El delegado de Vedado 3

Siguiendo los pasos de su padre, un joven de 24 años representa a sus vecinos en una comunidad tunera, consciente de que muchos problemas se pueden resolver en el barrio, con el apoyo decidido de los electores

Autor:

Juan Morales Agüero

JESÚS MENÉNDEZ, Las Tunas.— Estaba aún por amanecer cuando Michel García sintió que alguien tocaba insistentemente a su puerta. Dejó la cama medio dormido y fue a ver. «Delegado, mire la hora que es y no han traído la leche —se quejó una mujer—. El niño está dando gritos. ¡Haga algo rápido!».

El joven, de 24 años de edad y recién electo para el cargo por sus vecinos en la circunscripción de Vedado 3 en esta ciudad, reprimió un bostezo y dio los buenos días. Luego pidió un poco de paciencia a la madrugadora. Finalmente, la susodicha se fue mascullando entre dientes. «¡Uff!», dijo para sí Michel.

La anécdota de aquella, su primera aurora como delegado, me la contó entre risas la noche en que rindió cuentas a sus electores. El muchacho, graduado en la especialidad de Música en la escuela de instructores de arte Rita Longa, de Las Tunas, mostró confianza y dominio de los temas desde el principio.

—Michel, ¿cómo fueron tus inicios como dirigente comunitario?

—Por tradición familiar. Imagínate, mi padre fue delegado de circunscripción y luego presidente del Consejo Popular de Vedado 3 desde que él tenía 18 años. Buena parte de mi vida ha transcurrido en ese ambiente de rendiciones de cuentas, solicitudes de materiales, despachos con los electores, tramitación de planteamientos…  Aquella etapa fue como un intensivo de cómo se debe trabajar con la base.

—Cuéntame de la noche de tu elección, ¿te tomó por sorpresa?

—Sí, un poco. ¡Y hasta me asusté! Recuerdo que le torcí los ojos al vecino que me propuso. Pero, desde luego, acepté. Los jóvenes estamos en la vanguardia y no debemos tenerles miedo a los cargos. He llegado a pensar que por eso me eligieron. Porque, desde mis tiempos de militante de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), nunca me pareció imposible sacar adelante las tareas. Como aquellas con las que me estrené como delegado. Eran dos clavos, como decimos popularmente los cubanos. Tenían que ver nada menos que con el alcantarillado y el acueducto.

—¡Tremendos compromisos! ¿Cómo te las arreglaste?

—Con la ayuda de la gente. Mire, aquí las aguas albañales corrían por las calles. Lo habíamos notificado al municipio, pero la solución no llegaba. Así que un día convoqué a los vecinos, y entre todos nos pusimos a destupir los conductos. El primero en meter el brazo hasta el hombro en la pudrición aquella fui yo, porque el delegado no puede hacer como el capitán Araña: mandar y quedarse quieto. Así le dimos solución al problema. Y con la situación del agua hicimos igual.

—¿Cuál es tu método para dar cauce a las insatisfacciones?

—Ponerme en el lugar de quienes vienen a planteármelas y no dilatar demasiado los trámites para intentar resolverlas en las instancias correspondientes. Si no haces las gestiones con rapidez, corres el riesgo de que el problema se engavete y se prolongue su posible solución. El delegado debe tener siempre la chispa encendida.

—¿Cómo procedes cuando la solución no está a tu alcance?

—Se lo hago saber de inmediato al interesado. Con la debida explicación, desde luego. Algunos delegados suelen cometer el error de crear expectativas infundadas. Yo jamás prometo algo que no pueda cumplir. Quien lo hace, pierde credibilidad y, a la larga, se chotea. Si me plantean un problema, lo evalúo y lo tramito. Si no se puede, digo que no se puede sin andarme por las ramas. Quisiera resolver todo lo que me piden, pero querer no es poder. La gente lo entiende y lo agradece.

—A veces un poco de iniciativa resuelve, ¿no te parece?

—¡Claro! No hay que esperar por las reuniones para remediar los problemas. Yo, en casos así, trato de ver al director del organismo correspondiente lo más rápido posible. Ayer, por ejemplo, un elector me dijo que se le había roto un tramo de tubería. Consulté a toda prisa y por la tarde lo resolvimos. Hay problemas más «gordos» que exigen recursos mayores. Esos, desde luego, no dependen de mi voluntad.

—¿Nunca te enjuician por ser tan joven para esta función?

—Al principio tuve esa preocupación. Pero, francamente, nunca me he sentido cuestionado por mi juventud. ¡Hasta los viejos del barrio me aceptan y me estimulan a continuar! Todos tienen buena opinión de mí porque me conocen bien. ¡Soy nacido y criado aquí! Saben que no tengo vicios y que soy una persona correcta y educada, amiga de ayudar a cualquiera.

—Eres delegado a la Asamblea Municipal. ¿Te escuchan allí?

—No solo me escuchan, ¡también me respetan! Yo creo que es porque nunca pido la palabra para hacerme el bárbaro ni para vanagloriarme de las cosas que hemos logrado en mi comunidad; tampoco lo hago para enjuiciar a un director de organismo, embrollado casi siempre con los problemas que genera un municipio. Hablo para que mis compañeros se convenzan de que muchas cosas del barrio se pueden resolver sin apelar a otras instancias.

