Talento entre probetas

Un joven tunero obtuvo un importante lauro en representación de Cuba en la edición 46 de la Olimpiada Internacional de Química, realizada recientemente en Vietnam

Autor:

Juan Morales Agüero

LAS TUNAS.— Su semblante es una aleación de sencillez y equilibrio. Y su palabra, un precipitado de elocuencia y sabiduría. La fórmula de su conducta es simple: V2E. «Dos átomos de voluntad y uno de estudio», bromea. Y en la tabla periódica de su proyecto existencial no figuran elementos disociadores tales como la indiferencia y el pesimismo.

A la manera de los alquimistas antiguos, Alejandro Vistorte Salgado transmutó en guirnalda los conocimientos sintetizados en el laboratorio del Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas (Ipvce) Luis Urquiza Jorge, de Las Tunas: obtuvo Mención de Honor en la 46 Olimpiada Internacional de Química, recién concluida en Hanoi, la capital vietnamita.

No ha desempacado aún su equipaje cuando, en la sala de su casa, converso con este joven de 18 años, presto a comenzar en septiembre próximo la carrera de Telecomunicaciones en el Instituto Superior Politécnico José Antonio Echeverría (Cujae). Mientras él se disculpa un instante para buscar algo en su cuarto, su mamá me secretea: «Fue el primer escalafón de su año y el más integral de su aula». Ya regresa…

—A juzgar por ese resultado olímpico, eres todo un «mechao» en cuestiones de Química. ¿Acaso me equivoco?

—Yo no diría tanto (se ríe). Para serle franco, llegué a esta asignatura por la insistencia de un buen amigo y de dos profesores a los que aprecio mucho. Si me ponen a escoger, me quedo con las Matemáticas.  Pero no me va mal en Español, disfruto la literatura y no soy un desastre en ortografía.

—Fuiste el único representante de Cuba en esa olimpiada internacional. ¿Cómo conseguiste ser el elegido?

—Sí, el único, a pesar de que los equipos los integran cuatro estudiantes. Pero esta vez no se pudo llegar a esa cifra por dificultades económicas. Hacía tres años que Cuba no asistía a esta competencia anual. Viajé con mi entrenador, Orestes Landrove, profesor de Química en el Ipvce tunero y veterano en estos eventos. La clasificación comienza con una olimpiada nacional, cuyos ganadores de oro y plata pasan a conformar una preselección. Luego de un entrenamiento, se someten a otra prueba. Finalmente se elabora un escalafón. Tuve la suerte de encabezarlo. Y por eso me seleccionaron. El resto de mis compañeros irá a la Olimpiada Iberoamericana.

—Háblame un poco del viaje y de la acogida que les dispensaron en la capital de Vietnam.

—Primero volamos desde La Habana a París y luego, en otro avión, a Hanoi. En total fueron 20 horas en el aire. En la capital de Vietnam nos esperaban miembros del Comité Organizador. Desde la ventanilla del ómnibus vi sembrados de arroz por todas partes. La ciudad me pareció moderna, limpia y bonita.

—¿Tenías alguna idea de cómo es Vietnam y de cuánto significan su pueblo y su historia para Cuba?

—Hasta los cubanos más jóvenes tenemos referencias acerca de ese país y de los lazos que lo unen al nuestro. Pero no es lo mismo saberlo que estar allí. Algunos compañeros que lo habían visitado me asustaron con sus bromas acerca de los platos nacionales.  Pero nada, comimos lo que quisimos porque había para todos los gustos y todas las tradiciones. ¡Hasta aprendí a comer con palitos! También cumplimos un programa de visitas a lugares de interés. En uno de ellos un hombre vio mi credencial de cubano y quiso que su hijo se hiciera una foto conmigo.

—Además de confrontar conocimientos, en esas competencias se establecen también relaciones de amistad…

—Allí la amistad surge espontáneamente.  El primer día en Vietnam los organizadores permitieron que los estudiantes y sus entrenadores almorzaran juntos. Mi profesor y yo nos servimos y luego nos acomodamos en una mesa. En eso vemos que unos muchachos se nos acercan, saludan y nos piden permiso para sentarse con nosotros. Desde luego, accedimos. Bueno, resultaron ser los representantes del equipo norteamericano. Conversamos como viejos conocidos y hasta intercambiamos direcciones para escribirnos.

