La primera vez

Muchos experimentan su inicial periplo multitudinario en el desfile del Primero de Mayo

Autor:

Mayra García Cardentey

PINAR DEL RÍO.— Pueden ser Yoan, Alicia, Alejandro, Manuel. Pueden tener meses, dos años, tres o siete. Pueden ir de manos de la madre, en el hombro paterno, o encabezando el desfile con el abuelo pelotero. Nadie quiso quedar en casa este Primero de Mayo en Pinar del Río, niños y niñas menos.

Si les preguntas, quizás no sepan discernir motivos, pero les convida la alegría, el jolgorio proletario en Vueltabajo. No hay llantos por las horas de desvelo o el madrugar, solo risas entrecruzadas en una fiesta que se vuelve no solo motivo de celebración de los trabajadores pinareños sino de toda la familia.

Pequeños palillos de madera con la bandera tricolor se adaptan en las diminutas manos al compás de congas que contagian los sentidos. Miran hacia todos los datos, escudriñan cualquier aspecto. Nunca han visto tanto colorido en su vida. Es su primera vez.

Ya es tradición que nadie quede en casa, todos se suman a la fiesta. Es costumbre familiar, y el día se presta para lucir atuendos, gorras, carteles con tonalidades de la bandera nacional; saludar amiguitos, reencontrar colegas, conversar con vecinos, conocidos y seres allegados, ver la ciudad tomada de pueblo desde el pedestal asentado en el cuello de papá.

En Pinar del Río se estiman que unas 400 mil personas desfilaron en los distintos municipios de la provincia. ¿Cuántos fueron niños?

No había excusas para faltar, será la anécdota de mañana en la escuela.

Poco a poco se calman los ánimos, la marea de color verde, rojo y blanco con paso de rumba se apacigua, se diluye por las calles de la ciudad. La fiesta todavía queda.

Pudieron ser Yoan, Alicia, Alejandro, Manuel. Pudieron tener meses, dos años, tres o siete. Pudieron ir de manos de la madre, en el hombro paterno o encabezando el desfile con el abuelo pelotero. Ahora todos regresan a la casa y en la mano el trofeo tricolor de la primera vez.

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