—¿Participas también en los Consejos de Administración?

—Siempre. Entre otras cosas, porque soy el presidente de la comisión que atiende Educación, Cultura y Deportes, otro cargo que me lleva tiempo. Allí puedo hablar libremente. Y cada vez que planteo algo percibo que tienen en cuenta mis criterios. Asisto aunque esté de vacaciones. En eso me parezco mucho a mi papá, quien es actualmente secretario de ese órgano en el municipio. Cuando lo llaman para un trabajo, no importa dónde se encuentre, acude sin poner peros.

—¿Cómo es tu día a día? ¿Qué haces desde que te levantas?

—Desayuno temprano y voy rumbo a la escuela primaria donde trabajo y soy secretario del núcleo del Partido. A veces algunos vecinos me van a buscar allá con algún problema. «Delegado, se partió un canalón del techo»; «delegado, el pan de hoy no hay quién se lo coma»; «delegado, no me llega agua a la casa…». Por fortuna, el Director comprende mi situación.

—Pero tú tienes fijados determinados días para despachar…

—Es cierto, los viernes, de 4:00 a 6:00 p.m., atiendo a quienes tengan una determinada situación para plantearme. Pero el caso es que algunas personas pueden estar trabajando en ese horario. Y no las voy a dejar en el aire. Entonces las escucho en cualquier lugar y a cualquier hora. Además, ¿cómo decirle que no a alguien que te viene a realizar una consulta en una acera o en la cola de la placita? Yo siempre digo: «Si hoy se les presenta un problema, no esperen a mañana. Vengan, que si está en mis manos, lo resolvemos ese mismo día».

—La gestión del delegado enfrenta siempre incomprensiones…

—Esas no faltan. Tenemos dificultades con el transporte, el consultorio, la vivienda, los suministros, en fin… Pero no todos entienden los motivos que las originan. Algunos hasta se alteran. Yo no puedo resolverlo. Trato de convencerlos, no de vencerlos. Y no con discursos, sino con argumentos. Eso me exige estudio y actualización. Cuando no tengo a mano una buena respuesta, consulto documentos o busco a alguien mejor preparado que yo. De todas maneras, nunca se queda bien con todos. Esa es una de las ingratitudes de este trabajo.

—¿Cómo son tus relaciones con los más recalcitrantes?

—Cuando hago una convocatoria para recoger basura o chapear los alrededores, ellos son los primeros en responder. Gracias a su colaboración, sacamos adelante el proyecto «Por Nosotros Mismos», una iniciativa auspiciada por el Partido que pretende estimular el trabajo comunitario en la resolución de sus propios problemas. Los recalcitrantes no lo son tanto cuando se sienten tenidos en cuenta. A la gente no hay que marginarla, sino incorporarla. Y eso es lo que hago.

—Entre tanto ajetreo, ¿encuentras tiempo para la diversión?

—Me divierto a mi manera, porque lo que se dice fiestero no soy. Alguna que otra vez me tomo mi traguito, salgo con mi esposa, toco guitarra, compongo un número… Por cierto, mi primera canción fue premiada en creación e interpretación en un concurso del municipio. La música, principalmente la de la llamada Década Prodigiosa, me alivia el estrés del trabajo.

—Hay quienes piensan que el delegado es un superhombre…

—… Y que todo lo de su circunscripción debe resolverlo él. Se equivocan. En la escuela, es el director el encargado de solucionar los problemas de allí. Solo cuando están fuera de sus manos entra a desempeñar su rol el delegado. A mí vienen a verme hasta para que yo haga determinados trámites burocráticos en el municipio. Mi misión, en esos casos, se limita a informar a la persona a dónde debe dirigirse.

—¿Cómo se comportan el delito y las indisciplinas sociales?

—Se han reducido, aunque no por completo. En mi caso, trabajo estrechamente con el jefe de sector de la Policía. Cuando hay que advertir a alguien por alguna infracción, lo hacemos. El alcoholismo tiene una importante incidencia. Las opciones recreativas para los jóvenes no son suficientes. Intento disiparlo con más presencia de la cultura y el deporte en las comunidades. Aquí una de las indisciplinas sociales más frecuentes son los microvertederos. Eso es nefasto para el panorama higiénico-sanitario, y los combatimos con fuerza.

—Dime una obra que haya tenido gran impacto en el barrio…

—El parquecito infantil. Lo hicimos con la colaboración de mucha gente, incluidos los trabajadores del central Jesús Menéndez, situado a seis kilómetros de aquí. También nos ayudaron con materiales los campesinos de las cooperativas de la zona. Es una pena que no todos lo cuidamos. En los últimos tiempos, a algunos les ha dado por amarrar sus caballos a los aparatos, y, cuando las bestias halan, los aflojan.

—¿Qué tarea importante te queda por cumplir como delegado?

—Que se urbanicen las calles de Vedado 3 para que mis electores se sientan orgullosos de su barrio. Mientras me sienta útil en el desempeño de esta función, voy a luchar por ese sueño.

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