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Incendios forestales a la vista

Ya se han registrado varios siniestros. Insuficiencias en la labor educativa y divulgativa y escasa percepción de riesgo entre los usuarios del bosque

Autor:

René Tamayo León

Con enero también llegó al país la etapa crítica de incendios forestales. Un período de cinco meses —quizá hasta mediados de mayo si las lluvias entran entonces— en el que se concentran la mayoría de los siniestros del año en áreas boscosas, vegetación baja, potreros, herbazales de ciénaga...

Ya se han registrado varios eventos en lo que va de mes. El primero anunciado en la prensa nacional fue en la zona boscosa de Montecristo, en el municipio guantanamero de Manuel Tames.

Un reporte de JR indicaba que «una hectárea y media de pino ardió durante más de 24 horas hasta que fueron controlados los cuatro focos activos del fuego».

Rafael Wilson Castellanos, especialista del Cuerpo de Guardabosques en la provincia, decía a nuestro corresponsal que la propagación de las llamas se debió a las altas temperaturas imperantes en la zona y a la acumulación de material combustible por una elevada concentración de ramas y arbustos secos.

El suceso fue el primero de 2014 que afectó a Guantánamo, la segunda provincia del país con mayor índice boscoso. Las causas se investigaban. Según récords históricos, en Cuba alrededor del 90 por ciento de estos hechos se deben a negligencias. Me parece que esta temporada no será una excepción.

Enero no era un mes con alta incidencia de incendios forestales, pero ante el peso de las estadísticas y las evidencias científicas de las últimas décadas, la percepción cambió. Desde hace más de un lustro el Cuerpo de Guardabosques de Cuba (CGB) se vio obligado a incluirlo dentro de la etapa de meses críticos.

¿Será una consecuencia del cambio climático? Este proceso global no debe asumirse con ligereza. Es abusivo echarle la culpa de todo lo que pasa. Sin embargo, es inocultable que el patrimonio forestal del archipiélago cubano se vuelve cada día más vulnerable. Y si a esa tendencia le agregamos una «chispa» de irresponsabilidad cuando andamos por el bosque...

Apreciación confiable

Según datos adelantados a JR por el CGB, para este año se prevén entre 405 y 453 incendios forestales. Como ha sucedido históricamente, alrededor del 88 por ciento se concentrará en el período enero-mayo.

Los pronósticos se basan en la Apreciación de la situación para enfrentar el período crítico de incendios forestales, una herramienta científica que el CGB aplica con criterio quinquenal y que ha tenido un alto índice de efectividad.

El ingeniero Raúl González Rodríguez, jefe del Departamento de Manejo del Fuego del CGB, comentó que, como está ocurriendo desde hace varios lustros, la tendencia de la etapa 2011-2015 es al incremento de estos episodios. Para el quinquenio las estimaciones prevén 2 100 eventos.

—¿Por qué?

—Una de las causas pudiera estar en el cambio climático global. Hay elementos de evaluación que nos lo indican.

«A nivel mundial están aumentando la temperatura, las sequías, la aridez, la frecuencia e intensidad de los ciclones tropicales y sus impactos, unido a una disminución de las lluvias y alteraciones en los patrones fenológicos de algunas especies arbóreas de montaña. Cuba está dentro de esa tendencia.

«Al mismo tiempo, y según la FAO, el incremento de los incendios forestales

—que liberan una gran cantidad de gases de efecto invernadero— está contribuyendo al cambio climático».

—Hablando de ciclones, ¿qué relación hay entre estos y los incendios forestales? ¿Qué nos reserva aún el huracán Sandy?

—Hace más de un año que Sandy pasó por Santiago de Cuba y Holguín, y Guantánamo en menor medida. Tuvo un gran impacto en las áreas boscosas, en especial en las montañosas, donde derribó miles de toneladas de masa vegetal, como árboles y ramas. Una parte pudo recuperarse por las empresas forestales, otra permanece, y ahora es un peligroso material combustible.

«En la temporada crítica del año pasado la materia derribada conservaba humedad; ya no, y con la sequía, de producirse un incendio, pueden explotar como un combustible fósil».

—¿Una bomba de tiempo?