—Durante la competencia, ¿en qué consistieron las evaluaciones fundamentales?

—En una prueba práctica y otra teórica. La primera la hicimos en un laboratorio de la Universidad de Hanoi. Nos pusieron un límite máximo de cinco horas para resolver las tres preguntas del cuestionario. Una consistía en determinar el orden de una reacción; otra, en sintetizar un compuesto a partir de otro; y la tercera, en determinar, a partir de experimentos y de pesajes, la fórmula de una muestra que te facilitaban. En todas las operaciones debíamos utilizar instrumental.

—A propósito del instrumental y de la tecnología, ¿afrontaste algún problema a la hora de utilizarlos?

—No mucho. En general, el que utilizamos era parecido al de las dotaciones de los laboratorios cubanos, principalmente en la parte de la cristalería. En fin, nada de última generación. Eso sí, tuve que utilizar un termómetro digital con el cual nunca había trabajado. Un especialista me explicó cómo hacerlo y resolví sin dificultades el problema. También enfrenté contratiempos con un aparato para llenar las pipetas con las disoluciones. Era una especie de succionador, con tres agujeros. Al principio no di «pie con bola», como decimos los cubanos. Pero pedí ayuda y asunto resuelto.

—Me imagino que la comprobación teórica resultó también sumamente difícil de resolver…

—Muy difícil. Nada menos que nueve preguntas desplegadas en 50 hojas. Debíamos responderlas por escrito en cinco horas. Se aplicó en el restaurante del Centro Nacional de Convenciones, sede de las galas de apertura y de clausura, un local enorme, con capacidad para acoger a los casi 300 participantes de 75 países, con sus respectivos entrenadores. Las pruebas eran luego fotocopiadas y entregadas a los entrenadores para que las calificaran en equipo.

—¿Cómo valoras tu actuación competitiva allí? ¿Te sientes satisfecho por el resultado obtenido?

—Fue una competencia muy exigente. Tanto, que ninguno de los participantes logró obtener la máxima calificación en ninguna de las pruebas. En lo personal, fue también mi primer concurso internacional. Eso, de alguna manera, motivó que yo mismo me subestimara un poco y hasta que me sometiera a una gran presión. Comprobé que en una olimpiada, además del conocimiento y de las habilidades, hay que estar preparado para el gran momento, como en los grandes eventos deportivos. Pero sí, estoy muy satisfecho con mi Mención de Honor.

—Por cierto, ese momento fue seguramente de gran emotividad. ¿Esperabas la mención?

—¡Nooo! Todo resultó una sorpresa. El profesor Landrove había hecho sus cálculos. Me dijo que veía distante la posibilidad de obtener alguna buena posición. Yo me resigné a irme en blanco, y así nos fuimos los dos para el acto de clausura, cuando se entregarían los premios. Hubo un momento en que él y yo estábamos cuchicheando algo cuando nos pareció escuchar que mencionaban mi nombre por el sistema de audio. Nos miramos, extrañados. Pero no nos equivocábamos. Me habían conferido Mención de Honor.

—¿Qué importancia le atribuyes a tu entrenador y a su presencia junto a ti en la conquista de la Mención?

—Siempre fue mi profesor de Química en el Pre y a él le debo buena parte de mis conocimientos. Es una personalidad en todo lo relacionado con la preparación de estudiantes que participan en concursos de Química, tanto nacionales como internacionales. Fíjese si es así que sus muchachos han obtenido en las olimpiadas medallas de oro, plata y bronce. Le faltaba la mención, y ahora yo la obtuve. Él dice, jocosamente, que conmigo ya logró la escalera.

—¿Y el regreso a la Patria cómo fue? Esos instantes también tienen su encanto…

—Al Aeropuerto José Martí me fueron a recibir mi mamá y funcionarios del Ministerio de Educación. Todos me felicitaron. La llegada a Las Tunas fue también emocionante. La gente de mi edificio me estaba esperando con un motivito. Pero ahora mi olimpiada es otra y comienza en septiembre. El bloque de arrancada está dispuesto en mi aula universitaria.

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