Punto cubano de verano en la comunidad

Jóvenes universitarios deciden regalar tonadas y ritmos cubanos a los habitantes de comunidades distantes camagüeyanas durante los meses de verano

Autor:

Yahily Hernández Porto

Céspedes, Camagüey. — El alegrón veraniego viajó hasta aquí en guagua Girón, junto a las muchachas y muchachos del Conjunto Artístico Maraguán, de la Universidad de Camagüey Ignacio Agramonte y Loynaz, quienes con sus mochilas al hombro regalaron una actuación cubanísima a los más de tres mil habitantes de este distante poblado.

Tambores, violines, flautas, guitarras, tumbadoras… alistaron sus notas rítmicas en el popular ranchón de San Pablo —punto de encuentro de los vecinos—, para retumbar en una vibrante tonada campesina, que atrajo a todos en el caserío.

«Es un fiestón que nos regalan los jóvenes de la universidad», dijo emocionada Isachi Acosta, la delegada del barrio, quien  dijo no tener palabras para agradecer el gesto de humildad de estos bailarines y músicos.

Y es que Maraguán tomó por sorpresa la lejana comunidad cañera, cuyas parejas de bailes arrancó buenos pasillos entre los curiosos habitantes.

«Aquí hasta el más viejo baila, no hay quien se resista al son y la rumba», comentó el abuelo Aurelio Peláez, de 71 años, quien dejó a un lado las labores de su casa, para divertirse en familia, junto a su hijo Yalexmy, y nietos, Cristian y Crístofer.

Para el joven César Morales, director artístico de Maraguán, no hay nada como la experiencia vivida entre la gente agradecida y buena. «Son momentos que marcan nuestras vidas y los gestos de gratitud son como la invitación para continuar viaje hasta eso lugares lejanos, donde nuestros espectáculos dan alegría y se convierten en centro de atención de muchos.

«Siempre que tocas y bailas un chachachá, un rico pilón cubano, el son, el Mozambique, la rumba y hasta el danzón, no hay quien frene a la tropa. Realmente estos asaltos de tonadas campesinas nos cargan las pilas, porque se cultiva las raíces cubanas.

«Maraguán—comentó Cesar a JR—es un verano eterno, porque durante todo el año regalamos nuestro arte a las comunidades distantes, y principalmente a sus niños y jóvenes. Los meses de julio y agosto son como el punto y seguido de lo que hacemos durante todo el curso».

Mientras las niñas y niños de San Pablo compartían con los 25 artistas del conjunto universitario agramontino, Marbelis Álvarez, joven de 35 años de edad y promotora cultural de este pueblo cespedeño, agradecía el encuentro. «Hoy hemos disfrutado de un proyecto diferente y de calidad, que nos permite conocer nuestros ritmos cubanos, y disfrutarlos, algo que no siempre se puede hacer».

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