—No. Si no hay una fuente de ignición (como una chispa), que en el caso de Cuba en el 92 por ciento es responsabilidad del hombre, no tiene por qué haber un incendio forestal.

—Es sabido que aquí estos siniestros son mayoritariamente provocados por la negligencia; ¿y los rayos?

—El rayo no puede evitarse, pero tiene un bajo impacto. El Cuerpo de Guardabosques ha dispuesto medidas preventivas. Después de una tormenta eléctrica, por ejemplo, las brigadas deben revisar el área para, si ocurre un incendio, minimizarlo.

Suben pero bajan

Si bien los datos acumulados y las previsiones muestran una tendencia al crecimiento de los incendios forestales en Cuba, también es cierto que sus niveles de afectación —es decir, el área quemada— están cayendo geométricamente.

Si en el quinquenio 2001-2005 fueron azotadas por las llamas 57 175,74 hectáreas forestales, para la presente etapa (2011-2015) la previsión es que el área dañada caiga a 28 183,94 hectáreas, o sea, una baja del 49 por ciento. Se dice fácil, no lo es. Baste una comparación: en el primer lustro del siglo se reportaron 1 629 eventos, y para este se estiman 2 189.

La disminución del «área quemada», sin embargo, no debe interpretarse solo como una reducción numérica —de tantas hectáreas menos o no—, ni tampoco económica —de tantos millones de pesos perdidos o no—. Eso es muy, muy importante, pero la reducción del área dañada tiene otras connotaciones.

Al reducirse la superficie afectada se liberan menos gases de efecto invernadero a la atmósfera y al mismo tiempo se mantiene no solo la capacidad de la floresta cubana de secuestrar CO2 a la atmósfera, sino que se incrementa, como resultado de la política de Estado de mantener un continuo crecimiento de la superficie boscosa en el archipiélago, que en 2015 debería llegar al menos al 30 por ciento del territorio nacional.

Y hay más. La política de reducir firmemente el número de hectáreas abatidas por el fuego también impacta positivamente sobre la protección de la biodiversidad —flora y fauna—, de los suelos, de los cuerpos de agua, de las personas que habitan en el bosque y sus colindancias...

Más que económica, la estrategia nacional de reducir de forma significativa el área dañada cuando aparece un incendio forestal tiene, en criterio de este redactor, un alto impacto medioambiental. Ese es, para mí, el más importante.

Educar y actuar

Que Cuba pueda plantearse y cumplir metas como la de reducir al mínimo los daños por incendios forestales es otra evidencia del engrasado mecanismo institucional para evitar o mitigar los efectos de eventos y potenciales catástrofes naturales.

La estrategia más conocida y reputada —incluso a nivel internacional— es la dirigida a enfrentar los ciclones tropicales, las intensas lluvias y otros acontecimientos climáticos. Pero la política hacia los incendios forestales también muestra la sinergia entre los actores sociales de la nación.

Solo hay una «pequeña» diferencia. Los eventos naturales son inevitables; los incendios forestales —en su mayoría—, no.

Alrededor del 90 por ciento de estos son resultado de la negligencia. Entre sus causas están la quema para diferentes fines sin tomar las debidas medidas de prevención, las colillas de cigarro arrojadas, y otras indisciplinas de quienes transitan por el bosque, la circulación de vehículos de motor sin matachispas y la caza y pesca furtivas, entre otras.

Sin duda, aún es insuficiente la labor educativa y divulgativa para evitar los incendios forestales. También es escasa la percepción de riesgo por parte de los usuarios del bosque y demás áreas de la floresta.

No obstante —y es la opinión de este redactor—, también se necesitan medidas legales más efectivas para enfrentar las indisciplinas sociales y las ilegalidades en el bosque, que puedan conducir a los nefastos incendios.

El país posee un sistema de contravenciones y demás normas para enfrentar estas negligencias e ilícitos. Sin embargo —creo yo—, nuestras leyes aún no abarcan en toda su magnitud los perjuicios globales producidos por personas naturales (la ciudadanía) o jurídicas (empresas y entidades) a nuestro patrimonio forestal al provocar un incendio. Y el más importante de los daños —ya dije— es la afectación medioambiental.

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