En la capilla del alma nuestra - Cuba

En la capilla del alma nuestra

Los delegados cubanos visitaron este sábado la Capilla del Hombre, un cuerpo arquitectónico de tres pisos, junto a la casa museo de Oswaldo Guayasamín, fiel amigo de Cuba, que se reivindicaba como pintor indígena

Autores:

Mayte María Jiménez
Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

QUITO, Ecuador.— Como una oración y al mismo tiempo un grito, y como la más alta consecuencia del amor y la soledad, definía el artista y amigo ecuatoriano de Cuba Oswaldo Guayasamín a la pintura, ese infinito mundo del arte que revela, mediante imágenes, ideas que conectan el alma y el pensamiento.

En esta suerte de magia se fusionaron las emociones, las impresiones y el ansia de descubrimiento de los delegados cubanos que visitaron este sábado la Capilla del Hombre, un cuerpo arquitectónico de tres pisos, que cierra en su cima en un cono trunco, junto a la casa museo de este fiel amigo de Cuba, que se reivindicaba como pintor indígena.

Rodeados por enormes montañas, y ante el permanente acecho del volcán Pichincha, uno de los más grandes del mundo y que aún permanece activo, los jóvenes conocieron de la intensa, revolucionaria y apasionante vida de Guayasamín, plasmada en cada óleo de su obra.

Allí no hubo espacio para la pereza. No solo porque la delegación se movía apretada y rápidamente dentro de la instalación, sino porque todos quedaron deslumbrados ante la impresionante colección de arte, que atesora obras del período precolombino, colonial y moderno, armónicamente ubicadas en las paredes y otros espacios.

En cada una de las salas de la Capilla fueron apareciendo paisajes murales —tan crudos como la colonización misma— de lo que fue América antes de la llegada de los españoles: los dioses y símbolos indígenas, su música, danzas, una historia nacida toda del propio choque de culturas, la sangre y la rebeldía.

Pablo Guayasamín, hijo y actual presidente de la Fundación que honra el apellido de su padre, confesó la alegría de tener como visitantes a los delegados de Cuba al XVIII Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, los hijos de un país que es faro y punto de luz en medio del túnel de angustia que viven América Latina y los pueblos subdesarrollados.

«Cuba nos enseñó la dignidad, la solidaridad, el respeto, y aun en situaciones difíciles ha demostrado que se puede hacer y luchar por un ideal de justicia y bienestar social», aseguró.

En diálogo con nuestro diario comentó sobre el profundo amor que sentía su padre hacia la Mayor de las Antillas y hacia Fidel, y cómo vivió sintiendo esa admiración, y no solo él, también su madre, la primera esposa del pintor ecuatoriano.

Para Pablo, quien ha visitado a Cuba en varias ocasiones, la Revolución es un proceso irreversible, que ha mantenido su proyecto social con la presencia y apoyo de su juventud.

De ese pueblo toma también ejemplo la nación ecuatoriana, significó, y habló del despertar de la juventud de ese país sudamericano y de todos los movimientos progresistas de izquierda que han surgido en el continente.

Estamos en una época en que florecen nuevos movimientos de Revolución en pos de transformaciones sociales, de igualdad, por la paz, y es justamente la juventud la que tiene en sus manos la directriz de esos nuevos cambios, afirmó.

Casi al finalizar el recorrido, los delegados —aún ensimismados ante las imágenes y la intensidad de una obra que muestra a veces lo grotesco de la realidad— de pronto se concentraron frente a una frase escrita por Guayasamín, que nos hizo sentir complicidad con este baluarte de las artes y la dignidad americanas: «Si no tenemos la fuerza de estrechar nuestras manos con las manos de todos, si no tenemos la ternura de tomar en nuestros brazos a los niños del mundo, si no tenemos la voluntad de limpiar la tierra de todos los ejércitos, este pequeño planeta será un cuerpo seco y oscuro».

Y precisamente para evitar que se haga realidad semejante metáfora, han venido hasta el centro del mundo lo mejor de sus jóvenes.

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