El colmo de los colmos

La ausencia de vasos en una funeraria envía un mensaje de descrédito en un momento en que el país está inmerso en lograr que las primeras cumplidoras del orden y los buenos tratos sean las entidades estatales

Autor:

Nelson García Santos

El asombro me ahogó las palabras al escuchar aquella frase inaudita: «Podemos colar el café, pero deben salir a buscar los vasos porque aquí no hay». La expresión, dicha en la Funeraria Las Villas, de Santa Clara, donde debe darse un trato exquisito, verdaderamente admite desde los calificativos más despiadados hasta los más suspicaces.

No intenté averiguar el por qué de un hecho que se me antojó desagradable pues, de antemano, cualquiera entiende la inexistencia de una explicación posible para tamaña incorrección e insensibilidad.

Mandar a los familiares de los fallecidos que se velaban en una noche de las recientes a buscar vasos en la calle refleja, cabalmente, la falta de organización y previsión, pero sobre todo un exceso de indolencia.

Esta trilogía de sustantivos en acción a la misma vez —el colmo de los colmos— suscita el lógico malestar de las personas que están sumidas en un trance tan doloroso, aunque, para ser justos, aquellas palabras fueron dichas con cierto pesar por el encargado de comunicar el inesperado anuncio.

A los dolientes no les quedó más remedio que salir, en plena noche, a conseguir los recipientes. Unos optaron por acudir a los centros en divisas para comprar algunos, y otros regresaron a sus casas para traerlos de allí.

La ausencia de vasos en una funeraria envía un mensaje de descrédito en un momento en que el país está inmerso en lograr que las primeras cumplidoras del orden y los buenos tratos sean las entidades estatales.

Duele también que ocurra este hecho a pesar de que, en horas del día, puede usted adquirir en el mercado 50 vasos desechables por 20 pesos. Obviamente, tampoco significa que se hayan extinguido; más bien es la dejadez haciendo de las suyas.

Si no los tienen en la funeraria, ¿la administración de esta no pudiera gestionarlos para venderlos allí y evitar causar ese malestar a los familiares de los fallecidos, cuando los sorprenden con: «Podemos colar el café, pero deben salir a buscar los vasos porque aquí no hay»?

Lo que no hay ¡es otra cosa! Tan obvia que no hace falta escribirla.

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