Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Una misión de José Antonio

Por vez primera el único delegado cubano al I Congreso Latinoamericano de Estudiantes, celebrado en 1955, en Montevideo, Uruguay, ofrece a la prensa su testimonio de aquel encuentro

Autor:

Luis Hernández Serrano

Han transcurrido 58 años de una de sus más importantes vivencias políticas de juventud. Es un hombre alto, canoso, ni gordo ni flaco, y está sentado en su casa, frente a este redactor, desgranando el recuerdo de su viaje a tierras sudamericanas, como único delegado cubano al I Congreso Latinoamericano de Estudiantes, efectuado en 1955, en Montevideo, Uruguay.

Es la primera vez que este ingeniero eléctrico, graduado en la Universidad de La Habana en 1960, se dispone a conversar con la prensa sobre el tema.

Luis Blanca Fernández cumplirá el próximo 15 de diciembre 80 años de nacido «en manos de una comadrona, en una estación ferroviaria y con el tren pitando, en el ramal Santa Cruz de los Ferrocarriles, en la provincia de Camagüey», comenta sonriente.

Nos cuenta que asistió a ese primer encuentro juvenil con 22 años, por orientaciones del entonces líder de la FEU, José Antonio Echeverría, y en representación de los universitarios cubanos.

«Yo era en aquel Congreso el delegado de la FEU. José Antonio me encargó asistir a ese evento, porque en ese tiempo era el secretario de Relaciones Exteriores de la organización en la Universidad de La Habana y estudiaba Ingeniería Eléctrica.

«La invitación fue enviada en un telegrama, directamente al líder máximo de los estudiantes de la Colina, pidiéndole que fuera él o designara a otro compañero.

«Me llamó y me dijo: “Debes ir a ese congreso tú, justamente por el cargo que tienes”. Y no puedo negar que agradecí con toda mi alma la encomienda, no solo porque venía de su enorme confianza en los jóvenes, sino porque sabía de antemano que sería una experiencia maravillosa en la capital de Uruguay».

Evoca que aquel fue un Congreso estudiantil sumamente importante, con jóvenes de unos 15 países de América Latina. El II se efectuó en Chile, al año siguiente, en 1956, cuando ya José Antonio Echeverría era una figura revolucionaria de personalidad internacional.

«Supe que en tierra chilena lo esperaron con los brazos abiertos, como uno de los más dignos representantes de la juventud cubana en general y de los estudiantes universitarios en particular.

«Del Congreso de Montevideo recuerdo la creación de una organización de lucha contra las dictaduras militares de las naciones de Latinoamérica. Recuérdese que, en aquella época, había contados países latinoamericanos que no estuvieran bajo una dictadura militar, y precisamente Uruguay era una de aquellas excepciones, como los casos, por ejemplo, de Costa Rica y de México.

«Sin embargo, la iniciativa no llegó a cuajar como se esperaba».

Aquel congreso duró una semana, y nuestro entrevistado estuvo en Uruguay como diez o 12 días. Pasó por Chile, donde hizo escala, y el delegado chileno que asistió al evento lo atendió como si él fuera un ministro o un embajador.

«Nos llevó a comer a la casa de un profesional muy importante en Santiago de Chile: nada menos que Salvador Allende. Recuerdo que me preguntó por Cuba, con una convicción revolucionaria muy grande. Él, por supuesto, era varios años mayor que yo.

«Después, al correr el tiempo, cuando el propio Allende resultó electo Presidente de Chile, supuse que estaría con él, pero no supe más de aquel joven, aunque varios años más tarde, en el libro Las Grandes Alamedas, del argentino Jorge Timossi, lo encontré en la lista de los muertos en el Palacio de la Moneda. Era el jefe de los Servicios secretos del Presidente».

El clandestino Luis Blanca

Luis tuvo que pasar a la clandestinidad en la época más represiva y cruel de la tiranía de Batista. Nos contó que un tiempo después, en una de las veces que cayó preso, lo tenían secuestrado y oculto en uno de los sótanos de la Quinta Estación de Policía, donde radicaba el coronel Esteban Ventura Novo, el más sanguinario y verdugo número uno de los esbirros y torturadores del dictador Batista.

«Llegó y éramos siete u ocho los jóvenes tirados allí, en el suelo, como animales. Y comenzó a formular preguntas a todos nosotros. Cuando llegó a mí, me dijo: “¡Ah!, tú eres Luis Blanca, ya tengo referencias tuyas y estás liquidado”. En ese instante llegó al lado de Amaury Noris, un compañero de piel negra y le dijo: “Así que negro y revolucionario. ¡Quién ha visto eso! ¡Quién ha visto un negro revolucionario! Mira, el único negro aquí eres tú. Y tú no tienes nada que ver con todo esto. Si sigues jodiendo te vamos a matar tam-bién. Pero vamos a suponer que no te matemos, y que los revolucionarios triunfen, los que ganen serán los que te matarán entonces, yo sé por qué te lo digo, porque esto, estoy seguro, es una cuestión de blancos”».

Recordó Luis Blanca que ese mismo día, por la noche, tres policías recogieron todos los datos personales de ellos. Y uno, gordo, le preguntó: «¿Tú eres familia de Antonio Blanca Pérez, el jefe de la Estación del Ferrocarril de Báez, en Las Villas?... Le contestó que era el hijo.

«Después aquel policía fue a Báez y habló con una tía de él y la hizo arrodillarse y jurarle que no diría a nadie que él había visto a su sobrino Luis Blanca en la Quinta Estación, preso, en los sótanos, y que si no lo trataban de sacar de allí urgente, Ventura lo iba a matar.

«Ventura le enseñó al propio Luis Blanca la nota que iba a publicarse en la prensa de que lo sorprendieron poniendo una bomba y que disparó contra la policía y murió en el intercambio de disparos. Además, le dijo: «¿Ves? Yo no estoy bromeando, te íbamos a matar, pero un abogadito testarudo de Pinar del Río presentó a un Magistrado un habeas corpus para que te liberáramos y voy a hacerlo, para que no se ponga pesado el tipo, así que recoge y vete y hazlo pronto, antes de que me arrepienta».

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