La economía del aguacate

Ya puede comerse al rey de las ensaladas de verano por menos de diez pesos cada uno. ¿Se acabó el abuso?

Autor:

René Tamayo León

Si usted va a «morir» a los carretilleros de La Habana o a los puntos de venta de ciertas «cooperativas», seguro que ese día tendrá que pagar diez pesos por el aguacate maduro —más o menos grande, panudo o aguachento— que ese día será el «puntillazo» de la comida.

Si es previsor y va a algún mercado agropecuario del EJT o estatal, podrá conseguir los mismos a cinco pesos y menos. Verdes, pero en uno o dos días empiezan a madurarse. Si compró cinco o seis —un gasto total de unos 20 o 30 pesos—, y la familia no es muy grande, tiene la semana asegurada con lo que es, sin dudas, el rey de las ensaladas de verano.

Si por casualidad va a una feria, como las que por estos días hay en La Habana, hasta puede conseguirlos a menos de tres pesos la libra. Y si viaja por la autopista, por cinco pesos se lleva dos o tres buenos; no serán los señoriales aguacates catalina que te hacen la boca agua, pero merecen la pena.

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Con esta fruta como con el mango hay que tener cuidado. Tiene años buenos y malos años. Si una lluvia extemporánea aparece cuando están floreciendo o el fruto es pequeño, se caen, y adiós buena cosecha. No obstante, parece que este año habrá, en número y en precio, ¡vaya! para como valen hoy las cosas.

¿Por qué? La respuesta es simple. Cualquiera con un pedacito de tierra, sentido común y luz larga sembró en los últimos cinco o diez años su(s) mata(s) de aguacate. Exagero un poco, pero si somos algo metafóricos pudiéramos decir jocosamente que hoy en este país hay más matas de aguacate que caña.

¿Por qué? Sencillo. ¡Una «ma-ta-de-a-gua-ca-te...» ha dado en los últimos años más dinero que una yunta de buey! Hablando de yunta de buey; sobre el refrán de que «un par de t... hala más que una carreta», no... Más de un divorcio en Cuba se ha producido por una discusión sobre la mata de aguacate...

Con un par de ellas (la mata de aguacate, quiero decir), usted «hace su agosto». Lo digo de forma literal. Hasta donde recuerde, ese fue el mes de más aguacate en Cuba, aunque ahora —por suerte— hay desde fines de mayo hasta inicios de diciembre. Seamos sinceros, en la última década en las ciudades de este país hemos tenido más aguacates que nunca.

Verdad que hasta el año pasado había que pagarlos a diez pesos y más al primero que estuviera con una carretilla o una jaba en la esquina —chiquitos a cinco pesos—, porque tampoco eran tan abundantes y sistemáticos como ahora en los mercados menos onerosos para el tan traído y llevado «bolsillo cubano».

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Para un cubano rellollo (guajiro o poblano), una comida con aguacate, por muy discreta que sea, es algo que agradecemos. Y no estoy hablando de un almuerzo a base de arroz blanco y huevo frito, porque eso, con un aguacatico —y si no es mucho pedir unos platanitos maduros fritos— es manjar de dioses.

La actual abundancia de ejemplares y variedades de esta persea americana, originaria de México y Centroamérica, ha sido una respuesta de mercado —que no es el demonio, pero hay que halarle duro las orejas si empiezan a ponérseles muy peludas.

Su facilidad de cultivo, la capacidad de uno o dos árboles para producir cientos de frutos y proveer suculenta ganancia, estimuló su proliferación. Sin embargo, parece que al fin las aguas empiezan a tomar su nivel.

Como hay suficiente producción (oferta), que anda cerca o en proporción con el consumo (demanda), los precios han sido obligados espontáneamente a alcanzar un punto de equilibrio; ese donde se vuelven justos —según las condiciones actuales.

Al rey, lo que es del rey. ¡Pero caramba!, qué caro estaba. Ahora usted puede ir a casa de su familia en el campo —o la periferia de la ciudad— y traer su jabita llena sin que le dé pena porque con su matica de aguacate la abuela o el tío estaban reuniendo para comprarse un ventilador, un juego de sala, un juego de comedor, el multimueble...

El árbol del aguacate se ha convertido en lo mismo que el lechoncito que engorda la familia para celebrar los 15 a la muchachita. Claro, tampoco hay que descontar la unidad filial de nuestra idiosincrasia; cuando lo sembramos también es para que la gente de la familia lleve los suyos para casa.

Pero seamos realistas. Un aguacate ya no va a valer centavos —si es que alguna vez estuvo así—, y dudo mucho que un peso. Es el curso lógico de la moneda. Un peso de hoy no es el de los años 80, como mismo un dólar no tiene el mismo poder adquisitivo de entonces ni una onza troy de oro vale igual.

Tampoco lo que está pasando ahora tiene por qué suceder el año que viene. Si hay mal tiempo para la fruta, habrá menos; si le cae una plaga, igual; si un ciclón tumba muchas matas, por el estilo... Sube su valor de nuevo.

