Ojos que ven, corazón que siente

Una joven guantanamera aprendió a lidiar con los problemas de su circunscripción, donde se desempeña como líder de delegación de base de la Federación de Mujeres Cubanas

Autor:

Lisván Lescaille Durand

El SALVADOR, Guantánamo.— Ángel Pérez Sierra, un hombre que frisa los 70 años, reconoce que ganó una de las más difíciles batallas de su existencia. A pesar de su considerable limitación físicomotora, ya casi termina su casa de mampostería, sustituta del viejo rancho que casi le cae encima cuando llegó el huracán Sandy, en octubre de 2012.

Entre frases a ratos ininteligibles a causa de otra discapacidad, Ángel agradece a quienes lo ayudaron a encaminarse entre montañas de trámites, obstáculos e incomprensiones que, pasado el evento climatológico de marras, lo mantuvieron un tiempo empantanado en su afán.

«A la Revolución que nunca me desamparó, a una hermana que vive en Santiago de Cuba y a la gente del barrio, entre ellas a esta “sobrina” mía que siempre andaba explicándome y contribuyendo en múltiples gestiones» expone su gratitud este habitante de la circunscripción Jamaiquita, en la cabecera del municipio guantanamero de El Salvador.

La joven de 28 años Yelaine Pérez Charón es la presunta sobrina que señala Ángel. La muchacha dirige la delegación de la Federación de Mujeres Cubanas en la citada demarcación con la empatía y el denuedo de las genuinas líderes comunitarias.

Ella, en cambio, no aprecia en su contribución ningún mérito. Reconoce que del contacto diario con las personas, del debate amistoso y comprensivo, crece la pasión para sortear las dificultades que encuentra, luego de cada jornada de labor, como psicopedagoga en el politécnico Reinaldo Castro.

«El caso de Ángel es apenas un botón de muestra de lo que se hace sin que, muchas veces, trascienda en ello el trabajo de la FMC. Nosotras solo le explicamos la variante pertinente en su caso para levantar la vivienda y gestionamos el subsidio para comprar los materiales. Antes le conseguimos su chequera y nos aseguramos que se le asignara comida en un comedor comunitario.

«El asunto estriba en que allí, en la comunidad, la organización femenina puede hacer maravillas si convoca e integra, no solo a la mujer sino a la familia, y esa incluye al cederista, al especialista en determinada materia, al combatiente…

«Pero esa labor —reconoce— no puede ser por embullo o solo al calor de una fecha. Es indispensable crear un clima de empatía con la gente, identificarse con sus problemas, que muchas veces son los nuestros también. En esta comunidad, por ejemplo, a todos nos preocupa el deterioro de los viales, los ancianos que viven solos y las escasas ofertas recreativas para los niños y jóvenes.

«Sin embargo, en todas esas situaciones la labor de las federadas actúa como bálsamo, a veces esclareciendo mediante la labor de las Casas de Orientación a la Mujer y la Familia, o participando directamente en la solución de problemas como la higienización de las casas, para detener posibles epidemias», ejemplifica Yelaine.

Herencia de familia

En su caso no se trata de frases calcadas para la ocasión. Ella tiene una disposición casi «genética» hacia el trabajo comunitario. Su abuela fue durante muchos años dirigente de base de la FMC, y ella misma creció bajo la égida de su madre, federada líder de Jamaiquita y en la actualidad dirigente cederista.

«Con frecuencia ella me daba tareas del bloque o la delegación. Yo iba a citar a los vecinos para las reuniones y, por supuesto, era sistemática en los trabajos voluntarios. Esa es la base que tuve para inclinarme por el trabajo social, como parte de uno de los programas de la Revolución. Ello me aportó la metodología para acercarme a la comunidad.

«Si tuviera que definir algunas premisas que son estandartes de la FMC diría sin cortapisas: las cosas deben alcanzarse por consenso. El trabajo debe ser paciente, amoroso y con mucha comunicación. Por eso estoy muy contenta de que sea precisamente mi provincia la sede de las actividades nacionales por el 23 de Agosto».

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