«Hacerse» un papá

Este 20 de agosto se cumplen 57 años del combate de Palma Mocha, en el que cayó uno de los capitanes más jóvenes del Ejército Rebelde. Pastor Palomares, con solo 20 años, dejó en el vientre de su amada a Eugenia, la hija que más de cinco décadas después cuenta la historia de su padre

Autor:

Susana Gómes Bugallo

Aunque tuvo la dicha de gozar como madre espiritual a Celia Sánchez Manduley, Eugenia Palomares nunca conoció a su papá. Cuando llevaba tres meses en el vientre de su joven progenitora, que era una campesina, su padre, integrante del Ejército Rebelde, cayó en el combate de Palma Mocha, el 20 de agosto de 1957.

Pero eso no impidió que Eugenia tuviera una figura masculina que adorar. Además de todo cuanto le contó Celia Sánchez —a cuyo hogar fue a vivir a partir de los ocho años—, a más de cinco décadas, ya devenida profesora, salió a «edificarse» un padre. Lo que acerca de él le refirieron la Flor más autóctona de la Revolución y los guerrilleros que visitaban su hogar, despertó esas ganas de reconstruir una historia y un rostro que recordar.

Investigaciones por el oriente cubano la ayudaron a conocer al valiente hombre que la había engendrado. Conversaciones con habitantes de la zona donde reposan sus restos —y es adorado por sus habitantes— le recrearon el carácter de ese muchachón de 20 años. Pero Eugenia seguía soñando con una imagen, pues el capitán Palomares había sido tan pobre que jamás pudo retratarse.

Tras un papá

A su padre, y por supuesto, también a Celia —quien le enseñó casi todo—, como a sus dos hijos (para que conozcan la vida de su abuelo), está dedicado su libro de testimonios históricos que edita la Editorial Verde Olivo: Bajo el sol de la Sierra, la historia del «Muchachón», como nombró Fidel a Pastor debido a su desmesurada constitución física.

«Cuando los otros lo vieron tan fuerte y grande, decidieron que era el que le hacía falta al Comandante en la columna y lo acogieron enseguida. Era muy inteligente, aprendió a tirar rápido y le dieron la ametralladora más grande. Fidel nunca se aprendió su nombre y le decía “Muchachón”», rememora Eugenia, como si hubiese transitado esos montes, a fuerza de tanto indagar.

«Cuando vivía en casa de Celia hablé con muchos de estos hombres porque a todos los que llegaban ella les decía que yo era la muchachita de Palomares. Conversé con Fidel y Raúl y me contaron que fue uno de los más valientes de la tropa. Celia me comentaba que era fuerte, muy valiente y honesto. Entonces me dije que si ellos hablaban así de mi papá, el pueblo y mis hijos tenían que conocerlo», cuenta.

Hoy Eugenia puede repetir su historia como si le hubiese acompañado en esos tiempos de guerrilla. Relata que su padre fue un arriero de Santiago de Cuba que estudió hasta quinto grado y se marchó a vivir en la Sierra Maestra para mejorar su economía recogiendo café. Sabía leer y escribir y eso le permitió trabajar en la tienda de un terrateniente. Entonces supo del desembarco del Granma.

Eugenia Palomares junto al busto de su padre

«Como era arriero, se vinculó a los guerrilleros y les trasladaba comida. Dicen que era muy alegre; tocaba guitarra, cantaba, hacía chistes… Fue el hombre de confianza de Fidel para trasladar los mensajes de la zona e ir adonde ya no podían las mujeres que estaban “quemadas” (Celia Sánchez y Teté Puebla). Llevó mensajes urgentes del Comandante a Santiago de Cuba y Manzanillo. Luego se incorporaba con su ametralladora», refiere.

El 20 de agosto de 1957, unos meses antes de que Eugenia viera la luz en una cueva, tuvo lugar en Palma Mocha el cuarto combate de la Columna No. 1 José Martí, dirigida por Fidel. Allí el Muchachón cayó mortalmente herido junto a otros cuatro compañeros, que fueron abatidos por los batistianos. El parecido de Pastor con Fidel hizo que los oficiales le cortaran la mano izquierda para comprobar si era él, y dejaran su cuerpo tirado a la intemperie.

«Así permaneció alrededor de 12 días, pues la columna tenía muy pocos hombres y me explicaron que habría sido un suicidio volver para recogerlo. Aunque era teniente en ese entonces, le dieron los grados de capitán. Fue uno de los primeros capitanes del Ejército Rebelde», dice.

«Dos campesinas y un práctico abrieron un hueco y enterraron los restos. Sabían que se llamaba Pastor Palomares López y cuando triunfó la Revolución, le pusieron una tumbita con las iniciales PPL y le colocaban velitas. En 1966 Celia Sánchez mandó a que hicieran un croquis de ese combate», recuerda, y piensa en el momento definitivo que la lanzó a la investigación rigurosa.

