Los secretos del Guacanayabo

Entre los mejores barcos de pesca del país está el comandado por Continuo, un hombre sencillo y modesto que solo encuentra regocijo en sentirse útil a los demás

Autor:

Ana María Domínguez Cruz

El barco Guacanayabo atraca y su patrón, Rigoberto Continuo, viene convencido de que hace lo mejor. Ojos achinados, pómulos «tocados por el sol» y un bigote que dibuja una doble sonrisa cuando responde, pícaramente, a alguna de las preguntas. Una gorra, unas gafas, una camisa colorida y el curtido de los años…

«Tenemos elevados niveles de captura, entre los tres mejores barcos de pesca del país, por no decir el primero», asegura, y la modestia no cabe ante tantos logros que avalan el cumplimiento de la Empresa Pesquera Industrial de la Isla de la Juventud.

Desde los 16 años este hombre tiene en sus manos y en su rostro la grandeza de los pescadores. «Ahora tengo 62; ahorita me retiro y tendré que aprender a vivir en la tierra, porque casi toda mi vida la he pasado en el mar».

Recuerda Continuo, como se le conoce, que hace tres décadas le entregaron el Guacanayabo y asumió el compromiso al mando de sus familiares, también entregados al mar, al olor a pescado, al vaivén de las olas.

«Si me pides el secreto para capturar tanta langosta, te digo que hay que aprovechar muy bien la jornada y hacer muchas cosas en el agua. Mucho de lo que he hecho se lo debo a mis propias manos, porque a veces uno cumple con las normas a pulmón limpio, y otras con un chinchorrito o una nasa, en dependencia», sonríe e intenta convencernos de que cuando se retire, su vida cambiará.

«Tengo que dedicarle tiempo a mi casa, a mi familia, y seguro me pondré a hacer algo en la tierra. Me gustan mucho los caballos, el campo, la siembra… algo puede salir de ahí».

—Extrañará el mar…

—Sí, claro. Hasta dos ciclones he pasado en altamar. Son experiencias que nunca se olvidan y en las que he comprobado que si tienes una buena tripulación bajo tu mando, todo puede salir bien.

«Mi hijo es mi relevo, aunque también están conmigo un sobrino y dos primos. Vivir en una isla y no saber vivir del mar es algo que no se entendería… Por eso los Continuo soltamos las amarras, navegamos y marcamos récords».

—Constan en las estadísticas de la empresa…

—No digo yo… Hubo un año en que hicimos 152 toneladas, y uno puede hacerse sus propias metas. Eso sí, la naturaleza es la que determina, porque ella te da, pero también te quita. Por eso hay que saber tratarla.

El bolígrafo escribe veloz, las hojas se repletan, la grabadora se ahoga de minutos «encendidos» y las preguntas llueven. «Yo no pudiera hacer lo que ustedes, los periodistas». ¿No me diga?, le espetó. ¿Cómo puede decir tal cosa un hombre cuya sabiduría trasciende la Isla?, y se sonroja…

«No, no… Soy un tipo normal, que me gusta compartir en la calle con los amigos, comer pescado con limón y tomarme unos traguitos… Me gustan la pelota y el boxeo, y trato todos los días de superarme a mí mismo, como pude hacerlo en vísperas del cumpleaños 70 de Fidel, por ejemplo, cuando en solo tres meses entregamos 70 toneladas. Pero no soy famoso, y si lo fuera por mi trabajo, entonces sí estaría feliz».

Una foto a bordo del Guacanayabo inmortaliza el encuentro con Continuo. «No hay nada mejor que tener en tu trabajo de todos los días el motivo para sentirte orgulloso y útil a los demás. Seguro te pasa lo mismo, y ese es el mejor secreto para hacerlo todo bien».

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