Un cometa de amplia y luminosa cauda

Meses después del asesinato de Julio Antonio Mella en México, el intelectual boliviano Gustavo Adolfo Navarro (Tristán Marof) valoró la trascendencia del joven revolucionario en este artículo, del cual JR inserta fragmentos, publicados por la revista Alma Máter en agosto de 1929

Autor:

Tristán Marof

Cuando llegué a México el año pasado, recuerdo que uno de los que vinieron a la estación a estrecharme la mano fue Julio Antonio Mella. Yo no conocía a Mella, pero lo sabía viril, luchador, dinámico. Me habían hablado de él con mucho calor en La Habana donde, estudiantes y obreros, no dejaban de pensar un solo minuto que Julio Antonio Mella sería el salvador de la isla, como en otro tiempo fuera Martí.

En efecto, Julio Antonio Mella me dio la impresión de un líder nuevo, uno de esos hombres que empieza a nacer en nuestra América y saben ser sencillos y grandes a la vez. No había en él ninguna aparente reserva, ni se esforzaba por demostrar complejidades intelectuales.

Cuidaba con modestia excesiva e intachable todos sus conocimientos y experiencias. Sabía ser bueno y humano al mismo tiempo, cultivando un humorismo sano, sin fórmulas, dentro de la alegría y el optimismo de la vida.

No era meticuloso ni místico. Fuerte, hombruno, no sé por qué, me daba la impresión de un Euno. Apasionado y emotivo, tenía los destellos de un Ralmond Lefebre. Como él, murió joven, cuando las fuerzas del mundo reclamaban sus músculos y sus alas.

Nos dimos las manos con afecto; nos abrazamos fraternalmente y desde ese día, sin que hubiera un convenio tácito de intimidad, resolvimos tutearnos. Él me llamaba por mi nombre con un dejo másculo y yo pronunciaba el suyo, como si nuestra amistad partiera de años.

Luego volví a encontrar casi diariamente a Julio Antonio Mella en diferentes círculos obreros y estudiantiles. Era lo que yo me había imaginado: el hombre incansable, el agitador inteligente, el maestro de la teoría revolucionaria, el elucubrador de ideas cuando se trataba de resolver o de plantear un problema.

De ahí su fuerza y su ímpetu. De aquella cabeza erguida siempre, tenaz y ágil, surgían los pensamientos en tropel, se atropellaban a veces, y al salirse sus labios recobraban el ritmo y la armonía. Era Julio Antonio Mella uno de esos productos felices de las razas nórdicas de Europa en su abrazo amoroso con el trópico. Su madre irlandesa Mae Fharland le había comunicado esa suprema inquietud y esa tenacidad para la lucha, y su padre antillano brotaba en sus movimientos sutiles, en sus observaciones graciosas y en su cálido concepto de la vida.

Había que ver a Julio Antonio Mella para saber lo que era. Una llama siempre encendida y relampagueante. Hombre arrebatado por un torbellino de pensamientos brillantes que no guardaba para sí, sino que los distendía al público. Cultivaba un género de oratoria clara, precisa, elocuente y razonadora. Había suprimido por disciplina toda frase lírica que menguase el concepto y anulase su fuerza. Hablaba convencido, sin desgajar una sola idea que no estuviese respaldada por su honradez. Quería que a todas horas se le explicase al pueblo la suprema verdad.

Alguna vez lo felicité con entusiasmo y le dije: Muy bien Julio. El pueblo no necesita ya de oradores fúlgidos y de frases bellas. Está cansado de todo esto. Hasta ahora se ha distraído su hambre con «literatura revolucionaria». Yo creo como usted en lo que dice Lenin:

«Nada hay que haga más daño al pueblo que la mentira enmascarada o la verdad a medias».

Sabía Mella a dónde iba. Caudillo sin quererlo; más bien, antes que caudillo, líder revolucionario de la nueva generación cubana, su figura y su gesto significaban un desafío violento contra el pasado reaccionario y el presente cómplice. Lo debían emular los políticos de su tierra, vacíos y mediocres, oradores huecos y huérfanos de ideas.

A los 25 años, Julio Antonio Mella era el vértice del triángulo de la política de su país. Era más que eso. Su figura se delineaba en el continente con contornos precisos y armoniosos. Era el verbo de batalla antiimperialista, despiadado, rebelde e irreverente.

El Gobierno de Cuba sabía perfectamente que, tarde o temprano, se le iría de las manos, el poder le temía, como se teme a un cometa de amplia y luminosa cauda. Desacreditados los políticos profesionales de Cuba; desacreditada la oposición caudillista; aplanado el ambiente general y, de un lado a otro de la isla era sumisión servil, el único que quedaba en pie, erguido como una promesa de triunfo, joven y adalid con todas sus armas era Julio Antonio Mella. Por eso el destino decretó su muerte.

Julio Antonio Mella ha caído como tienen que caer los revolucionarios de esta América... Piadosamente ocultamos una sonrisa. La tierra de América es grande y por cada Mella caído surgirán cientos.

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