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Sí. Este año parece que tendremos aguacate en cantidad y precio. Consejo: a menos que tenga una emergencia, no le compre a quienes están vendiendo el aguacate a diez pesos. Coja una jabita, vaya al mercado estatal o del EJT o a los arrendados por cooperativas con un verdadero compromiso social, y asegúrese, a mucho menor precio, la ensalada de la semana.

Compre maduros —si hay— para hoy, pintones para mañana, y verdes para los días sucesivos. Si está escaso de dinero, de tiempo, de transporte —como nos ocurre a la mayoría—, compre unos poquitos y adminístrelos bien. ¡Está bueno ya de abuso!

Y espero no echar «mal de ojo» y que mañana la libra se ponga a siete u ocho pesos «porque después del artículo en JR la gente le cayó como abeja al panal a los aguacates de los mercados agropecuarios del EJT, los estatales (MAE) y a los dignos y honrados —porque también los hay— puntos de venta, mercados arrendados y carretilleros que tenemos en el barrio.

No todo es «color de aguacate»... o casi nada

Lo que está ocurriendo con el aguacate alecciona. Es «un espejito» donde los consumidores urbanos y rurales debemos buscar algunas respuestas a la gran pregunta del día a día: ¿por qué no bajan los precios en los mercados agropecuarios?

¿Por qué? Porque solo el incremento de las producciones podrá hacer bajar los precios.

No obstante, aclaremos, no es lo mismo una o dos maticas de aguacate en el patio o cien en la finca —con el valor agregado de producir, si las cuidamos bien, por lustros— que hectáreas de frijoles, tomates, ajos, cebollas y otros cultivos trabajosos, exigentes y golpeados por las carencias de todo tipo que afectan al país y, por tanto, a nuestros agricultores.

Si bien mientras se mantengan condiciones climáticas y fitosanitarias favorables, la producción de este fruto está entrando en un redil de volumen y precios favorables al consumidor, no ocurre lo mismo con el resto de los cultivos que conforman la dieta básica del cubano.

Así lo atestigua el informe Ventas de productos agropecuarios. Indicadores seleccionados. Enero-marzo de 2014, de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI), publicado a mediados de este mes (www.one.cu).

La ONEI es una oficina adscripta al Consejo de Ministros. Sus datos son los oficiales. En la más reciente sesión ordinaria de la Asamblea Nacional, el vicepresidente del Gobierno Marino Murillo defendió que las estadísticas de esta institución son las que deben manejarse por el Estado, el Gobierno, empresas, entidades, instituciones, analistas y la ciudadanía.

Según la ONEI, entre enero y marzo de este año el valor de las ventas de productos agropecuarias por las diferentes formas de comercialización —mercados, puntos de venta y carretilleros— fue de 773,1 millones de pesos, lo que representa un crecimiento de 20,6 por ciento respecto a igual etapa de 2013.

La cifra refiere la venta total de estos comercios, que incluye productos agrícolas, cárnicos y otros. «Otros» agrupa una gama de productos bastante amplia, y no son aquí el pollo del arroz con pollo, apenas suman ventas por unos 33 millones de pesos. Los rubros agrícolas y cárnicos son los que son.

Enredarse en Periodismo con las estadísticas y la hermenéutica de los números puede ser un juego muy aburrido para el lector y proclive a introducir errores si no se tienen todas las habilidades y elementos para el análisis —que es el caso—, no obstante merece la pena una ojeada de «buen» cubero.

El valor de las ventas agrícolas —como viandas y hortalizas— en el primer trimestre del año creció 23,5 por ciento respecto a igual período anterior, y la de cárnicos 41,6 por ciento. En tanto, la venta en físico —es decir, el tonelaje— de los productos agrícolas subió 22,9 por ciento (155 400 toneladas en total) en comparación con el primer trimestre de 2013, y la de los productos cárnicos en 50 por ciento (2 100 toneladas).

A simple vista pudiéramos concluir que la subida en el valor de las ventas y en el volumen de los rubros agrícolas y cárnicos fue casi pareja. O sea, los precios en ambos grupos de productos se mantuvieron en comparación con el primer trimestre de 2013 relativamente estables, con un crecimiento de alrededor de 1,5 por ciento en cuanto a la cotización de una tonelada compuesta por la suma de ambas ofertas.

Exceptuando a los sectores más vulnerables, donde un peso de menos pesa de más, «el cuartico está casi igualito». No es una noticia halagüeña, pero tampoco muy negativa. Parece que los precios en los agromercados están algo estancados.

¿Y por qué no bajan? La respuesta sigue siendo matemática: la producción no cubre la demanda. Y no importa que crezca, al menos al ritmo que lo hace hoy.

De hecho el «índice de volumen de la producción agropecuaria», que excluye la caña de azúcar y la producción de patios y parcelas, al concluir el mes de marzo aumentó en 18,5 por ciento. La agricultura no cañera lo hizo en 23,8 por ciento y la ganadería en 11,3 por ciento, según consta en otra publicación de la ONEI: Sector agropecuario. Indicadores seleccionados. Enero-marzo de 2014. Pero eso es tema para otro artículo.

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