Imagen reconstruida de Pastor Palomares.

«Como yo le hacía muchas preguntas a Celia, ella le pidió a Nidia Sarabia, periodista de asuntos históricos del Consejo de Estado y fundadora de la oficina a cargo de esa labor, que investigara sobre mi papá para que yo lo conociera. Nidia hizo un trabajo para Bohemia, aunque no existía mucho sobre él, porque había muerto con 20 años recién cumplidos.

«La idea de indagar más nació en 1985, cuando me dijeron que en el lugar donde había caído existía un monumento en honor a los cinco combatientes que fallecieron ahí. Cada vez que iba de vacaciones a oriente seguía investigando. Busqué a unos medio-hermanos suyos y me dieron tres fotos de cuando era pequeño.

«Mi inquietud aumentó luego de ir a diversos actos en el monumento de Palma Mocha, donde están sus restos. Me hice casi familia de los vecinos que custodiaban a mi papá y se encargaban hasta de proteger los restos cuando llovía mucho. Con ellos me comprometí a buscar más», explica.

Un rostro para el recuerdo

«Sentí ganas de saber cómo lucía porque todos decían que era bien parecido, alto, fuerte y siempre andaba con los mulos cargando café. Al ponerme en contacto con Criminalística y hacer la petición, empezaron a hacer fotos “habladas”, con la ayuda del Comandante Delio Gómez Ochoa. También se habían deteriorado las tres imágenes que había adquirido de cuando era niño.

«Como había incongruencias, el antropólogo forense Héctor Soto, uno de los integrantes del grupo que halló los restos del Che en Bolivia, me sugirió sacar los de mi padre, exhumarlos y conseguir un trabajo más acabado. Con la ayuda de científicos de la División de Criminalística del Ministerio del Interior y de Medicina Legal del Ministerio de Salud Pública empezó el trabajo fuerte.

«Había mucho temor de que fuera o no Palomares. Algunos vecinos preferían que no lo sacaran por la duda de que hubieran estado tantos años venerando a otra persona. Pero insistimos. Supieron que era mi papá porque le faltaba la mano izquierda y tenía un impacto en un hueso del abdomen, donde recibió un disparo», explica, así como lo difícil que resultó traer el cráneo a La Habana, porque fue absolutamente necesario para conseguir su rostro.

«Los campesinos no querían porque lo tienen en esa zona como un ángel guardián. Entonces tuvimos que reunir al poblado, explicarles y hasta hacer trámites para que lo autorizaran.

«Se trabajó con su cráneo alrededor de siete meses. Después de lograr la foto, buscamos de nuevo a algunos camaradas suyos. El Comandante del Ejército Rebelde Delio Gómez Ochoa le agregó unas pequitas. Universo Sánchez, que fue el que lo incorporó a la columna, también dio fe del parecido. El Comandante de la Revolución Guillermo García Frías, jefe del pelotón de mi papá en la toma del cuartel de Estrada Palma, se acordó mucho, se emocionó y me habló de la importancia de que los jóvenes conocieran su vida.

«Así nació el libro Bajo el sol de la Sierra, porque es donde Palomares está permanentemente como cuidando la zona aquella, a su país y a su Revolución. Creo que es bueno que la gente sepa que existió Palomares, porque confío en que su historia rescatará valores», comenta casi vencida por la emoción de haber contado y prácticamente vivido su propia novela.

«Fanática» a su padre

Como todas las actividades de la comunidad de Palma Mocha se planificaban en el monumento, Eugenia pensó que sería buena idea pedirle a Andrés González González, el escultor del José Martí de la Tribuna Antiimperialista, que hiciera un busto de Pastor Palomares.

Ataviada con gorra y uniforme de campaña, la escultura de más de 250 libras fue colocada en el histórico paraje, también respondiendo al pedido que una vez le hiciera Fidel al artista: que en cada lugar donde hubo un combate existiera una figura que reviviera la historia.

«Cuando mi padre iba para la batalla les dijo a quienes estaban a su alrededor que, si moría, cuidaran a la niña o al niño que venía en camino. Me emociona saber que este hombre de 20 años pensaba en la independencia de Cuba y en una criatura por nacer. Parece que iba a ser un buen padre y un buen revolucionario.

«Eso me ha convertido en una fanática de mi padre. Por eso decidí emprender este libro y cuando lo hice mi hijo más pequeño tenía la edad de su abuelo cuando murió», razona conmovida por un destino que la hace feliz.

Sin embargo, un rato más conversando con Eugenia revela que sus relatos no se acaban. Trabaja sin descanso en un libro sobre  Celia Sánchez. A su casa del Vedado llegó en deplorables condiciones físicas con ocho años de edad y una cajita con vestidos prestados. Era muy enfermiza, dormía junto a su madrina y comía a su lado con el plato en la mano, al estilo de la Sierra. Vivió en el apartamento de Celia durante 14 años. Pero esa es historia para otro día.

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