande.

«Al final se perdió. Y a la pena le dio paso el recuerdo. Uno lo tiene metido aquí en la cabeza. Siempre riéndose, con sus bromas y su trato afable. Todo eso lo tengo escrito en un libro de décimas. Lo tengo escondido bajo la cama. Allí cuento mi vida completa. Es para mis hijos y nietos. Y para mí que, a veces, cuando estoy acostado, lo saco para verlo de nuevo en el recuerdo. Con esa risa que era solo de él. De mi Comandante Camilo Cienfuegos».

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